Resulta paradójico que el pequeño Ludwig van Beethoven fuera obligado a sus cándidos siete años a largas horas de estudio diario de violín y piano. Sacrificio que se veía agravado con el castigo físico si es que el niño osaba improvisar esas melodías que tenía en su cabeza, saliéndose de la directriz prescrita por los ejercicios que le había asignado su padre, un músico de escasa talla. El genio alemán debió soportar el antojadizo carácter de un padre alcohólico que no dudaba en sacarlo de la cama en mitad de la noche para que le interpretara un par de piezas a sus amigotes de turno.
Pronto, el joven Beethoven, cuya genialidad intuyó tempranamente su abuelo de mismo nombre, sería el sostén económico de la familia. Una enorme responsabilidad para un adolescente de 14 años que pudo enfrentarla gracias a la disciplina y el rigor personal.
¿Cómo es posible que un genio como Beethoven haya sido obligado a estudiar? ¿No bastaba acaso su excepcional condición para que aflorara libremente? En momentos en que gran parte de los niños y adolescentes chilenos se encuentran en mitad de sus generosas vacaciones, vale la pena preguntarse sobre la educación que se les entrega respecto de la utilización del tiempo libre. Los niños están de vacaciones pero los padres no, lo que significa, en la gran mayoría de los casos, una condena a permanecer en sus casas con la máxima tolerancia para ver toda la televisión que quieran o jugar en el computador hasta el hartazgo. La educación formal se olvida completamente de estos chilenos a los que pretende inculcarles hábitos de estudio y responsabilidad, dejándolos abandonados a su suerte, al menos, tres meses al año. No se trata, por cierto, de someterlos a agotadoras jornadas educativas durante el período estival. Pero sí, a extasiantes desafíos y actividades que hablen más de sus pasiones e intereses que de contenidos reglamentarios. Se trata de aprovechar las mañanas más agradables del año para salir en grupo y en ánimo festivo, porqué no, a poner a prueba en excursiones los conocimientos adquiridos en ciencias naturales, por ejemplo. Y ahora, que las tardes son más largas y placenteras, ir a la Biblioteca o al Museo y disfrutar de la lectura, la conversación o la simple observación. El ejemplo de los padres tiene aquí un rol primordial, pero no determinante. Porque muy distinto es que las vacaciones sean una oportunidad para olvidarse del mundo, que cambiar de actividad, que es lo que verdaderamente descansa. Y no es malo, por esto, recordar la niñez del gran genio alemán sometido a la ardua ejercitación diaria, que le permitió el dominio absoluto de los instrumentos para los que más tarde compondría las piezas musicales más maravillosas de la historia de la música. Y de paso, por cierto, hacer una repaso por las biografías de los grandes intelectuales, científicos y artistas de la historia, esos que en alguna oportunidad han sido llamadas como vidas ejemplares, y que tienen ese extraño denominador común: la lucha frente la adversidad que, a la postre, los hizo más fuertes y conscientes de la enorme responsabilidad que tenían frente a sus enormes talentos. ¿Cuántos pequeños Beethoven están hoy, atontados y abúlicos, frente a las pantallas del televisor?
¿Cómo es posible que un genio como Beethoven haya sido obligado a estudiar? ¿No bastaba acaso su excepcional condición para que aflorara libremente? En momentos en que gran parte de los niños y adolescentes chilenos se encuentran en mitad de sus generosas vacaciones, vale la pena preguntarse sobre la educación que se les entrega respecto de la utilización del tiempo libre. Los niños están de vacaciones pero los padres no, lo que significa, en la gran mayoría de los casos, una condena a permanecer en sus casas con la máxima tolerancia para ver toda la televisión que quieran o jugar en el computador hasta el hartazgo. La educación formal se olvida completamente de estos chilenos a los que pretende inculcarles hábitos de estudio y responsabilidad, dejándolos abandonados a su suerte, al menos, tres meses al año. No se trata, por cierto, de someterlos a agotadoras jornadas educativas durante el período estival. Pero sí, a extasiantes desafíos y actividades que hablen más de sus pasiones e intereses que de contenidos reglamentarios. Se trata de aprovechar las mañanas más agradables del año para salir en grupo y en ánimo festivo, porqué no, a poner a prueba en excursiones los conocimientos adquiridos en ciencias naturales, por ejemplo. Y ahora, que las tardes son más largas y placenteras, ir a la Biblioteca o al Museo y disfrutar de la lectura, la conversación o la simple observación. El ejemplo de los padres tiene aquí un rol primordial, pero no determinante. Porque muy distinto es que las vacaciones sean una oportunidad para olvidarse del mundo, que cambiar de actividad, que es lo que verdaderamente descansa. Y no es malo, por esto, recordar la niñez del gran genio alemán sometido a la ardua ejercitación diaria, que le permitió el dominio absoluto de los instrumentos para los que más tarde compondría las piezas musicales más maravillosas de la historia de la música. Y de paso, por cierto, hacer una repaso por las biografías de los grandes intelectuales, científicos y artistas de la historia, esos que en alguna oportunidad han sido llamadas como vidas ejemplares, y que tienen ese extraño denominador común: la lucha frente la adversidad que, a la postre, los hizo más fuertes y conscientes de la enorme responsabilidad que tenían frente a sus enormes talentos. ¿Cuántos pequeños Beethoven están hoy, atontados y abúlicos, frente a las pantallas del televisor?
