google-site-verification: google096975d001c6a771.html
Agosto 18, 2026

Libros para todos

En la cocina parlamentaria, es decir, en manos de la Comisión de Educación del Senado se han concentrado los ojos del mundo editorial por estos días. Los motivos obedecen a que es allí donde está radicada la discusión del proyecto que modifica la actual Ley de Propiedad Intelectual. Las alarmas se han encendido luego que la discusión y finalmente, la aprobación en la Cámara de Diputados dio como resultado una nada de despreciable cantidad de excepciones a la misma ley que a la postre vienen a perjudicar más que a proteger los derechos de autor.

Para los autores chilenos, el aspecto más lesivo es cierto artículo que autoriza a las bibliotecas de diversos establecimientos educacionales, sean de colegios o universidades, la facultad de “reproducir, comunicar y/o poner a disposición por cualquier medio las reproducciones de obras cortas, artículos de publicaciones periódicas y partes razonables de obras extensas para el uso de los alumnos y docentes” sin autorización ni pago de remuneración alguna. Es decir, se acaba definitivamente esa glosa que se consigna a pie de página en las primeras páginas de los libros donde se prohíbe la reproducción parcial o total de la obra sin previa autorización. ¿Qué es lo que inspira el espíritu del legislador que de un plumazo pasa por encima de los derechos de los autores y los editores? Debiéramos entender esta supresión como la preeminencia que le da al derecho de los estudiantes y profesores de todo Chile a acceder a toda la información, sin tener que restringirla a quienes puedan cancelar por la obra. El espíritu de la ley en este mundo globalizado es abrir el conocimiento sin supeditarlo al pago, es decir, democratizar la información, como se diría en jerga política.

Para los autores sin embargo, esto ha significado un verdadero atropello a sus derechos de propiedad intelectual respecto de la obra creada y ven incluso, con temor, que esto tenga graves repercusiones en el extranjero, por cuanto la Ley también permitiría la traducción de obras foráneas después de un plazo de tres años de su publicación sin autorización alguna.

Ante esta dicotomía, vale la pena hacerse algunas preguntarse respecto de los derechos de autor, como por ejemplo, ¿cuántos autores nacionales viven de ellos? O también sería interesante saber cuál es su nivel de satisfacción respecto del pago de estos derechos por parte de as editoriales que los han publicado. Hay certeza que en Chile no se puede vivir de estos derechos, como tampoco es posible en gran parte del mundo civilizado, de modo que la situación no cambiaría tanto para los autores como para las editoriales, que son las que hacen el pingüe negocio en esta vuelta. ¡Qué más quisiera un autor que su obra fuese leída y disfrutada por millones de personas sin importar su condición económica ni social del lector! ¿No es acaso este espíritu el que ha movido a la inmensa mayoría de los artistas e intelectuales a través de la historia de la humanidad? Resulta inimaginable a un Beethoven o a un Dostoievsky, supeditando sus creaciones y la difusión de ellas a un pago pecuniario. Este raciocinio no implica, por cierto, que los artistas o escritores deben trabajar gratis, sino que nos indica que algo anda mal aquí desde hace un tiempo y es que en algún momento, el Estado se perdió. De este modo es que se da la presente situación, en la que los autores no viven de lo que escriben y sin embargo, las editoriales registran ingresos millonarios y las librerías se dan el gusto de marginar con un  40 por ciento.

El espíritu de democratizar el conocimiento debiera ir de la mano de la conciencia estatal para sustentar el trabajo de sus artistas y escritores, como también de la exigencia para que las bibliotecas escolares y universitarias adquieran los libros necesarios para que se formen sus alumnos, aprendiendo desde la fuente y no a partir de una desechable fotocopia. Pero sobre todo, de la generosidad y humanismo de nuestros artistas por difundir su legado sin mediar recompensa inmediata…el tiempo sabe premiar mejor que el dinero.