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Agosto 18, 2026

Entre el socialismo y la “realpolitik”

Mientras la nueva ministra de Educación estrena un consejo asesor que ella considera “transversal”, el del Trabajo recibe reprimendas de sus pares de La Moneda, pero no de la Presidenta. Fue la manera de conmemorar el 1 de mayo de una gobernante que, como muchos de sus colegas socialistas de Latinoamérica y Europa, conduce el avión con el combustible que le ponen los neo liberales.  El de  Chile  tiene un ala social demócrata y otra social cristiana, con plumajes menos progresistas y más conservadores, respectivamente. En la torre de control están los poderes fácticos, no ya los militares, pero siempre los empresarios y los grandes medios de comunicación.

Por agitadas aguas políticas navegan los conflictos sociales que se suscitaron en los últimos días. Subcontratados de Codelco, portuarios, estudiantes y paramédicos  del sistema público se movilizan mientras en los ministerios respectivos las más altas autoridades les brindan su apoyo o se distraen vendiendo frambuesas o acometen  una incisiva cirugía administrativa o se ponen en campaña para enfrentar las urgencias que estallaron a plena luz.

De todo lo ocurrido a nivel gubernamental lo de Transportes pasaría por pintoresco si no fuese porque la segunda de a bordo cayó, más que en un conflicto de intereses, en un incumplimiento máximo de deberes: no dedicarse a ellos en un cien por ciento, como lo exige la envergadura del cargo, máxime si ese viceministerio debe enfrentar problemas acuciantes. Dicen que el ministro Cortázar no le dio espacio a la subsecretaria para inmiscuirse en el Transantiago; si así fuese, eso la llevaba a concentrar sus energías en otros ítems de importancia, como las demandas de los trabajadores portuarios, por ejemplo. El ejemplo de la dimitida Elinet Wolf no sólo fue un atentado a la estética –por lo rasca de su actitud y las explicaciones que dio a posteriori-, sino también a los principios del buen gobierno: ¿por qué accedió a ese puesto?, ¿acaso por la recomendación, una vez más, de un jefe partidario?

En Educación, la nueva titular lucha contra el tiempo, tratando de recuperar el perdido en más de dos años. Aunque administrativamente parece apuntar con el arma más certera –una reingeniería de las subvenciones con la consultora del hombre que modernizó Impuestos Internos e intentó hacer lo mismo con el MOP-, no deja de suscitar dudas y aprensiones al desterrar el lucro como tema de discusión y nombrar un comité asesor que presentó como “transversal”.

Ella ha dicho, para lo primero, que se trata de procurar una enseñanza de calidad -privada, subvencionada y pública- y que la legítima rentabilidad debe someterse a ese objetivo, citando un ejemplo cercano a ella: el de la Universidad Católica, que reinvierte todo lo ganado. En cuanto al comité “técnico-político” que instituyó, no pudo evitar decir que una de sus tareas es “pensar la educación”, como si el Consejo Asesor Presidencial que se formó por la crisis de los pingüinos ya no se lo hubiese pensado todo, y que ahora sólo hay que actuar. 

Llama la atención, además, que en el flanco educacional se opte por un grupo plural, al menos en el sentido de que hay cercanos al oficialismo y la oposición, mientras que en el caso Codelco se arguye que la postura del Gobierno debe ser una y no cabe la del ministro del Trabajo. Lo que Osvaldo Andrade no hace –uniformarse-, tampoco debería soslayarlo Mónica Jiménez. ¿O es que en Educación se abre una rendija para las posturas opositoras y en Trabajo el empresariado y sus medios de expresión e influencia quieren derrotar las posiciones favorables a los sindicalistas?

Esta es la verdadera contradicción que asoma en el Gobierno de Michelle Bachelet y tal vez sea la fuente de la disparidad entre el ministro Andrade y el de Interior, Edmundo Pérez Yoma, flanqueado por sus  colegas del comité político. Que la Presidenta sea un socialista con el corazón dividido entre sus ideales doctrinarios y la “realpolitik” quizás sea lo único que pueda explicar el particular diferendo vivido al interior de su gabinete ministerial, con un compañero de partido –y de corriente dentro de él- que no se inhibe ante las reiteradas desautorizaciones del vocero y la opinión del titular de Interior de que “sus opiniones suscitan confusión”. El hecho de que ni uno ni otros sientan que por eso va a desatarse una crisis de gabinete confirma que están expresando, una vez más, la división en dos almas del oficialismo. Si la DC quiere apuntalar a un militante al advertir que no pagará los costos políticos con una desautorización al mandamás de Codelco, los socialistas sacan sus banderas y puños, no sin lamentar la aparente contradicción de intereses entre trabajadores subcontratados y de planta.

El Gobierno ha querido salvar salomónicamente la discrepancia entre Andrade y José Pablo Arellano. Avaló a éste último en su alegado cumplimiento  de los compromisos de agosto último –si no “totalmente, “casi”, dijo el vocero– y en su negativa a  sentarse –pese a que se sentó en aquel entonces- en una mesa con empresarios contratistas y trabajadores subcontratados, pero conminando a “internalizar” a los tercerizados que cumplen labores del giro de la empresa.

Andrade ha logrado una virtual unificación de los socialistas con su postura de diálogo tripartito –lo que podría facilitarle, de paso, el camino a una candidatura a senador-, pero se está echando los ojos de la oposición, que hasta ahora tenía como blanco a la ministra de Salud para interpelarla. Como un proceso tal lleva en su dinámica a tentarse con una acusación en contra de ella, había que considerar lo ocurrido con Yasna Provoste y también el autoasumido traspié del requerimiento contra la píldora del día después. Ir contra la doctora Barría podía volverse impopular. Pero los problemas de la oposición –con la negativa de Lavín, las críticas de Longueira y las incertezas de Flores y Zaldívar- constituyen otra historia.