Si bien es cierto las diarreas por Vibrio parahemolitico hasta hace una docena de años tenían un rango geográfico limitado al área tropical, este rango geográfico ha comenzado a extenderse a las regiones templadas en los cinco continentes. La extensión de este rango ha incluido a lugares bastante alejados del trópico como Alaska en los EE.UU., y la Décima Región en la Patagonia de nuestro país. Esta última región se ha caracterizado en los últimos cinco años por tener repetidas epidemias estivales de esta patología con el mayor número de casos de la enfermedad registrados en todo el mundo, lo cual ha contribuido también a que Chile sea el país con el mayor número de casos de esta enfermedad a nivel mundial. Estas repetidas epidemias veraniegas con tan alto número de casos y la extensión de ellas de la Décima región a la Octava y Quinta regiones del país, probablemente indican que estamos asistiendo a cambios importantes en los parámetros ecológicos de nuestro litoral capaces de generar esta inédita situación epidemiológica. Sin lugar a dudas pareciera que esto es parcialmente el resultado de aumentos de la temperatura en el mar como resultado del cambio climático global. El aumento de temperatura del agua permite que esta bacteria, un habitante normal de la flora bacteriológica marina y de los mariscos y de los peces, alcance altas concentraciones en estos últimos y se convierta en un riesgo sanitario para la población que los ingiere crudos o incompletamente cocidos.
Factores alternativos que facilitan la proliferación de esta bacteria en el ambiente marino y los mariscos y peces, son la degradación de la diversidad biológica de este producida por factores humanos incluyendo la contaminación del litoral con aguas servidas (alcantarillado) y residuos agrícolas e industriales sin tratar, ya que estos alteran la cantidad y calidad de los nutrientes normalmente presentes en el mar. Agentes que también favorecen una disminución de la biodiversidad marina son la pesca excesiva, la introducción de especies exóticas al ambiente marino y la contaminación de éste por los residuos de actividades acuícolas de diversa índole. El aumento de la población de vibrio en el ambiente marino, como resultado de estos cambios, también facilita la aparición de variantes de vibrio con una mayor capacidad para trasmitirse y para producir enfermedad humana, como ha sucedió recientemente con una variante mas virulenta que gracias a la globalización se ha diseminado por todo el mundo, incluso a Chile. Este breve análisis indica que la prevención de esta naciente patología, y de otras de origen marino que obedecen a las mismas causas como los florecimientos de algas tóxicas, pasara por la corrección de los factores que resultan en el calentamiento global, y en Chile por la implementación de inaplazables medidas para evitar la acelerada degradación del bordemar y de su entorno.
Sin embargo, con el conocimiento moderno que se tiene sobre la prevención de esta patología infecciosa, las repetidas y formidables epidemias estivales de vibriosis que se han presentado en Chile en los últimos cinco años aparecen como totalmente injustificadas. Ellas revelan una importante incapacidad de los servicios de salud pública y epidemiología del país para hacer frente a estos nuevos desafíos de manera rápida y eficiente. Ellas también auguran mal para la capacidad de estos servicios en la prevención y detección futura de esta y otra patologías infecciosas que se harán presentes con la intensificación del cambio climático y la creciente degradación ambiental del litoral. La aproximación epidemiológica moderna al control de esta patología infecciosa emergente requiere de una vigilancia permanente e in situ de los mariscos en los lechos de mar de donde estos mariscos se cultivan y extraen, y el cierre particularizado a la extracción de mariscos de estos lechos, cuando se detecte en ellos aumentos de las concentraciones de V. parahemolitico. Esta vigilancia epidemiológica debe ser complementada con un control microbiológico de los mariscos después de extraídos, a través de su distribución y antes de que ellos sean consumidos. Todo esto para confirmar la eficiencia de la cadena de frío, y en general del manejo de los mariscos después de su extracción, en controlar la multiplicación exagerada de los potenciales vibrios que pudieran encontrarse en ellos. La ejecución de estas medidas en el país aparecen aun más necesarias ahora que se ha demostrado fehaciente y repetidamente por varios años que el dictum “comer pescado y mariscos bien cocidos” es solo módicamente efectivo en prevenir la infección en una población como la nuestra, con una tradición pretérita de ingesta de marisco crudos.
La implementación de las medidas descritas en el párrafo precedente necesita de una política e inversiones en salud que incluyan los reglamentos legales fundamentando estas medidas y estos procedimientos, el entrenamiento y la ampliación de una bien entrenada burocracia profesional que los lleve a cabo, la creación de una red nacional de modernos laboratorios capaces de detectar eficientemente a estos patógenos y otros en las regiones costeras de origen y la creación de eficientes redes nacionales para la captación rápida de la información epidemiológica. En Chile en la década de los 50 y 60 existía una tendencia a la creación de estos sistemas e instituciones modernas que pudieran tratar el problema enfermedades infecciosas como esta vibriosis de forma eficiente, rápida y actualizada. Sin embargo como era de esperar, la suspensión de la democracia el año 1973, la devastación del Estado y de su burocracia que esto produjo, además de las irrecuperadas restricciones presupuestarias sufridas por los servicios responsables de estos problemas, le dieron un golpe fatal al embrionario desarrollo de estos sistemas e instituciones en Chile. La fragmentación del cuidado medico producida por la municipalización de este y la injustificada creencia que las enfermedades infecciosas dejaron de ser un problema importante de salud en Chile, también conspira contra la solución de estos graves problemas. En resumen, la responsabilidad por las epidemias de vibrio no descansa con sus victimas, como el turista que se enferma por comer mariscos a medio cocer o la desafortunada anciana que se infecta y que se muere porque la infección le complica su diabetes. No, la responsabilidad fundamental descansa en la incivilizada desidia de una manera de hacer política publica de un Estado que limita los recursos necesarios para cumplir con el aforismo romano “Salus populi suprema lex esto” (“La salud (el bienestar) del pueblo deber ser la ley suprema”). Máxima que es, y que fuera durante los Siglos XIX y XX, el motor original del celebre combate contra la enfermedad infecciosa del estado moderno y democrático en Europa y Norteamérica.
*Dr. Felipe C. Cabello
Miembro Correspondiente, Academia Chilena de Ciencias
Miembro Honorario, Academia Chilena de Medicina, Instituto de Chile
