google-site-verification: google096975d001c6a771.html
Agosto 18, 2026

El síndrome de la alternancia

Es cierto que el tiempo del gobierno de cuatro años de Bachelet se disuelve en la agenda electoral de los partidos, pero es  inaceptable que los legisladores se ocupen en  delante de sus reelecciones y no de proyectos de envergadura, como la Reforma del Estado. No se les paga para hacer proselitismo y si quieren financiamiento público de la polìtica tendrán que enfrentar al país en un debate abierto y honesto que incluya todos los aspectos de la actividad partidaria.

El síndrome  de la alternancia se apoderó del cuerpo político y éste aparece hoy predispuesto a aceptar sólo aquellas operaciones de alta rentabilidad estratégico electoral. Mientras los opositores pugnan por llevar adelante el relevo en el mando político, los oficialistas se esfuerzan por evitarlo, condicionándose las conductas de unos y otros. Por eso que la impopular alza de los planes en la salud privada allanó de inmediato a la Alianza por Chile a un entendimiento con el Gobierno para reformar la ley de isapres.

Es lo que no consiguió el ministro Pérez Yoma con su propuesta de quitar más grasa al Estado para volverlo musculoso, ágil y eficiente, a tono con los requerimientos de la modernidad. “Demasiado tardío”, sacado de la chistera “sólo para entretener en el segundo tiempo” fueron algunas de las excusas opositoras para no recoger el desafío, casi como confesando que de ahora en adelante no hay espacio sino para elecciones y candidaturas.

Es cierto que el tiempo del gobierno de cuatro años de la Presidenta Bachelet se disuelve, pero resulta inaceptable que los parlamentarios pretendan en los dos años siguientes ocuparse de sus reelecciones y no procurar más legislación urgente en temas de envergadura, como lo es ciertamente la Reforma del Estado y también la mejora del sistema político, régimen electoral incluido. No se paga a los congresales para hacer proselitismo y si quieren financiamiento público de la política tendrán que enfrentar al país en un debate abierto y honesto, que incluya todos los aspectos de la actividad partidaria.

Detrás del rechazo larvado a la propuesta de Pérez Yoma está el cálculo basado en la experiencia de enero de 2003, cuando la oposición selló un acuerdo “salvavidas” con el gobierno del Presidente Lagos para reformar gradualmente el Estado. Con Sebastián Piñera llegando placé, a la cabeza de esa operación se colocó el entonces jefe de la UDI, Pablo Longueira, quien profesaba una suerte de “laguismo aliancista” no confeso, que lo llevó a reconocer su  efecto y admiración por quien consideraba un estadista, al menos hasta la puesta en marcha del plan Transantiago.

Hoy, Longueira sostiene  que no existe el liderazgo necesario para proseguir una tarea de tanta magnitud como modernizar el anquilosado aparato estatal, con lo que está añorando implícitamente al Presidente anterior y  desmarcándose del “bacheletismo aliancista” de Joaquín Lavín. Este fue el único líder de la derecha  que no sólo apoyó el relanzamiento, sino que acudió a La Moneda a aportar sus propias ideas.

Al interior de palacio el hoy Vicepresidente de la República no ha dejado de despertar resquemores entre los asesores bacheletistas por la escenificación de su propuesta en el desayuno empresarial de Icare. Dejando públicamente al margen a la Mandataria de tan importante iniciativa y asociándose para la ocasión más bien con la jefa democratacristiana Soledad Alvear, el titular de Interior recuperó el protagonismo perdido al regreso de vacaciones de la Presidenta, hacia fines de febrero. Su parecer favorable a una temprana renuncia de la ministra Provoste y su inclinación por una rebaja del IVA quedaron ya como hitos de una gestión que podrá terminar en dos años más o antes, según el devenir de los acontecimientos.

Algunos han especulado con que Bachelet ya no tiene espacio para relevarlo, por tratarse del tercer jefe de gabinete en menos de dos años, pero lo más probable es que Pérez Yoma no haga consideraciones de ese tipo. Su fuerte personalidad lo lleva más bien a acometer la tarea a la que entiende fue convocado: gobernar. gobernar y gobernar. Sus ideas claras no lo apartan del realismo político y él sabe dos cosas: que debe moverse en los márgenes existentes, pero al mismo tiempo tomar la iniciativa para ampliar esos márgenes. La Reforma del Estado apunta en esa dirección. El jefe del gabinete tiene otra aprensión: que la conflictividad política se traduzca en conflictividad social y, por tanto, laboral.

Pero la propuesta de reforma del Estado contiene justamente un germen que  puede expandirse socialmente: la tercerización de algunos servicios para, por ejemplo, gestionar computacionalmente las subvenciones escolares. Hasta donde se eche mano a operadores privados subcontratados es algo a lo que estarán atentos los empleados públicos y con ellos los parlamentarios que se hagan eco de sus inquietudes. Puede ser una oportunidad más para el rebrote de los “díscolos” del oficialismo, que han definido sus reveses en varias ocasiones.

No hay que olvidar, al respecto, que el voto decisivo en el Tribunal Constitucional en contra de la píldora del día después provino del ex ministro democratacristiano Mario Fernández. Las rentabilidades electorales se logran no sólo con la suma y resta de elementos políticos, sino que con nuevas propuestas sociales que sintonicen con los cambios producidos en el país. Así lo entienden algunos en la Alianza por Chile, al aconsejar desaparecerse del primer plano en la defensa de una medida  tan impopular, -por invasiva y discriminatoria- como es el rechazo a la distribución del levenorgestrel en el sistema público de salud.