Señor Director:
Dado lo inexplicable de dos informes, procedo pedagógicamente a desarrollar una explicación. Érase una vez un infante con una deformación congénita. Durante años cumplió funciones con un grado importante de ineficiencia; pero bien o mal, implicaba cero gasto para el resto de la familia.
Un buen día, un doctor ebrio de arrogancia, prometió mejorar al muchacho y sin preguntarle al paciente ni su familia, diseñó el plan de incorporarle el miembro faltante en el centro de la cabeza y encargó a sus “amigos expertos” del escalafón D y E que se hicieran cargo de la logística y preparativos de las diferentes fases de la operación.
Estos “expertos” apitutaron al que iba a SONDeAr el funcionamiento tecnológico del implante y al que Administraría Financieramente la Transmutación, previo correteo de todo postulante que quisiera tomar una tajada del proyecto financiado por el Estado. Posteriormente estos “expertos” fueron contratados por los apitutados. Se comprobó que el doctor pagó con contratos públicos al SONDeAdor, las platas que éste le pasó para asumir a la dirección del sanatorio.
La nueva directora del hospital preguntó a los “apitutados” de su club si el pabellón estaba en condiciones para efectuar esta cirugía mayor, todos estuvieron de acuerdo –más por los estipendios que ganarían que pensando en el bienestar del paciente y su familia–, la taxidermia se efectuó un 10 de febrero. En el post-operatorio se demostró que el mozalbete quedó peor que antes y desde aquel funesto día la familia tiene que financiarlo.
Nadie se ocupaba de solucionar la ultrajante afrenta provocada, el muchacho recorría la ciudad sin reparar en la repugnancia que causaba, en tanto los detractores del doctorcito hicieron su agosto culpándolo de negligencia inexcusable y a la ilusa doctora que implementó la cirugía le critican fuertemente que el brazo haya quedado cargado hacia la derecha; por su parte, el equipo del doctor, como gato de espaldas, argumenta que la mano es bonita y que tiene las uñas limpiecitas. Revisada la epicrisis, se reconoció que el diseño fue producto de la “impronta creadora” (que es lo mismo que decir delira, según opina el rector).
Dado que el clamor por tal monstruosidad iba en aumento y que el doctor hacía mutis por el foro, la crónica buscaba con afán la opinión del mentecato diseñador, hasta que la encontró y el fatuo doctor con la prepotencia congénita que lo caracteriza señaló: “¿El paciente está mejor antes o ahora? Tenía un solo brazo y ahora tiene dos; si le insertaron el brazo con la palma hacia arriba –de modo que le es fácil rascarse la espalda pero no puede taparse la boca para toser– eso es error de implementación y no de diseño, pero es posible corregirlo con terapia ocupacional” y muy campante se fue a ejercer altas funciones planetarias.
El doctor, que en realidad es un mero curandero, no quiso asistir a la junta de Valparaíso, amparándose en que es el único director en la historia del hospital que estatutariamente ostenta la dignidad de ex director, con fuero para no rendir cuentas a nadie y un sueldo de seis millones que pagamos todos los enfermos.
Algún ingeniero comercial opinó que: “Si bien el paciente está en sus últimos estertores, desde el punto de vista económico la operación fue un éxito, siempre que el subsidio para mantenerlo sea permanente”.
Quien quedó al cuidado del esperpento, cirugía tras cirugía está cambiando el diseño, pero no desea ponerle lápida al diseñador sindicándolo como principal responsable.
Conclusión: Desde la perspectiva de la administración es posible afirmar que un mal diseño genera un mal producto o que la mejor implementación no arregla un mal diseño.
Hoy el chaman busca reelegirse para diseñar el proyecto de energía nuclear y como el hospital del que hablamos es un manicomio, capaz que le resulte.
Moraleja: No volver a elegir un director que tenga doble militancia o juegue para dos equipos…, el de los trabajadores y el del Gran Capital.
Juan Daniel Doñas
Estos “expertos” apitutaron al que iba a SONDeAr el funcionamiento tecnológico del implante y al que Administraría Financieramente la Transmutación, previo correteo de todo postulante que quisiera tomar una tajada del proyecto financiado por el Estado. Posteriormente estos “expertos” fueron contratados por los apitutados. Se comprobó que el doctor pagó con contratos públicos al SONDeAdor, las platas que éste le pasó para asumir a la dirección del sanatorio.
La nueva directora del hospital preguntó a los “apitutados” de su club si el pabellón estaba en condiciones para efectuar esta cirugía mayor, todos estuvieron de acuerdo –más por los estipendios que ganarían que pensando en el bienestar del paciente y su familia–, la taxidermia se efectuó un 10 de febrero. En el post-operatorio se demostró que el mozalbete quedó peor que antes y desde aquel funesto día la familia tiene que financiarlo.
Nadie se ocupaba de solucionar la ultrajante afrenta provocada, el muchacho recorría la ciudad sin reparar en la repugnancia que causaba, en tanto los detractores del doctorcito hicieron su agosto culpándolo de negligencia inexcusable y a la ilusa doctora que implementó la cirugía le critican fuertemente que el brazo haya quedado cargado hacia la derecha; por su parte, el equipo del doctor, como gato de espaldas, argumenta que la mano es bonita y que tiene las uñas limpiecitas. Revisada la epicrisis, se reconoció que el diseño fue producto de la “impronta creadora” (que es lo mismo que decir delira, según opina el rector).
Dado que el clamor por tal monstruosidad iba en aumento y que el doctor hacía mutis por el foro, la crónica buscaba con afán la opinión del mentecato diseñador, hasta que la encontró y el fatuo doctor con la prepotencia congénita que lo caracteriza señaló: “¿El paciente está mejor antes o ahora? Tenía un solo brazo y ahora tiene dos; si le insertaron el brazo con la palma hacia arriba –de modo que le es fácil rascarse la espalda pero no puede taparse la boca para toser– eso es error de implementación y no de diseño, pero es posible corregirlo con terapia ocupacional” y muy campante se fue a ejercer altas funciones planetarias.
El doctor, que en realidad es un mero curandero, no quiso asistir a la junta de Valparaíso, amparándose en que es el único director en la historia del hospital que estatutariamente ostenta la dignidad de ex director, con fuero para no rendir cuentas a nadie y un sueldo de seis millones que pagamos todos los enfermos.
Algún ingeniero comercial opinó que: “Si bien el paciente está en sus últimos estertores, desde el punto de vista económico la operación fue un éxito, siempre que el subsidio para mantenerlo sea permanente”.
Quien quedó al cuidado del esperpento, cirugía tras cirugía está cambiando el diseño, pero no desea ponerle lápida al diseñador sindicándolo como principal responsable.
Conclusión: Desde la perspectiva de la administración es posible afirmar que un mal diseño genera un mal producto o que la mejor implementación no arregla un mal diseño.
Hoy el chaman busca reelegirse para diseñar el proyecto de energía nuclear y como el hospital del que hablamos es un manicomio, capaz que le resulte.
Moraleja: No volver a elegir un director que tenga doble militancia o juegue para dos equipos…, el de los trabajadores y el del Gran Capital.
Juan Daniel Doñas
Profesor de Estado
