George Crile ( La guerra de Charlie Wilson, 2003) le atribuye al congresista de Houston el convencer a los miembros de la Cámara de Representantes de superar los dudas válidas y seguir financiando a Zia al Haq. Los representantes sabían en 1979 que el dictador pakistaní había derrocado y asesinado al Presidente Zulfilcar Ali Bhutto (padre de Benazir), que su historial de derechos humanos era abominable y que había patrocinado un programa de armas nucleares desarrollado en 1998.
Ustedes no se enterarán de esto (o del apoyo de Wilson al tirano nicaragüense Anastasio Somoza) por medio de la versión de Hollywood de La guerra de Charlie Wilson, el nuevo filme de Mike Nichols con Tom Hanks de protagonista como el “divertido” representante anticomunista y Julia Roberts como la rubia teñida y súper rica, del tipo de Ann Coulter, que dice que Dios quiso que la CIA suministrara misiles Stinger a los refugiados afganos para que derribaran aviones soviéticos. Philip Seymour Hoffman hace de un astuto jefe del buró afgano. Desgraciadamente, este conjunto de talentos no puede disolver la fórmula de Hollywood. En vez de arrojar luz sobre los actuales asuntos sangrientos en Pakistán y Afganistán, la película sigue el instinto taquillero: minimizar lo importante; subrayar lo personal. Otro brillante ejercicio de alto presupuesto en la banalidad.
“¿Cómo nos metimos en este lío?”, preguntó un hombre detrás de mí en la caja del supermercado mientras leía los titulares. En otras palabras, ¿por qué la participación de EEUU en el Medio Oriente y el Golfo Pérsico debe impactar la vida de los ciudadanos de la república? “Petróleo”, contestarán muchos. Pero pocos norteamericanos se consideran ciudadanos del imperio más poderoso del mundo. Las explicaciones tradicionales culpan a los extranjeros o a los presidentes impulsivos de meter en “líos” a nuestro país, a pesar de que los motivos de EEUU siempre son el resultado de nobles intentos por llevar la democracia y la justicia a pueblos inferiores.
Los textos de historia han cacareado las “nobles intenciones”, de la política norteamericana de “la guerra para terminar todas las guerras” (1ra. Guerra Mundial), hasta la guerra “para llevar la democracia al Medio Oriente (Irak)”. Filmes y series de TV suponen que EEUU ha soportado la carga del manejo del mundo como una obligación desafortunada. A menudo Hollywood promueve una obra supuestamente política como “basada en hechos reales”. Un héroe interviene en los asuntos de otros países para salvar el mundo, o rescatar una nena.
Mike Nichols usó esta fórmula para La guerra de Charlie Wilson. Juntó a buenos actores para mostrar cómo un norteamericano noble, ingenuo y divertido –sin ninguna causa justificada por medio de la cual expresar sus energías sexualmente orientadas– puede hacer que el poderío de EEUU avance a tropezones hasta el pantano contemporáneo de las guerras del Medio Oriente y el terrorismo de Al Qaeda.
El simpático congresista sirve a ricos patronos desde su oficina congresional mientras se deleita con desnudistas, alcohol y cocaína en una bañera caliente. Entonces, sin proponérselo, ve cómo Dan Rather disfrazado de muyajidin y transmitiendo desde Afganistán describe las virtuosas aflicciones de esos rebeldes anticomunistas.
Charlie experimenta una epifanía, despide a las nenas y sale a redimirse –como Forrest Gump con facultades más desarrolladas y buscando el camino honesto de su espíritu. Aunque los rebeldes afganos creen en el Islam, su anticomunismo les sirve de virtud redentora, como si Dios hubiera creado a los rojos para que los buenos puedan matarlos.
Esta receta fílmica requiere de una burocracia densa que conquistar. La CIA de fines de la década del 70 da la talla, después de haber perdido su apetito por costosas aventuras encubiertas en lugares lejanos –y con razón. Como la agencia no quiere presionar al Congreso en busca de más dinero para suministrar a los dispuestos anticomunistas, Charlie –con el apoyo moral y sexual de Joanne– convence al presidente de su Comité de que los norteamericanos amantes de la libertad necesitan matar a rusos malvados.
Aunque está dispuesto a inflar el presupuesto encubierto de armas de $5 millones de dólares a más de mil millones, el importante funcionario de la CIA –Gust Avrakotos, un griego-norteamericano jefe del buró afgano que no le aguanta mierda a nadie– introduce una leve ambigüedad para atemperar el entusiasmo del congresista playboy. Las nobles intenciones no siempre producen resultados positivos. Un instante de sabiduría en un filme tonto. El verdadero Avrakotos asesoró a los coroneles griegos que derrocaron al gobierno en 1967 y ayudaron a establecer una dictadura.
Hanks y Roberts sortean los obstáculos –otra receta del filme de aventuras. La audiencia desea que el tenorio misionero pueda persuadir a los más cínicos miembros del Comité para que entreguen dinero de los contribuyentes para satisfacer a los rectos patriotas afganos. Nichols muestra a los refugiados en Pakistán mendigando comida y suplicando armas. Con misiles manuales tierra-aire y armas antitanques, ellos pueden destruir a los malvados soviéticos y rescatar a su país para Alá.
Los personajes del filme olvidan mencionar que estos cazadores de rusos odiaban no solo al comunismo, sino a cualquier cosa que fuera occidental. Nichols dice que trató de crear una “ambigüedad moral” –plantear preguntas sin ofrecer respuestas. “Uno no sabe las consecuencias de cualquier acto”, dice Nichols. “Uno no puede distinguir las cosas buenas de las malas cuando se avecinan, y a veces (uno no sabe) durante 10 ó 20 años o nunca –porque las cosas buenas se convierten en malas y viceversa”. (Radio Pública Nacional, Edición de la Mañana, 20 de diciembre de 2007.)
