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Agosto 18, 2026

El destino de una carta*

Muy fecundo el trío de artículos relacionados con Cruzat, Landerretche y Barros(QP 8.02.2008): uno querible, confiable, discípulo misionero, con sentido de trascendencia (¡hijo de tigre!); otro, tecnócrata racional, am­plio de cri­te­rio, desapasionado, sólido y de gran libertad interior para buscar la cuota de verdad que hay en to­das las visiones del mundillo de los economistas; y el tercero, hombre de acción pero de bajo nivel intelectual, hones­to, de corta visión pero fiel a su mundo empresarial y gremial. Alguien que no es muy fuerte en el plano de los prin­ci­pios y valo­res, pero que aspira a ser un intelectual, y se es­fuer­za por hilvanar un discurso de aparien­cias é­ti­cas con u­na sola motiva­ción más o menos o­culta: facilitar la maximización de las utilidades para él, pa­ra sus accio­nistas y para su gremio (en ese orden), en la senda de los Piñera, Yuraszek, Luksic, Angellini, Saieh…

Con gran fuerza el señor Barros declara algunas convicciones de orden general que quedan bien resumidas en algunas de sus frases, las que, por lo demás, reflejan un parecer ampliamente compartido en nuestro país por profesionales bien informados, cultos y no ideologizados. Entre esas declaraciones que conviene recordar es­tán: “los merca­dos regulados y dirigidos centralmente rara vez funcionan bien…mientras más control y más planificación cen­tral, mayor resulta el des­ca­la­bro”.Y da ejemplos paradigmáticos al respecto. Un cam­bio de reglas (im­pulsadas por el anunciado racionamiento), dice, “nos traerán más regulación y menos mercado”.
 
El artículo de dos páginas, del señor Barros, apunta a señalar como origen de las penurias energéticas que se avizoran, al atraso en la puesta en marcha de megacentrales hidroeléctricas debido a las malévolas acciones de quien parece ser para él, el enemigo público número uno, lo que en lenguaje económico se llamaría el sujeto agregado ¡“los ambien­talistas”!. Para el señor Barros si el Go­bierno valida algu­nos de los argumentos de éstos lo hace por sim­ple “temor” o “pánico a las ONG ambientalistas… de­morando cuando no impidiendo la reali­zación en tiempo y forma de proyectos eléc­tri­cos que nos habrían salvado de los racionamientos”. Para el des­in­teresado y patriota señor Ba­rros, e­llos se­rían “…grupúsculos de millonarios ex­tranjeros, figuras de Holly­wood y socia­lités que hacen presión para se­guir disfrutando del rafting en la Patago­nia, mien­tras viven sin a­pagones en Nueva York o San Francisco”. Más adelante agrega: “Resulta notable que individualidades de al­guna fama, junto a millonarios que entregan migajas a grupúsculos que no re­presentan a nadie hayan podido ge­nerar tal grado de incertidumbre en la in­dustria energética y hayan puesto en jaque a la sociedad chi­lena com­pleta”. ¡Curiosa ecuanimidad argumental la del joven Barros!. Aflora en él una pizca de fanatismo, apa­rentemente arrastrado por su juventud e inmadurez, la única enfermedad que se quita con los años. Se­gún Chester­ton, el fanatismo es la incapacidad de concebir seriamente la posi­bilidad de que haya honestidad y racionalidad respetable, en quienes piensen distinto a uno. En mi opinión es­tas de­clara­ciones, así como mu­chas otras que en esa línea desliza en su artículo el señor Ba­rros, son un in­sulto a la inte­ligencia. El parece cre­er que los chilenos somos todos imbéciles. Conviene gravar a fuego en nuestra me­moria estas fir­mes decla­ra­ciones para el bronce de don Oscar. In­vito a los más sólidos señores Cru­zat y Landerretche, a tomar palco para disfrutar con las volteretas concep­tuales y juegos ver­bales de ese señor cuan­do lea lo que sigue, e inten­te res­ponder, es­pero, en al­gún número futuro de Qué Pasa (en el supues­to de que la conocida amplitud de la línea edito­rial de QP le permita, señor Director, publicar esta carta):
 
Hoy muchos chilenos creen que en el área privada de nuestro país opera una economía de libre mercado.Y que al menos eso es acá lo políticamente correcto. Entre esos chilenos no incluyo a los Barros, Piñera, Yu­ras­zcek ni a casi ninguno de los grandes “emprendedores” de hoy, los nuevos ricos de Chile. La verdad es que e­sa cre­en­cia im­puesta por la publicidad machacona, explicita o subyacente en artículos de todos los medios de co­mu­ni­cación, incluido QP -con­tro­lados en forma férrea por las dos cadenas periodísticas que mandan en Chile- es­tá le­jos de ser correc­ta. No pasa de ser un masivo mito urbano. Me explico en el breve espacio de que dispongo:
 
