A esa clase política nauseabunda en que ha devenido la Concertación, por su puesto, no le gusta recordar que en sus últimos artículos Patricia Verdugo supo señalar el germen de su corrupción desde aun antes de sellar pactos con el autoritarismo, para así dar paso a esta democracia tutelada o dictadura maquillada. Claramente señaló a Lagos como uno de los principales artífices de la impunidad fraguada con los poderes fácticos, la gran traición silenciada. Por eso creo, convencida de no equivocarme, que una mueca de asco debe haber habido en su rostro ya etéreo frente a la presencia del vocero de Gobierno en su exequias.
Que lejos está el personaje en cuestión- y todo el servil manojo de funcionarios a medida- del talante moral de ese cuerpo arrebatado por esa conocida y lapidaria enfermedad. Este mal que se ha llevado a tantos no pocas veces se instala cuando se ha debido hacer frente a las miserias humanas y al dolor de tener alrededor la bajeza y vileza del prójimo también humano, pero tantas veces despojado de esa cualidad.
Patricia Verdugo deja un legado de valentía y ética a toda prueba, lecciones que quisiéramos ver aprendidas en muchos de los que hoy exhiben credenciales dudosas de represión por exilio, cuando la verdadera pelea estaba aquí, con la amenaza acechando a cada minuto a quienes osaban desafiar el silencio impuesto por el terror. Y son ellos, precisamente, los que se quedaron, los que regresaron clandestinos, los que resistieron en el peor escenario, como lo hizo esta gran mujer, los que iluminaron la oscuridad de un país amordazado que tuvo voces valientes que denunciaron lo que estaba ocurriendo.
Lástima que las aves rapaces hayan vuelto para instalarse sobre la sangre derramada y dar comienzo a su festín delirante una vez en el poder mal habido que les dejo la dictadura a cambio de impunidad.
