google-site-verification: google096975d001c6a771.html
Agosto 18, 2026

¡Cómo amamos la televisión!

 Dejando un poco a un lado las problemáticas axiológicas, existenciales y epistemológicas del sujeto histórico –volveré a esas labores mañana a primera hora- urge analizar el goce estético de los chilenos, que por estos días compite de igual a igual con el de un chimpancé. Me refiero específicamente al furor nacional por el “Reality Show Amor Ciego” que ha puesto de cabeza la cordura y madurez intelectual de las audiencias ¿Se trata de un mero gusto, una particular inclinación, o de una inconmensurable idiotez?

La Televisión chilena a nivel regional –y mundial- es una de las peores, más villanas y tétricas. Se trata de un potpurrí de estupidez, chabacanería, cristianismo y escatología: farándula, teleseries, delincuencia, hechicería y disparate son los componentes esenciales de TODOS los canales de Televisión locales. Sin duda el fin común de todos ellos es la plusvalía económica, y encantan a las audiencias entrenadas en la vulgaridad con todos los novísimos programas estelares y de medio día, que por supuesto, han sido copias descaradas de ideas extranjeras.

Centremos la atención en la contingencia chilena, cuya naturaleza obliga a reparar en “Amor Ciego” no por la trascendencia en sí y por sí del programa (¡Cuántos asuntos tenemos para hablar!), sino porque sencillamente no se puede dejar a un lado el análisis del ente que por estos días está influenciando de manera espantosa la inteligencia y visión de mundo de miles de chilenos. ¿Qué es Amor Ciego? Nada más que la versión local de un programa norteamericano titulado “The Bachelorette”, donde una rubia y muy estúpida mujer, ofensa para todo el género, seleccionaba de acuerdo determinadas categorías éticas, estéticas, religiosas y científicas a su hombre predilecto de entre un corro falocéntrico de las más viciosa y pueril estirpe.

En Chile, la regencia de tamaña tontería estaba (está) a cargo del cristianísimo Canal13, cuya auto aniquilación axiológica (AAA) no deja de llamar la atención ¡Con qué afán promueven los valores anticatólicos! ¿Señal de decadencia y refutación de viejas usanzas? Por ningún motivo: tan sólo reafirmación de un ocaso…

En primera instancia, hablemos de la materia prima del programa “Amor Ciego”: una jovencita oxigenada, proletaria e insulsa por añadidura –sin duda un insulto de mujer- debía “escoger” de entre un tropel de patéticos hombres, al señorito que en grado superior demostrara la mayor dosis de enamoramiento. Toda esa oda a la simpleza y degradación humana se mantuvo al aire un poco más de 3 meses y las audiencias rápidamente sintieron una química con el programa: la conciencia voyerista encontró al fin acicate en la televisión, en la medida que los revolcones de las divas usuales ya no interesaban a nadie y la fascinante bohemia futbolística poco importa estos días…

A lo largo de la temporada, se pudo apreciar cómo esos machos provenientes de todas las áreas del pensamiento de la era de desencantamiento moderno –futbolistas, roqueros, saltimbanquis- se peleaban constantemente por el amor de una señorita tan ramplona como sólo la peor televisión puede admitir. Ella es el símbolo de una juventud entrenada en la estupidez y el instinto, cuya personalidad es sin duda el espejo en el cual todas las mediocres del país se reflejaron a tal punto de sentirse “identificadas” ¿Cuánta mujer estúpida en Chile –digo yo- no ha sentido la presión de tener que elegir entre tantos melindrosos varones “que se mueren por ella? Si antes del programa la protagonista era una real cretina –no lo digo yo: así lo han demostrado los programas de la farándula chilena que incluso han hecho reportajes en profundidad al respecto, entrevistando a las curiosas vecinas e incluso analizando a la luz de la semiótica el ladrido de los perros- hoy se eleva a estatus de símbolo en sentido extramoral: fue más allá del bien y del mal, eligiendo al varón más agreste e insignificante, seguramente porque así lo ordenó el canal en su afán católico-asistencialista (El hogar de Jesucristo…)

¿Por qué las audiencias se inclinan por tamaña vejación del espíritu? Como no hay variedad en la televisión –abajo el argumento de quienes se empecinan en espetar que todo se reduce a una cuestión de elección y gusto ¿Elegir qué? ¿El reality o Morandé con Compañía?-, la conversación ya no forma parte de la tradición familiar, Pinochet agregó impuesto a los libros y escasean los museos, no había más alternativa para el grueso de la población que contemplar las falsas rabietas, discusiones, jadeos y proposiciones de todos los juglares que participaban en dicha hecatombe cultural. Y por supuesto el Reality Show sólo era el epicentro de toda esa monserga populachera, ya que la programación farandulera y noticiosa a nivel nacional EN SU TOTALIDAD se centró hasta en los almizcles y calzoncillos vinculados al programa.

Un Reality Show constituye un aporte absolutamente nulo para el enriquecimiento cultural, y no hay ningún argumento contra tal sentencia. Sin embargo, no se logra comprender el caprichoso razonamiento televisivo que ora respecto a la “elección” de las audiencias: “el público ha hablado”, “la gente lo pide”, “los televidentes opinan”, y otros clichés espetados por los conductores, “periodistas” –que se enorgullecen del título cuando describen ontológicamente el Reality Show- modelos y cualquier mequetrefe que decida ventilar su pericia amatoria y que por tal motivo es recibido con alfombra roja en el canal de televisión.

No hay lugar a dudas que toda la programación nacional se reduce al término “lamentable”. Empero, las opiniones que circulan por los platós televisivos y que de forma increíble reproducen las audiencias como si de manifiestos filosóficos se tratara, es lo que no puede dejar de llamarnos la atención. Chile se ha transformado en el país de la “opinión” y por eso no existen disputas; sin embargo “la verdad” nadie pretende tan sólo tocarla porque causaría estragos (justificativo para la existencia de la religión). ¿Cuál es la verdad de todo esto? No precisamos recurrir a na análisis exhaustivo pero aclaremos un punto: mientras exista la televisión, continuaremos sumergidos en la tontería y la degeneración y sólo podemos recurrir al viejo refrán “de tal palo, tal astilla”: Ecce Homo Chilenos.
anibal.venegas@gmail.com