No, mi amigo, no puede morir un hombre que supo tener la delicadeza de crear literatura y mantener su ideología en forma férrea, consecuente, nutriendo a otros en formas de vida enmarcadas en principios y, además, ayudándoles a estar más vivos, según me grita por el teléfono penquista un maestro de los pinceles con voz entrecortada…
Fíjese que yo creo que cerró los ojos para ver mejor los paisajes de su Chillán originario, con valles verdes de esperanzas y macizos blancos, luminosos. ¿Cuántas veces cree usted que recordó los olores y sabores de la acuarela del mercado de siempre?…¿o el gris paisaje de los sufrientes del ’39?…Y todo eso, pese a que su permanencia física allí fue sólo infantil, corta en el tiempo, profunda en las huellas recibidas. Y amó esta tierra y la de más allá, donde la familia sentó futuro…y la otra… y la grande, sin fronteras. Sí, señor, amó a la tierra como amó a la gente…Por esto último, estoy convencido que entornó los ojos para buscar en su nueva residencia a Luis Emilio, a Elías o a Salvador, en esa marcha vibrante de la Historia. Puño en alto, voz enronquecida, ideas macizas, plenas de utopías.
Claro, seguro que Volodia se subió a los vientos y recorre ahora por arriba los valles y el desierto, las montañas y los hielos, los mares y los bosques, disfrutando del paisaje que muchas veces recorrió por abajo, pero que lo hizo tratando de ilustrar a los humanos sobre su concepción de vida que consideró más justa, más solidaria.
Estoy seguro que hoy mira ese cuadro con los ojos del que dejó una huella y que identifica sin dudas a los que van pisando sobre ella.
No, mi amigo, Volodia no ha muerto.
Sólo se durmió, cansado, en los brazos de la gente que le recuerda ahora con la vista turbia de tristeza. Porque hay muchos que creen que se ha ido para siempre, que su voz no será escuchada jamás con el arrastrar de las palabras en fonética perfecta. No deben llorar, porque eso les impide verle montado en las nubes, con su media sonrisa, los ojos achinados y su gorra con visera. ¿Sabe, mi amigo?…ellos también se equivocan quedándose en la idea pequeña de la muerte como punto y final…, porque Volodia se fue -¡sí!- pero para quedarse entre los grandes, aquellos que iluminan nuestra Historia.
