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Agosto 18, 2026

El conflicto social que viene

Quienes se opusieron decididamente a la panacea del partido único en los albores de la revolución rusa –con el resultado que conocemos-, arguyeron entre otros que a defecto de poder expresarse libremente en otros partidos, toda la diversidad de intereses contradictorios de la sociedad terminaría por acomodarse en el partido único transformándolo en una especie de zoológico inútil, haciéndole perder el norte y confundiendo hasta sus objetivos más evidentes.

La meteórica vida, fulgor y muerte del PCUS y la evolución oligárquica de algunos de sus “cuadros” en la Rusia actual parecen darle la razón a quienes sucumbieron ante el stalinismo triunfante.
 
Curiosamente, la realidad política contemporánea se caracteriza por un fenómeno simétricamente opuesto: la preservación de una cierta diversidad de organizaciones y murgas políticas impregnadas todas con un pensamiento único, ramplón y mediocre, centrado en el dominio autoritario de la pseudo ciencia económica por sobre los derechos ciudadanos que fundaron las sociedades modernas.
 
Si en el totalitarismo soviético las contradicciones terminaron por aflorar en el partido único, en las sociedades contemporáneas la condición sine qua non de la existencia de una variedad de partidos políticos reposa en la condición implícita de que cada uno de ellos exprese los intereses del poder financiero dominante con el argumento falacioso de que no hay alternativa al modelo económico imperante.
 
De ese modo se le cierran las puertas a la expresión de los intereses reales de la inmensa mayoría de la población. El denominador común de la derecha y de la izquierda “que ya no tienen razón de ser” es un programa económico similar, si no idéntico, preparado por “expertos” que no hacen sino justificar la perennización de un orden injusto.
 
Según Manuel Valls, líder del PS francés, “nuestra adaptación al mercado  (…) marcó, felizmente, el fin del socialismo utópico”. Bella derrota, no del socialismo, sino de los socialistas. Enfin, de ese tipo de “socialista”.
 
Un fenómeno nunca visto en esas proporciones ha sido la respuesta a la imposición del pensamiento único: la masiva deserción de las urnas y la desconsideración de los partidos políticos como vehículo de expresión de los intereses reales de vastos sectores de la población.
 
Si los intereses del pobrerío, de los asalariados, de la pequeña y mediana empresa sin recursos crediticios, de los profesionales condenados a la precariedad laboral, de las minorías étnicas, de género y otras, ya no se expresan a través de los partidos nacidos para representarlos, terminan por expresarse por otros canales. Ya se sabe, la naturaleza le tiene horror al vacío.
 
En nuestro caso, la ausencia de sensibilidad y de responsabilidad social por parte del oficialismo explica que la iglesia asuma en Chile un rol protagónico en la defensa de los desvalidos, de los más vulnerables, de los sin voz.
 
Pasando de las tramposas consideraciones de los “expertos” a propósito del “mercado del trabajo” la iglesia, a través de sus representantes, le impone a la clase política la necesidad de debatir de la justicia económica con un argumento macizo que debiese hacer reflexionar a más de uno: “Si no se resuelve el tema de la equidad el conflicto social va a venir“.
 
Monseñor Goic, con una lucidez que ya se quisieran los politicastros que fungen de progresistas, defiende su punto de vista a propósito del salario ético: “El eco que encontró mi opinión, y la cifra, fue porque interpretó, a mi modo de ver, a una inmensa mayoría de chilenos. En este momento hay cerca de un millón de nuestros compatriotas que no gana ni siquiera el mínimo“.
 
Este discurso, tan lejano de las cuentas alegres que anuncian el fin de la pobreza y de la indigencia para pasado mañana, tiene el mérito de dar cuenta en modo justo de la terrible realidad económica de millones de hogares chilenos.
 
Porque la iglesia ha mantenido el contacto real con el pueblo de Chile con una intensidad y una calidad desconocida para la costra política transversal que maneja la manija.
 
Al autoritarismo infértil del partido único y de la dictadura, sucedió el autoritarismo aun más peligroso del pensamiento único, ese que se acomoda de una cierta diversidad de organizaciones políticas, con tal de que todas estén comprometidas de un modo u otro con el gran capital.
 

De ahí que el conflicto social que prevé la iglesia no será solo social, sino también y sobretodo político: nada justifica que 80% de la población no disponga de una estructura política que interprete y represente sus intereses, no menos dignos de atención que los de la reducida oligarquía que se adjudica la parte del león de la torta nacional