Y es que en el Chile del siglo XXI, que no pasó, por cierto, durante los siglos anteriores por períodos como la Ilustración francesa ni el Renacimiento italiano, la cultura es otra área de la economía, muy pobre y que reditúa muy poco. Si bien hay algunos avispados que han visto en las nuevas generaciones de pintores emergentes la oportunidad de hacer un pingüe negocio, en general, la cultura es una inversión a largo plazo y que dice relación con una postura ética y estética frente a la sociedad.
La Ley Valdés o de Donaciones Culturales vino a ser la manera de entusiasmar a quienes toman las decisiones en las empresas, o mejor dicho, el argumento que debían esgrimir los departamentos de marketing frente a los de finanzas para justificar una donación. Evidencias, que a la luz de los resultados no han sido lo suficientemente fuertes como para convencerlos y creo, ciertamente, que nunca lo serán.
No es buen negocio invertir en cultura si que por ello se entiende aumentar el capital o la rentabilidad de la empresa. El negocio es redondo, sin embargo, a la hora de ponderar que lo que se hace, en parte, es devolver una pequeñísima parte de lo que se ha ganado a quienes han podido hacer realidad dicho dividendo. También es un gran negocio ser un activo partícipe del diálogo social, de la movilización de las ideas o de la construcción de una ciudad más bella y amable con ciudadanos más felices.
La falta de salas de conciertos en nuestro país, por ejemplo, es un tema dramático que no será solucionado con la creación del Centro Cultural Gabriela Mistral, ya que la necesidad es muchísimo mayor que lo éste Centro pueda entregar puntualmente. Pensemos solamente que en estos momentos existen en Chile 240 Orquestas Infantiles y Juveniles, y en ellas están participando más de doce mil niños. Todos chicos, en su mayoría de escasos recursos, que han podido experimentar la maravillosa práctica de la musica, con todos los beneficios que ella implica: desarrollo de la sensibilidad, aumento de la memoria, mayores destrezas para trabajar en equipo, entre tantas otras, además de una mayor autoestima. El problema está en que estos pequeños y sobre todo, cuando ya son algo mayores, quieren mejores instrumentos y luego, dejar de tocar en la cancha de futbolito del Liceo o en la Plaza de la ciudad, y quieren hacerlo como corresponde, en un sala de conciertos. El nuevo director de la Orquesta de Cámara de Chile, Juan Pablo Izquierdo, ya lo dijo hace unas semanas: “Santiago con seis millones de habitantes, no tiene un lugar. El Teatro de la Universidad de Chile no califica; el Oriente sirve sólo para los Conciertos de Cámara y el Municipal es un muy buen escenario, pero para la ópera. El panorama es triste”.
¿Por qué las empresas pudientes a la hora de construir sus edificios espejados no incluyen un subsuelo con una buena sala de conciertos que pueda utilizar alguna de estas orquestas de manera permanente a cambio de representaciones para sus empleados y la comunidad? Claro, la inversión no reditúa beneficios inmediatos y ellos no están para especulaciones éticas ni menos, estéticas.
El que Claudio Di Girólamo nombre sin tapujos sólo a una empresa que se preocupa por la cultura en Chile no es una cuestión menor. Hay que recordar que él fue nuestro ministro de cultura de facto, antes de la nueva institucionalidad creada en el gobierno de Lagos y ¡vaya que tiene que haber tocado puertas! El sólo imaginar la peregrinación que hacen los cientos de gestores culturales y artistas que buscan auspicios a los que ni siquiera los han recibido porque no tienen el aval de ser conocidos, es una conclusión simple y devastadora. Pero cuando señala Di Girólamo que “lo demás es marketing”, es una verdadera radiografía de nuestro Chile: la valoración de la foto en las páginas sociales y el costo por contacto, las variables reales que mandan las conciencias.
