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Agosto 18, 2026

Malestar en la mundialización

“Locura”, es la palabra que se repite frecuentemente cuando se evoca el comportamiento de los mercados, el humor de un “trader”, las sumas astronómicas ganadas o perdidas en algunos instantes por un banco.  ¿Hay que  consultar con un psiquiatra, con un economista, o con un “cabeza de huevo”? La estructura universitaria tradicional se vuelve loca en su incapacidad para hacer inteligible un krach.

La especulación financiera está centrada en el crédito. Es decir en las anticipaciones. O lo que es lo mismo, en los deseos de los individuos.

La inflación monetaria por otra parte no es sino un caso particular de la inflación simbólica en general: los seres humanos, sus palabras, la imagen que tienen de ellos mismos son, en el intercambio, una suerte de moneda no garantizada. De donde viene un deseo de plusvalía y de estrategias de bluff para no atrasarse ante una devaluación que se presiente inexorable. Se escuchan, a propósito del mercado, los términos de “ciclo”, de “depresión”… ¿Patologías de los individuos o enfermedad de un sistema?
 
El mundo del que se trata cuando hablamos de “mundialización” es el del valor de cambio, que se nos ordena sustituir definitivamente (“fin de la historia”) a la dimensión de lo imaginario, de la utopía y del sueño: el universo del sentido.
 
El peligro, comprendemos, se sitúa más allá de lo político. Y toca lo esencial. “El agua glacial del cálculo egoista” está por aplastarlo todo, consagrando la victoria de la mitad “dominante” del cerebro de los individuos, aquella dedicada a los números y al lenguaje informativo. Nos están haciendo la promoción de una humanidad hemiplégica. “Hay que decir, Señor, que entre esa gente no se habla Señor, no se habla, se cuenta”, cantaba Brel.
 
El término “neoliberalismo” es un dispositivo tramposo que es interesante analizar. Reúne dos nociones capaces de fascinar: la “modernidad” (neo) y la “libertad”, que se desliza, como si nada, de lo político a lo económico. “Libre competencia”, “mercado”, bajo estas palabras neutras, aseptizadas, se disimula en realidad la rentabilidad superior al 15% impuesta a las multinacionales por los accionistas de los fondos de inversión.
 
Lo que implica la explotación máxima de la sub-contratación, un esclavismo que se creía abolido desde hace ya mucho tiempo. Incluso la guerra está en vías de privatización, como en Irak en donde los mercenarios son más numerosos que los soldados británicos.
 
El capitalismo, a la vez eficaz y cruel, aún era un poco humano. La llegada de la informática, la numerización de datos, esta formidable aceleración de la producción y del intercambio puso en evidencia, por contraste, la insolente persistencia de las desigualdades, una violencia simbólica en su estado puro. Mineral.
 
Se le asoció, como cosa natural, un fetichismo de la evaluación que conduce a situaciones absurdas. Un ejemplo: la clasificación académica de las universidades en el ámbito mundial, propuesta por la universidad de Shanghai, según el número de publicaciones en ciertas revistas científicas (a menudo anglófonas) y el número de premios Nóbel atribuidos a los alumnos y a los equipos pedagógicos. Esta clasificación a la cual frecuentemente se hace referencia, curiosamente, no ha suscitado casi ninguna crítica en lo que se refiere a los extraños objetivos que le supone a la enseñanza universitaria.
 
Así, entramos, sin tener plena consciencia de ello, en una suerte de universo virtual. La herramienta matemática y sus modelos invadieron todo. “Demasiadas palabras y muy pocas ecuaciones”, se les dice a los estudiantes de economía. Esta economía de la cual el premio Nóbel suele ser atribuido a trabajos matemáticos. Formados en ese espíritu, brillantes expertos desconectados de la realidad participan en decisiones del Banco Mundial, del FMI y de la OMC, que pueden ser mortales.
 
Frente a esta deriva errática, son raros los focos de resistencia. Tanto más cuanto que el inquietante “retorno de lo religioso”, -así como el aumento del consumo de ansiolíticos y de antidepresores, e incluso de alcohol y de cannabis-, es ahora un recurso contra la angustia, el sentimiento de asfixia que engendra el mundo del valor. Sin olvidar los suicidios que provoca en el seno de las empresas que trabajan en “flujos tensos”.
 
Es de ese mundo del que habla Edouard Glissant: “Lo que llaman mundialización, que es la uniformización por lo bajo, el reino de las multinacionales, la estandardización, el ultraliberalismo salvaje en los mercados mundiales, es para mí el reverso negativo de una realidad prodigiosa que llamo la mundialidad. La mundialidad es la aventura sin precedentes que nos es dado vivir a todos en un mundo que por la primera vez, realmente y en modo inmediato, fulminante, se concibe a la vez múltiple y único, e inextricable”.
 
Estas pocas líneas implican el proyecto de una filosofía nueva. Aquella en la que no se separaría nunca más el número y el drama. En donde se llegaría finalmente a comprender que la violencia es la cara escondida de la angustia.

*Escribe Max Dorra – Escritor y profesor de medicina en la Facultad París Oeste.
Artículo publicado en « Le Monde » 26.04.08. – Traducción del francés de Luis Casado.