Me parece que no podemos renunciar a nuestros ferrocarriles sólo porque, primero, una dictadura de 17 años no invirtió un peso en ellos y se dedicó a destruirlos sistemáticamente y luego, los primeros dos gobiernos concertacionistas mantuvieron el status quo, en tanto que, cuando surgia una esperanza con la administración de Lagos -a quien su madre le había pedido que se preocupara de los ferrocarriles chilenos-, al parecer, primó el factor comunicacional y la pirotecnia, tan propios de dicho gobierno, sin mucha sustancia detrás, pero sí con mucha corrupción al interior de una empresa estatal que, al parecer, terminó siendo una caja pagadora más.
Nuestra geografía parece especialmente adecuada para estar unida por el ferrocarril desde Arica al menos hasta Puerto Montt.
Por otra parte, resulta absolutamente absurda la opinión de aquellos que acusan de anacrónico a un medio de transporte que está permanentemente sorprendiéndonos con nuevos records de velocidad. Así, en Francia el TGV acaba de alcanzar los 568 kph y en Europa en general se inauguran permanentemente nuevos recorridos que son preferidos a los viajes aéreos. Y eso sin mencionar el tren Siemens de levitación magnética recientemente inaugurado en China o la más cercana política de nuestros vecinos en Argentina, que acaban de anunciar la construcción de un tren de alta velocidad, que reducirá a tres las actuales 14 horas para cubrir el trayecto de 700 kilómetros entre Córdova y Buenos Aires, con una inversión de mil millones de dólares, inferior al déficit acumulado por EFE durante el gobierno anterior.