Para que una empresa pueda desenvolverse en la economía formal; para que pueda limitar los riesgos que a­su­ma él o los “emprendedores”; y/o para superar los niveles de operación propios de una micro o peque­ña em­presa, ella debe legalizarse. Puede que eso no lo sepa el señor Barros, pero ciertamente lo saben sus abo­gados. Esa es una condición sine qua non. Para legalizar “su” empresa los “emprende­dores” deben a­doptar algu­na de las personas jurídicas que la ley contempla: so­ciedad a­nóni­ma, sociedad de respon­sabi­li­dad li­mitada, sociedad en comandita, sociedad cooperativa, etc. De modo que todas las per­sonas jurídicas elegi­bles para legalizar em­presas que valoren la genera­ción de uti­lidades, son sociedades. Como conse­cuencia de ello, en la economí­a li­bre de hoy, todo em­presario que desee lega­lizar su em­presa se en­cuentra frente a una nueva versión de la co­nocida frase de Henry Ford: usted puede com­prar un Ford del color que quiera, siem­pre que sea ne­gro. En la lla­mada eco­nomía libre de hoy, al le­gali­zar su em­presa usted puede elegir la persona jurídica que de­see siem­pre que sea una sociedad. Vale decir siempre que ella sea dise­ña­da y gestionada por sus accio­nistas o los dele­gados de éstos, y que tenga como objetivo supre­mo maximizar las utilida­des para esos mismos accio­nistas de­ten­tores del poder, aunque ello implique esquilmar y perju­dicar al resto de los sta­ke­holders. Es la intervención del Esta­do distorsionan­do en forma transversal ¡TODA! la vida económica nacional en favor de la in­justicia ins­titucionalizada y de la expoliación nacio­nal. Ciertamente el tema inadvertidamente planteado por el señor Barros no es moco de pavo. Para emplear la expresión de ese señor habría que decir que esa grave interven­ción permanente del Estado nos lleva a paso acele­ra­do hacia el descalabro nacional. Cabe señalar que esa ex­poliación no es produ­cida por los ciudadanos chi­lenos cu­yos intereses el señor Barros declara representar, si no por las enor­mes cor­poraciones transna­cionales que desde 1990 controlan a los sucesivos gobiernos del país (al respecto conviene ver la recien­te entre­vista al senador Zaldívar en el Canal del Senado), empresas que con el apoyo, venalidad y/o connivencia transversal de al­gunos de los más conno­ta­dos personeros del aparato esta­tal (incluido el Congreso), hoy saquean nuestros recursos naturales y ex­po­lian a nuestro sufrido país, ante la mi­rada sonriente y bonachona de los sucesivos, soborna­dos e irrespon­sa­bles go­bier­nos de la Concertación.
 
Estando suficientemente explicado lo anterior, al menos para quien quiera entender –un amigo suele decir que no hay peor ciego que el que no quiere oir- espero contar con el apoyo del señor Barros, para que a­plicando sus claros principios y firmes valores, logremos que en forma transversal todos los políti­cos, econo­mistas, em­pren­de­dores y escribidores, que han llenado páginas y páginas declarando su oposi­ción a la nefasta interven­ción del Estado restringiendo la libre competencia y demases (como dicen los huasos), nos unamos en una cru­­zada para superar la actual situación monopólica en virtud de la cual sólo controla­dores de figuras jurí­di­cas de contratos de sociedad -con beneficios extras si ellos no son ciudada­nos chile­nos (maravíllese el pa­trio­ta Ba­rros)- puedan levantar y mangonear organizaciones empresariales modernas y eficientes, a condición de que ellas no sean democráticas, no sean respetuosas del bien común ni de la propiedad ajena, y que actúen en for­ma siempre depredadora y letal para el futuro de Chile y de nuestros nietos, incluidos los suyos, señor Barros.
 
No puedo terminar esta nota sin aclarar al señor Barros que no practico rafting (por nada del mundo, ni a­ma­rrado, me subiría a uno de esos aterrantes botecitos). Soy ciudadano chileno viejo, o si lo prefiere soy un ciu­da­dano viejito (pero empeñoso). No soy ecologista profundo. No co­noz­co Holly­wood. Vivo en Santiago en un barrio de clase media. No tengo ninguna posibilidad de llegar a ser un so­cia­­lité.Soy inmensamente pobre. Creo firmemente en Cristo y en el poder del amor, la justicia y la verdad. Me niego a aceptar el he­cho de que en el mundo real de hoy, no basta con tener la razón, es necesario tener la fuerza necesaria para respaldarla ante los pode­res fácticos (¡Poderoso señor es don dinero!). Co­mo Ret Butler soy un eterno defensor de causas per­didas (¿se acuerda señor Barros de ese personaje de la pelí­cula “Lo que el Viento se Llevó”?). Por eso lu­cho, contra toda esperanza, en defensa del aún precioso valle del Huasco, y contra el letal proyecto Pascua La­ma de la transna­cional Barrick Gold, la que espe­ro usted sepa señor Barros, no está controlada por los humil­des ciuda­danos chi­lenos, la defensa de cuyos intereses usted de­clara estar asumiendo (desde hace poquísimo tiem­po, digá­moslo de paso. Con este defensor Chile y los chi­lenos estamos definitivamente perdidos). Soy mo­mio a la vela por tradición y doctrina. No mili­­to en nin­gún partido políti­co. No re­presento a nadie. Nadie me financia. Vivo con los exiguos ingresos de mi magra jubilación. Creo ser u­no de los más fie­les seguidores del pensa­mien­­­to de Jaime Guzmán. Y, para colmo, creo no ser un completo imbécil.
 
                                                                        Cordialmente
                                                                                                                                    Rafael Bravo Lyon
 
 
 
 
*Carta dirigida el 10 de febrero a la revista Qué Pasa. El autor nunca recibió una respuesta del destinatario.