Una figura sin duda carismática, con una alta estimación de sí mismo que constantemente nos está llamando a reconocer la “grandeza de su obra”. Psicológicamente, la verdad sea dicha, a ratos francamente raya en el narcisismo y la megalomanía, sobre todo porque lo que no se observa en las personalidades narcisistas es la sana autocrítica y el reconocimiento de las falencias. Ricardo Lagos no solo no asume lo que pueden haber sido errores de administración sino que no admite cuestionamiento, elevado casi a la categoría de semidiós intocable que no pierde oportunidad de mostrarse a la opinión pública, seguramente asignándose a sí mismo el sitial de salvador de la patria en dificultad, tal y como ya lo hicieran en el pasado figuras siniestras que no es necesario siquiera nombrar.
Solo sea dicho que los mismos mecanismos psíquicos que hicieron que tantos compatriotas se deslumbraran con la figura de un dictador operan hoy en día en relación con el nuevo patriarca de esta nuestra remota comarca del mundo. Nuevamente un sector de la ciudadanía es presa del hechizo que producen el discurso fuerte y categórico, sin lugar a réplica, nuevamente se observa la tendencia a añorar los días del golpe sobre la mesa cuando se ven las trizaduras de esta democracia a medias. Por algo se mantienen leyes surgidas en el marco de la sistemática represión a manos del Estado durante los 70 y 80, se mantiene la función represiva e inmovilizadora de las bases populares que osen amenazar el orden establecido.
En su última intervención, Lagos, consultado sobre la muerte del joven estudiante mapuche en la Novena región señala: “el camino de violencia no es el camino adecuado y de ahí la necesidad de fortalecer las instituciones como Carabineros de Chile encargadas de mantener el orden”. Curioso creer que de esa forma se evite la violencia cuando esas mismas fuerzas han sido históricamente la primera línea de fuego en contra de la ciudadanía que cuestiona y desafía el poder del tirano estado indolente que reclama su personificación en la figura del “hombre fuerte”, el patrón, amo y señor de su feudo y todo lo que en el exista o se mueva.
