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Agosto 18, 2026

Hipegiafobia

Hace un par de años, por razones difíciles de explicar, cayó un antiguo puente carretero en Portugal matando tres o cuatro automovilistas que lo cruzaban en ese instante. El Ministro de Transportes, cuyas competencias incluyen la construcción y el mantenimiento de las infraestructuras públicas, dimitió de su cargo.

No hubo drama, ni discursos encendidos, nadie estimó que el dimitido Ministro era el responsable directo de la caída del puente, ni un discípulo de Darth Vador, aun menos un criminal irresponsable. Pero el Ministro entendió que su responsabilidad política estaba comprometida y sacó las consecuencias que se imponían.

Hace algunas semanas, un senador de la coalición en el poder en Italia votó contra un proyecto impulsado por el Primer Ministro Prodi, provocando con ello la caída del gobierno, nuevas elecciones y el triunfo de Berlusconi. Que se sepa nadie se abrió las venas, nadie llamó a nadie con el nombre del puerco, nadie cambió la receta del “penne all’arrabiata” ni le dio otro cabezazo en el pecho a Matterazzi.

Hace unos días, la oposición socialista francesa presentó una acusación constitucional en contra de todo el gobierno del Primer Ministro François Fillon, acusación finalmente rechazada por la mayoría parlamentaria sin que un moderno Cambronne tuviese que pronunciar las célebres palabras de Waterloo: “Merde!”.

En la copia feliz del Edén no. Quiero decir que a nadie se le ocurriría asumir sus responsabilidades porque tal parece que la clase política está afectada por un síndrome obsesivo del tipo de la hipegiafobia.

¿Kelokéso? Simple: un disfuncionamiento psíquico que te hace temer y rechazar las responsabilidades.

Es como el tema del vaso huevón que sin pedir permiso ni darle explicaciones a nadie va, se desliza, se cae y se quiebra. Nunca nadie lo tiró o soltó, ya tú sabes, el vaso: “¡Se cayó!”

El campo de flores bordado está repleto de criminales que nunca torturaron ni mataron a nadie, de ex ministros de la dictadura que jamás participaron del saqueo del patrimonio público, de ex presidentes que never, lo que se dice never lanzaron el Transantiago ni extraviaron algunos jarrones, para no hablar de parlamentarios que niemals, lo que se dice jamais utilizaron las platas de los planes de generación de empleo ni los fondos de Chiledeportes para financiar sus campañas electorales.

¡Hipegiafóbicos todos!

Del mismo modo, sin que haya que prejuzgar de las responsabilidades penales de Traverso y Provoste, es evidente que ambos debiesen consultar un psicoanalista por hipegiafobia aguda.

¿Como hacerle entender a los políticos que la política es, entre otros, asumir voluntariamente responsabilidades en la gestión de intereses muchas veces contradictorios, en la administració n de un patrimonio que es propiedad de todos los ciudadanos y que justamente por esas razones no cabe hacerse el cucho cuando acontecen “ilícitos”, “desprolijidades”, “descuadres de caja”, “anomalías en las reconciliaciones bancarias”, “MOP-Gates”, “trenes Victoria-Puerto Montt”, “muertes de manifestantes reprimidos por la policía”, “sostenedores mangantes”, y toda la suerte de incidentes que de un modo u otro comprometen la responsabilidad política de quienes manejan la manija?

¿Cómo explicarles que allí donde hay intereses materiales en juego no caben ministros ni decisiones “técnicas”, neutras y asépticas que debiesen eximirles de toda responsabilidad terrenal, sino políticos responsables de su acción política?

Dura tarea. Hay quienes rechazan los tratamientos psicoanalíticos argumentando que de todos modos para un psicoanalista el huevón que llega tarde es un desaprensivo, el que llega anticipadamente es un ansioso, y el que llega a la hora es un obseso.

Como quiera que sea, y a pesar de la baja en la Bolsa de las acciones de Sigmund Freud & Cie., tengo para mí que estamos rodeados de hipegiafóbicos que habría que enviar sin tardanza al diván. O mejor aún, de regreso a alguna actividad productiva. ¿Productiva dije? ¡Dije productiva!
 
 Escribe Luis CASADO – 18/04/2008