Mientras Peter Frampton encendía -por decirlo de algún modo benévolo- la noche con un par de clásicos y un monótono número de guitarras virtuosas, fue la clásica agrupación de rock progresivo Journey quien puso el color y condimento a la jornada, todo gracias a una impecable interpretación de sus éxitos y al “controvertido” vocalista filipino Arnel Pineda robándose la exhibición de apolilladas canciones con una energía desbordante.
Digo “controvertido” porque como usted ya habrá leído, a Pineda -quien debutó en Chile como el reemplazante de Jeff Scot Soto en la posición de frontman, aunque con claro destello sobre su antecesor- se le tachó de “imitador”, “rey del karaoke”, “plagiador” o “adorno” dentro de un conjunto que parecía tener los días contados. Ciertamente, al desconocimiento musical se suma la absoluta incapacidad de proyectar la presencia de un nuevo integrante central en una vieja banda de rock, más si ésta tiene sus “rostros” tan marcados en el tiempo.
Sepa usted que Pineda no es un aparecido ni un veinteañero saltón o excelso imitador “a lo Stefan Kramer”. Con cuarenta años, veinticinco de los cuales dedica a la música, el ex líder de The Zoo logró captar la atención de Neil Schon, guitarrista fundador de Journey, quien tras revisar videos de algunos covers que fans del grupo en Manila subieron a internet, supo gracias a la web que, lejos de emular sólo a su cotizada banda, Arnel y los suyos ampliaban el espectro a formatos tan diversos como el de Air Supply, Aerosmith, Sting o Led Zeppelín. ¿O usted cree que youtube sirve sólo para emancipar la sandez beligerante del adolescente chileno?
Tras algunos contactos y una audición en agosto del año pasado, Pineda se convirtió en la reencarnación viva de Mark Walhberg en la cinta “Rock Star” (Stephen Herek, 2001) al tomar el lugar que, desde la partida de Steve Perry, la agrupación nunca terminó de llenar. No es cuestión de imitadores el encontrar los tonos exactos y complejos del vocalista fundador en melodías de escala tan zigzageante como “Open Arms”, “Faithfully”, “Don’t Stop Believe” o la poderosa “Separate Ways”.
Pineda lo consigue sin siquiera esforzarse al máximo, lo que no sólo revive e impulsa a la señera comparsa a continuar creando, sino que, en lo personal, justifica el pago de un ticket que, de no ser por él, habría encarnado un eterno bostezo de nostalgia adornada con frío cordilleraño, incomodidad e irritabilidad por eso de “los esforzados accesos”, algo que sólo confirma los pocos lugares que nuestra capital ofrece en condiciones reales para disfrutar de un buen megaconcierto.
El cierre con Earth, Wind and Fire fue sólo una fiesta de funk digna de hits radiales y sonidos contagiosos que el entorno o incluso el recuerdo de la potencia puesta por sus antecesores en la velada mataron a los quince minutos. Ni siquiera los histriónicos movimientos de Verdine White o los vagos intentos de Philp Bailey por imitar su reconocido falsete de los años ‘70 surtieron efecto.
El combo tres de anoche en Santa Rosa de Las Condes tuvo como” gancho de promoción” al más desconocido de todos. Por lo menos, Pineda salvó la opaca jornada.
