google-site-verification: google096975d001c6a771.html
Agosto 18, 2026

Los ministros, o una piedra en el camino

En el sui generis parlamentarismo chileno, el Presidente de la República era como una piedra en el camino: a pesar de, aparentemente, nombrar a sus ministros, estas designaciones eran de competencia de las mayorías, de los jefes de partidos políticos, de las combinaciones de la Alianza Liberal o de la coalición conservadora. Para ser más precisos, los Gabinetes se formaban en el Club de la Unión, la Bolsa de Comercio, en la Cueva del Negro, de Pedro Montt o en la Casa Azul, de Juan Luis Sanfuentes; quienes nombraban a los Ministros eran, finalmente, los muñequeros caudillos plutocráticos.

En el período parlamentario existía el famoso ministro “crisero”, generalmente un amigo del Presidente que, con su renuncia, provocaba la caída del todo el gabinete, dejando al Presidente como un “Poncio Pilatos” ante los jefes de partido. Como comprobarán los lectores, el gesto de renuncia de Belisario Velasco no es ninguna novedad, pues está haciendo el mismo papel que el ministro Herbozo, en el gobierno del diablillo putero, Federico Errázuriz  Echaurren.

Todos los gobiernos comenzaban con una mayoría de la alianza o de la coalición pasando, a los pocos meses, a gobernar con la coalición contraria a aquella que lo había elegido; al final del período, cuando venían las elecciones presidenciales, se formaba un gabinete universal – representantes de todos los partidos – eligiendo a las personas más anodinas posible, para evitar toda acusación e intervención electoral, motivo principal de la guerra de 1891, según voceros de la plutocracia. Como se puede ver, nuevamente esto del “bacheletismo-aliancista” o de “la izquierda y derecha unidas jamás serán vencidas”, no es nada nuevo.

Había reyes de la macuquería política, entre ellos, los más connotados, Manuel Rivas Vicuña –mi abuelo -, Arturo Alessandri y Juan Luis Sanfuentes; este último era un mago en hacer y deshacer gabinetes: en cada maniobra lograban mejores puestos para sus camaradas que, oportunistamente, habían difamado la memoria de Balmaceda; el llamado Partido Liberal Democrático se apropió de casi todos los juzgados del país y de las gobernaciones, como los radicales le hicieran del Ministerio de Educación y de los Liceos, según la denuncia del profesor Alejandro Venegas.

Los dueños del poder no eran los presidentes de la república, ni los parlamentarios, sino los jefes de partido, los plutócratas, los gamonales y, no pocas veces, los gestores de puestos públicos. Cualquier cargo de representación costaba dinero y no se precisaban mayores méritos intelectuales o morales; cualquier semejanza con la actualidad es una mera coincidencia.

Ministros hay por miles en nuestra historia y su período de duración es menor que el del yogur: Veamos algunos datos extractados del libro de Julio Heise, sobre el período parlamentario:
Federico Errázuriz Echaurren (1896-1901) tuvo 23 crisis ministeriales.
Germán Riesco (1901-1906),  17.
Pedro Montt, (1906-1910), 14.
Ramón Barros Luco, (1910-1915), 20
Juan Luis Sanfuentes, (1915-1920), 24.
Arturo Alessandri, (1920-1925), 23.

 Total, en 27 años, sumaron 107 crisis ministeriales. Hubo 400 ministros y uno alcanzó a durar 24 horas.

El parlamento  tenía armas letales. Como las “leyes periódicas”: rechazar el presupuesto y la recaudación de impuestos al presidente de la república y las interpelaciones que, a veces, terminaban en censura al gabinete – una de las pocas veces que no ocurrió el rechazo al ministro Rafael Sotomayor fue a raíz de la Matanza de Santa María de Iquique, pero finalmente se hizo efectiva a causa de la relación de este ministro con los negocios bancarios de una quebrada Oficina salitrera. No lo  expulsaron por matar sino por  ser un lobista.

