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Agosto 18, 2026

Festival de la Idiotez

Estos días de jolgorio nacional nos recuerdan que la idiotez nuevamente se hará presente en el país: El Festival de Viña del Mar. Con tanto problema social importante y trascendente dando vueltas en la Agenda Pública –pobreza, transporte, tema mapuche, niños explotados, violencia contra la mujer, etc.- el Gobierno contempla en aquella oda a la tontera una oportunidad única para esconder bajo la alfombra todo cuanto pueda ocurrir en el periodo vacacional de nuestros representantes ¡Eficaz solución!

El Festival de la Canción de Viña del Mar es una de las grandes tradiciones de la cultura chilena. En aquella fiesta que dura alrededor de una semana y cuya transmisión en vivo se rifa entre los canales de televisión más importantes del país -en rango económico: jamás de contenido-, se canta y se baila al ritmo de música popular de la más baja estirpe, al tiempo que los animadores se exhiben como los representantes más elevados de la élite juvenil chilena.

Sin duda un “festival” siempre ha sido motivo de alegría; allí se disfruta y goza de la cultura popular y del espíritu de los pueblos, al tiempo que se transforma en motivo de unión para poblaciones inmanentemente frías e incomunicadas. Frutos fabulosos han surgido de ellos: no olvidemos que la ópera en sus comienzos no era el tenue griterío burgués al que hoy algunos estamos acostumbrados, sino una técnica villana de interpretación vocal. Empero, nuestro Festival de VM no posee ninguna característica que nos haga creer que nos enfrentamos a un producto cultural en todas sus dimensiones, muy por el contrario: se trata de una fiesta ramplona como sólo la peor televisión puede transmitir.

Durante los días que dura este Festival, se celebran algunos ritos de tal índole pagana y grotesca que no deja de sorprender el hecho de que un Canal de televisión perteneciente a la Iglesia Católica sea el encargado de regentar toda esa bajeza del alma (aunque la sorpresa no es tanta si entendemos que se trata de una institución que ha bendecido a dictadores, ocultado a pederastas, consentido a sectas religiosas, etc.). Uno de los primeros pasos para comenzar esta puerilidad “como Jehová” ordena, es escoger a la Reina del Festival, tradición nada intelectual y muy machista a cargo del periódico propiedad de Copesa “La Cuarta”.

¿Qué implica la elección de la Reina del Festival? Del universo de mujeres más nulas, ridículas y sin talento que inunda la Televisión, se elige aquella que represente mejor el ideal machista de perfección femenina: idiotez evidente (una tara mental se transforma en plusvalía), medidas anatómicas acordes al ideal falocentrista chileno, una cabellera muy rubia y en lo posible ninguna opinión respecto a nada. Todas esas reinas de la estulticia encuentran su acicate en la reina superior, chilena que tuvo la oportunidad única de pedir un Palacio santiaguino para su casamiento al dictador con una confianza de toqueteos de hocico (se dice que la fiesta estuvo regentada “por los propios dueños”), y que hoy día disfruta de la decadencia de su efímero reinado.

Esas mujeres elegidas como reinas deben ser sensuales, voluptuosas, consumistas, en la medida de lo posible imbéciles. A tal punto deben encantar a los hombres –según ellas, el fin último de la existencia femenina- que no escatiman recursos para seducir a cuanto depravado y policía, hombre horripilante y ex vocero de gobierno, en síntesis, bajo pueblo, exista. Un pezón endurecido a través del sostén implica la participación en el próximo matinal farandulero y un striptease al son del “ave maría” (no, el Schubert no) deviene conducción de un estelar en la Estación Católica.

Y lo más importante: el Festival. La fiesta animada por un dúo patético de monigotes del empresariado –uno macilento y sin más talante que sus berreos guturales y otra cuya gracia es lucir sin vergüenza su deplorable insignificancia- se compone de alrededor de 5 jornadas nocturnas donde se exhiben a juglares y saltimbanquis cuya performance ha de ser lo más básica y simplista, en el caso de querer ganarse al “monstruo” (monstruo: compendio de populacho obtuso y sin formación intelectual, tutelado por una platea ubicada en primera fila y cuyo mínimo común es la participación en televisión).

Al festival han asistido figuras “artísticas” de gran altura y peso nacional e internacional, como bandas capitalistas locales que se oponen al sistema económico pero que sin embargo utilizan todas sus técnicas para plantear sus quejas y conciencia del resentimiento (Los Prisioneros), cantantes americanos o europeos de relevo que vienen por “la tercera es la vencida” (luego del festival acostumbran a regentar algún Starbucks), y representantes del Folklore chileno que prostituyen el arte popular y lo transforman en mercancía para los grandes empresarios.

Lo peor de este festival es su actitud hipnotizadora y lava cerebros. Todo mundo comenta por aquí y por allá la actitud del último cantante de moda sobre el escenario de la “Quinta Vergara”, el vestido del pseudo famoso que ingresó al certamen, la fugaz fama de uno que otro cretino que hace alardes de creatividad…

Con todos los problemas sociales y que necesitan una urgente respuesta y solución, El Gobierno ve con buenos ojos la existencia de este tipo de eventos: se ocultan las cuestiones de fondo y de paso se unidimensionalizan los corazones. ¡Cuán villanos somos! Deberíamos crear un festival de metralletas, a ver quién se atreve a asistir.

anibal.venegas@gmail.com