Algunas lecciones se aprenden, como no tocar un fogón caliente; pero no la lección de iniciar costosas operaciones encubiertas para alterar el destino de otro pueblo, especialmente si uno ignora la naturaleza de la gente que está armando y financiando. Mike Nichols muestra a los tiranos y generales pakistaníes como sinceros aliados anticomunistas en una época en que ambicionaban la ayuda para apoyar el desarrollo de armas nucleares y promover un estado islámico.
Charlie Wilson y la anoréxica Herring –como los fanáticos de la CIA–querían ganar la Guerra Fría. Para ellos, la libertad significaba poder sentarse desnudos en una bañera caliente, beber whisky y esnifar cocaína. Pero para la década de 1980, la CIA sabía de la futilidad de tratar de exportar el orden norteamericano. Solo hacía cinco años de la guerra de Viet Nam. Más importante aún, la CIA sabía que la propaganda de la Guerra Fría había inflado la amenaza soviética y subestimado sus debilidades. Es más, en retrospectiva, la Guerra Fría brindó la racionalización para financiar armas innecesarias, como si la sofisticada tecnología nuclear pudiera proteger al mundo contra las amenazas soviéticas y brindar democracia. Ahora esa misma costosa basura drena el presupuesto de EEUU –diecisiete años después de la excusa, la URSS se derrumbó. El motivo original para las costosas súper armas nucleares ha desaparecido. Pero la peligrosa espiral de la producción de armas nucleares continúa mientras Bush anuncia un nuevo plan encubierto de operaciones para Pakistán, después del asesinato de Bhutto.
Las operaciones encubiertas no forjan la democracia. La destruyen como hicieron en Irán (1953), Guatemala (1954), Brasil (1964), Indonesia (1965), Grecia (1967), Chile (1970-73) –para mencionar unos pocos ejemplos. La política norteamericana subvierte la democracia, no la extiende. Hasta en la guerra de Charlie los funcionarios gubernamentales ignoraban la planificación para el Afganistán posterior a los soviéticos; solo querían “ganar”.
Los impulsos humanitarios de Charlie proliferan en la cultura liberal. Ayuden a los pobres afganos a solucionar sus problemas, para que tengan un país decente –como si fuera cierto. ¿Dónde estaba este impulso humanitario cuando Nixon y Kissinger decidieron derrocar en 1970 a Allende y a su gobierno elegido en Chile?
Conspiradores imperiales como Nixon y Kissinger colaboraron con “Norteamericanos tranquilos” (el antihéroe de la CIA en la novela de Graham Greene) y diseñaron e idealizaron una retórica para vender mitos al público: el gobierno desea mejorar la vida del Tercer Mundo, para que esos pueblos ignorantes adopten la vida comercial norteamericana y sean felices como Charlie.
Charlie, el hacedor de buenas obras, ayudó a Afganistán en su camino al infierno. Los soviéticos –como EE.UU. en Viet Nam–, asesinaron a ciudadanos después que intervinieron a fines de 1979, pero irónicamente altos funcionarios de EEUU deseaban la invasión soviética.
Zbignew Brzezinski, asesor de Seguridad Nacional de Jimmy Carter, quería atraer a los rusos a la “trampa afgana”. Zbig dijo a Le Nouvel Observateur que “El día que los soviéticos cruzaron oficialmente la frontera” le escribí al Presidente Carter. “Tenemos la oportunidad ahora de dar a la URSS su guerra de Viet Nam”. Carter estuvo de acuerdo y en julio de 1970 autorizó la ayuda encubierta a los muyahidines.
Charlie facilitó y amplió un proceso en pequeña escala. Al personificar la operación encubierta afgana, Hollywood trivializa la tragedia humana y convierte a un volátil payaso congresional en una buena taquilla.
El guión de Aaron Sorkin evita los detalles delicados: ¿quién recibió los mil millones obtenidos por la generosidad de Charlie y qué se hizo con ellos? El verdadero Charlie se convirtió en los Reyes Magos de los corruptos señores de la guerra. En el Afganistán post soviético lucharon unos contra otros, creando condiciones que permitieron triunfar al Talibán.
El filme termina con Wilson suplicando en vano a los miembros del Comité por otro millón de dólares para las escuelas afganas. El filme sí muestra cómo el Congreso se desinteresa de la ayuda que no sea para luchar contra los rojos, terroristas o carteles de drogas. La CIA honra a Charlie. La pantalla va a negro. “Fue una victoria gloriosa y después j…… el juego final.”
¿Cómo es eso? ¿Un match de ajedrez? ¿Una historia de moralidad? ¿O un filme para justificar las fiestas al desnudo y esnifar cocaína? En última instancia, la libertad y la diversión andan del brazo en Estados Unidos –como el matrimonio y el divorcio, la vida y el suicidio, ayudar a las guerrillas afganas anticomunistas y ser atacados por terroristas el 11/9/2001.
Saul Landau es miembro del Instituto para Estudios de Política. Lea su Un mundo de Bush y de Botox. Vea en DVD su Aquí no jugamos golf por medio de roundworldproductions@gmail.com
Saul Landau es miembro del Instituto para Estudios de Política. Lea su Un mundo de Bush y de Botox. Vea en DVD su Aquí no jugamos golf por medio de roundworldproductions@gmail.com