El presidencialismo convirtió al primer mandatario en un rey, que domina al parlamento con los vetos, decretos de insistencia, urgencias y el poder absoluto respecto a los gastos públicos, sin embargo, hasta el más autoritario de los presidentes si bien ha podido gobernar con minorías parlamentarias, difícilmente puede prescindir de las directivas de los partidos políticos y, mucho menos, de los poderes militar y económico.

Según el historiador Julio Heise, durante el presidencialismo el presidencialismo continuó la rotativa ministerial:

Emiliano Figueroa, en catorce meses tuvo nueve crisis ministeriales.
Carlos Ibáñez del Campo, (1927-1931), en apenas cuatro años con poderes dictatoriales tuvo 34 crisis ministeriales.
Arturo Alexandra Palma, (1932-1938), 24.
Pedro Aguirre Cerda, (1938-1941), 18.
Juan Antonio Ríos, (1942-1945), 17.
Gabriel González Videla, (1946-1952), 31.
Carlos Ibáñez del Campo, (1952-1958), 33

Durante 32 años, 165 crisis ministeriales.

En el presidencialismo, tanto en la Constitución de 1925, como la de 1980, los gabinetes se componen según los partidos que conforman las combinaciones políticas. El cargo de ministro puede servir para llegar a ser presidente, como es el caso de Ricardo Lagos Escobar y de Michelle Bachelet, o candidato o candidata, como Soledad Alvear y José Miguel Insulza; a su vez, permite postularse al parlamento, (Ricardo Lagos Weber y otros);  anteriormente, la exigencia para  postular a la presidencia de la república era  haber ganado la elección por Santiago, con primera mayoría. (Recuerdo, por ejemplo, a Eduardo Frei Montalva, Jorge Alessandri y Carlos Ibáñez). Salvador Allende saltó, de presidente del senado, a la primera magistratura.

En el siglo XIX, la mayoría de los presidentes habían sido ministros del Interior (Manuel Montt, José Joaquín Pérez, Aníbal Pinto, Domingo Santamaría y José Manuel Balmaceda); era apenas lógico que el primer mandatario digitara a su ministro predilecto. Durante el siglo XX y comienzos del XXI ocurren algo similar, no siendo el ministerio del Interior el predilecto: puede surgir de Educación, Obras Públicas o Salud, como el caso de los últimos dos presidentes.

Hubo presidentes narcisistas y carismáticos que intervenían seriamente en los consejos de gabinete, diseñando líneas y determinando tareas a sus secretarios de Estado. En el caso de don Arturo Alessandri, muchas veces se dejó dominar por el cariño que profesaba a sus amigos – quiso convertir en su delfín a Armando Jaramillo – esta lealtad era muy mal entendida, pues se le acusaba de proteger a una execrable camarilla. Ricardo Lagos Escobar tuvo la virtud, a pesar de su carácter dominante, de dejar actuar y exaltar a varios de sus ministros – baste citar a José Miguel Insulza y a Francisco Vidal, entre otros. Hay presidentes débiles y monosilábicos como Eduardo Frei Ruiz-Tagle, que dejó actuar a sus íntimos amigos a su gusto, sin embargo, a veces tenía salidas de autoritarismo, como cuando echó, con camas y petacas, a Germán Correa, ministro del Interior y a Víctor Manuel Rebolledo, después de haberlos paseado, el 19 de septiembre, en las carrozas decimonónicas, durante el desfile militar.

Muchos presidentes han tenido como ministros a sus dilectos amigos: es el caso de los dos Frei con los Pérez Z. Y Pérez Yoma (padre e hijo); Enrique Correa se convirtió en los válidos de Patricio Aylwin, Ricardo Lagos con Insulza y Vidal. Es cierto que los presidentes, a veces, no se entienden bien con sus ministros: así ocurrió en la relación entre Pedro Aguirre Cerda y Daniel Martner con don Arturo Alessandri y, mucho peor, el  ministro de Guerra, Carlos Ibáñez. En su segundo período, el León no pudo entender nunca  el odio de Gustavo Ross contra los radicales que, para él, eran los aliados naturales de la derecha; esta tozudez del ministro de Hacienda Ross terminó por hundirlo.

