Las dictaduras en Latinoamérica fueron la realidad del siglo pasado. Por desgracia, sus vestigios nos acompañan hasta el día de hoy ¿Qué fue de los grandes héroes que lucharon contra la voluntad de poder de los caudillos? La mayoría murió en el campo de batalla, otros vivieron en la clandestinidad y muchos residen en algún país del primer mundo, gozando del estado de bienestar y masticando día a día la maravillosa hamburguesa. Sin embargo todos ellos, los familiares directos, las viudas, las niñas y niños que nacieron en la represión, crecieron cual bestias de corral: entrenadas para obedecer e inhibir el instinto.
En otras palabras no se les trató como a humanos, pues fueron privados de los derechos supuestamente inmanentes: el derecho a la vida, a la libre asociación, la libertad de expresión y pasión. Mientras otros gozaban de sus derechos humanos llevados casi al extremo, porque sencillamente hacían lo que se les ocurría (toda faena escatológica fue estampada en la Constitución Política de nuestra adorada nación) surgen los antiguos clichés populacheros: “La libertad termina donde comienza la del otro”. Es decir, el ser no es libre en sí mismo porque como condición inmanente, esa libertad se encuentra mediada por el espíritu social, de manera que los derechos humanos no son en sí nada más que consenso, como la mesa y el zapato. Una lástima por mi adorada libertad de expresión (en sentido extra-populachero).
Sin embargo, los derechos humanos –supuestamente- implican cuestionas superiores relacionadas con el hombre como ser social y animal de costumbres, de manera que en tal sentido, y aún cuando los dictadores hayan hecho trizas los pactos internacionales de d.d.h.h., nadie pierde sus derechos porque como queda claro, pertenecen a todos. Un punto a favor de la imparcialidad occidental, pero ¿Son aplicables los derechos humanos a todos los hombres del mundo?
A propósito de los tratados internacionales.
Cualquier pacto de derechos humanos que se considere a sí mismo serio, inhibirá el instinto violento en los hombres de toda sociedad. Recordemos que para hacer fluir el intercambio comercial y rendir pleitesía a algún ser inexistente y/o metarrelato (componentes que dieron origen a la ciudad moderna), es necesario que la violencia no se transforme en la piedra en el zapato, a no ser que las naciones decidan expandir su territorio –hay que ver cuánta ONG “exige” que se respeten los tratados militares toda vez que surge la guerra, y el resto del año desprecian la violencia con un frenesí que les conduce fácilmente al paroxismo y a la demencia temprana-.
Mucho se ha atacado la idea de que los tratados de derechos humanos son asuntos europeos creados entre cuatro paredes, por un grupo de burgueses que nada saben. Lo cierto es que sí fueron hechos por y para Europa, considerando sus problemas, necesidades, idioteces, todo con arreglo a fines. De manera ulterior han sido enriquecidos por la opinión y visión de los meetings del tercer mundo; sin embargo su base, su origen es anhelo de “los superiores”, quienes decidieron impartir nuevamente una clase axiológica. Ecce Hommo.
Toda vez los que nos tratamos de acercar al ser del fenómeno, necesariamente pondremos en tela de juicio nuestras consideraciones apriorísticas respecto al ente y por supuesto, todo lo que creíamos condición inmanente en él. Este proceder quizá ofrecería la realidad de que a fin de cuentas, los derechos humanos son una herramienta primordial para el ser racional y que habita en sociedad, para que nadie eleve su voluntad por sobre la de otros, porque sencillamente todos son iguales en términos de libertad (aún cuando la realidad, es decir “lo real”, demuestre la existencia de mediocres y brillantes, dictadores y piadosos, inferiores y superiores).
Pienso que en cierto sentido, los derechos humanos sólo sirven para idealizar un mundo social de mercado con un fuerte estado de bienestar. Lamentablemente, todas las naciones que han avanzado en materia de dd.hh., tienen al tercer mundo como su fuente de enriquecimiento por lo que nuevamente caemos en el extraño dualismo amo-esclavo, y nos preguntamos ¿Sólo algunos pueden avanzar hacia un desarrollo sistemático de los derechos humanos?
Sin embargo, más importante que desocultar una verdad metafísica respecto al derecho natural, es primordial ahondar en la importancia real de todos quienes luchan por la defensa de los dd.hh. Todos los ciudadanos de izquierda tradicional e izquierda burguesa –porque los Derechos Humanos nada conciernen a los liberales que idolatran al sistema- creen en la idea, pero… ¿Qué piensan de la práctica? O ellos mismos… ¿Son bienhechores o parias mal olientes posmodernas?