Los ministros de Hacienda son otra cosa: nada importa que la economía vaya bien o mal, todos ellos son intocables y se mantienen, casi siempre, durante la totalidad del período presidencial; así ocurrió con Eduardo Aninat, Nicolás Eyzaguirre y hoy Andrés Velasco asegura su cargo. Creo que algo similar pasó, no con la misma duración, con los derechistas Gustavo Ross y Jorge Alessandri.

Hoy, el Ministerio del Interior está más devaluado que la Bolsa o el dólar, pues le han salido muchos rivales en el camino: primero, la Secretaría General de Gobierno, que es algo así como el alter ego del presidente o presidenta; por otro lado, la Secretaría de la Presidencia, que tiene por función relacionarse con los parlamentarios, partidos políticos o otros grupos de interés, podan las principales funciones que antes tenía el ministro del Interior, que se está convirtiendo en una especie de jefe de Carabineros o de Investigaciones, cuya función principal parece ser reprimir manifestaciones y cazar pillines que invaden las calles de nuestras ciudades; incluso, los dineros y la relación con la subsecretaría regional están en manos del subsecretario, Felipe Harboe.

Michelle Bachelet está ejerciendo una presidencia muy especial y, al parecer, no tiene predilectos entre sus ministros; nada que ver con el arquetipo femenino de Atenea, que siempre favorecía a Odiseo. Por cueteo, los ministros del Interior deben ser demócrata cristianos y el partido le ha designado a dos de sus mejores líderes del falangismo, ambos fundadores de la casa de la flecha roja. Como en las carreras del club hípico, eran caballos de pedigrí, con un largo historial de éxitos políticos, pero quienes apostaron a tan seguros personeros, han terminado perdiendo: Andrés Zaldívar no pudo con la rebelión de los “pingüinos” y  Belisario Velasco nunca fue el jefe político del gabinete, pues tuvo que competir con la habilidad y simpatía de Lagos Weber, en primera instancia y, posteriormente, con el fiorentino José Antonio Viera-Galo, un verdadero Maquiavelo de los acuerdos políticos y, para más remate, en las postrimerías apareció Francisco Vidal, un gran genio de las comunicaciones, que deja chicos a todos sus predecesores históricos. Estoy seguro de que los historiadores tendremos que incluirlo entre los grandes oradores de nuestra historia política, junto a Enrique Mac Iver, Arturo Alessandri, el mismo Eduardo Frei Montalva, Radomiro Tomic, y  otros. Es cierto que esta oratoria es más de fraces certeras, ingeniosas y cortas, destinadas a la televisión, que largos pasajes inspirados en el evangelio, en los griegos y en los romanos; hoy un Catón y un Cicerón serían risibles; en la actualidad, el comunicar es muy distinto, pero no menos genial.

Para colmo, la Democracia Cristiana, el partido de Zaldívar y Velasco está pasando por la peor crisis de su historia, que ya no sólo es de identidad o ideológica, sino de miserables guerrillas personales y muy poco puede abogar su partido por don Belisario que, incluso está peleado con el senador Pizarro, por un conflicto regional.

 Estoy conciente de que falta un aspecto central a este artículo, que se refiere a las relaciones de la presidenta con sus ministros: ¿cuál es su papel en el consejo de Gabinete? ¿Cómo determina las tareas de cada ministro? ¿Cómo los coordina? Para emprender esta tarea es necesario entrar en la visión del eterno enigma femenino que, por lógica, exige una gran finura  sicológica.

Rafael Luis Gumucio Rivas