El insoportable de Gilles Lipovetsky hablaba en uno de sus libracos –El Imperio de lo Efímero- de cómo el hombre se ha sumergido en los dictámenes de la moda. “Moda” parece un término bastante común en el hocico de medio mundo, al punto que todos la siguen, especialmente en Chile, aún cuando nuestro fenómeno isla nos haga disfrutar de ella como la nueva religión (en ausencia de Dios, hemos de reemplazarle por cualquier otro ¿no?).
La Moda es una de las consecuencias más comunes al interior del universo del capital. Se trata de una construcción visual, moral, fecal e incluso espiritual, que trata de otorgar respuesta a la búsqueda por el sentido sólo por cortos períodos de tiempo. Moda es la ropa, el lenguaje, el amor, la amistad, la libido, el arte, la ciencia e incluso la higiene ¡La vida es una danza interminable en honor a la moda!
En Chile, como todo lo chileno, la moda es mediocre, triste, y absolutamente pasajera. Generalmente marca a las capas más jóvenes de la sociedad, seguramente porque las estructuras mentales –nunca intelectuales- se encuentran abiertas a cualquier posibilidad que surja en el devenir. Lo más feo y bestial es encontrar muchedumbre juvenil inmersa en ideologías y filosofías pueriles como el “anarquismo neoliberal”: se trata de aquella corriente de imbecilidad que basa sus postulados en música y artesanía latina de la peor índole, copiada de las grandes modas europeas y americanas, y que tras todo un bagaje de rabia contenida y resentimiento añejo, reclama por todo lo que a otros no les toca del establishment. Ecce Hommo Chilensis.
La Moda en Chile surge del binomio clase social-dinero disponible. Por lo general el bajo pueblo escoge las corrientes que más le identifican, es decir, todas aquellas que tras un hálito de falsa indiferencia, no hacen más que tratar de llamar la atención a un sistema económico y social que les ha anulado en todos los sentidos: intelectual, moral y espiritual. Allí surgen como juncos a la orilla del estero, anarquismos mediocres, música neoliberal y nauseabunda, disfraces rubicundos y desgastados, triviales nostalgias a estilos de vida de modas de otras épocas.
Las capas más altas se corresponden con el modelo social heredado de los antepasados, habiendo por lo menos –así veo- un mayor respeto por la tradición: la imbecilidad es promovida como símbolo de arrogancia y elevación social; el vocabulario es rebajado, caricaturesco; los rostros se afean cada vez más, al punto que entre un simio y un humano ya no van quedando muchas diferencias. Lo que en el bajo populacho es rabia contenida elevada a estatus de ideología, en los de la “alta” hablamos de idiotez inmisericorde, a pesar de que en Chile todo es posible, claro, con dinero.
Todo cuanto es en términos de moda, avanza de la mano con los postulados de los dueños del capital. Son éstos patetas los encargados de trazar los caminos de la vida de manera unidireccional, espetando todo cuánto ha de suceder y a quién ha de ocurrirle. América del Norte es quizá la panacea de toda esta filosofía del vulgo: allí se trazan las estrategias y maniobras para acorralar a los mansos corderitos dentro de cada una de las vías posibles, contempladas de modo nada intuitivo y apriorístico por los señores del mundo empresarial. ¿Cómo enseñan el rito, la costumbre, la técnica? A través de los Medios de Incomunicación. Son éstos el canal más poderoso de unidimensionalización del vulgo, y tienen por labor cardinal enseñar el mundo feliz. ¿Cuáles son las Modas Juveniles más importantes? He aquí un resumen bastante grotesco. Hablemos del caso chileno:
Anarquismo: Dentro del orden de la idiotez, es quizá, la moda pueril por excelencia. Nadie sabe cuál es el anhelo último, cuál es el espíritu de esta tontería. Demasiado feos física y moralmente, exhiben su descontento a través de la proliferación de artesanía, música, rabietas, mordiscos y berreos que hoy en día se han vuelto infinita exuberancia. Se oponen al sistema gubernamental imperante –sea cuál sea- pregonando la anarquía constitucional, fecal y capilar –la estética punk tan propia de este bajo mundo- como los mandamientos de su lamentable porquería. Generalmente el Anarquismo toca a todo ese universo juvenil despojado de los lamentables favores del estado y las ganancias del capitalismo, entonces se vuelven “anti sistema”. Apenas pueden conjugar los verbos, espetando todo en jerigonza –el nihilismo nutre desde el culto del vestir hasta el logos-, a fin de cuentas nadie sabe lo que quieren pero sólo una cosa es segura: terminan sus días atendiendo de buena gana la caja de algún establecimiento mercantil, porque hay que alimentar la familia. Frustración, patetismo y romanticismo barato son la triada elemental de este grupete.
Góticos: Pertenece a esta orla de villanos, todo aquel poeta frustrada que arma un potpurrí de sosería a partir de las lecturas de Rimbaud, el octavo movimiento del Réquiem K.V. 626 de Mozart –por supuesto, interpretado por la banda musical populachera de rigor- y la ropa negra especial para los sueños de una noche de verano. Generalmente son obesos, de manera que la moda oscura, ausente y melancólica les calza muy bien para ocultar la superabundante barriga y la increíble insignificancia. De vez en cuando surgen algunos macilentos señoritos del barrio alto que se encantan con el atractivo atavío de este lamentable submundo, pero nada de eso es eterno porque de todas formas visten el fastuoso trajecito bermellón en las eternas ceremonias opus-dei organizadas por la familia. ¿Qué es ser gótico? Nada más que un mediocre, un niñito abandonado o en último caso, un amante de las modas europeas. Por lo menos leen poesía, supongo…
Alternativos: Se insertan en esta corriente, todos los estudiantes del alguna carrera humanista y que tienen como fin último transformarse en un futuro artista (Como si en Chile existiera un Soho o Studio 54). Son más cuidadosos en el gusto y prefieren todo aquello que provenga del capital pero que sea difícil de entender. La música quizá, es lo que más identifica a este patético y ridículo universo: Bandas electrónicas del Norte de Europa o de los límites de la Campiña Inglesa que narran desventuras amorosas con el tupé de quien ha vivido “mucho”. Algunos leen filosofía: Paulo Cohelo, Ian Brown o en el peor de los casos a Platón y Aristóteles; otros consumen mucho alcohol, cigarrillos y drogas (específicamente marihuana). Están al tanto de toda actualidad “artístico-cultural” y se creen en el paraíso toda vez que en Santiago –o en… ¡¡¡Regiones!!!- se exhibe alguna performance “importante” y de prestigio internacional, como el armazón de palos que recorrió las calles capitalinas el año pasado. Su arrogancia, “elevación intelectual”, su ateísmo ridículo, los transforma en el grupo despreciable por excelencia.
Los Neoliberales-Neoliberales: A este amplio mundo pertenecen generalmente los adolescentes. Consecuentes con su dieta intelectual a base de mucha televisión y estupidez, cambian, mutan y se transforman cada 11 meses. Una vez son hip-hoperos, otra patinadores y hoy en día rotulados bajo vomitivos, patéticos y ridículos adjetivos –creados en diversos platós de televisión- como son los “pelolais” y los “pokemon”. ¿Qué significan ambas corrientes? Los unos son los hijos de papás ABC1 que se visten a la usanza de las revistas americanas o en su defecto mejicanas y que disfrutan de agradables veladas filosóficas en antros como el Mall y la Discoteca, y los otros son los pobres diablos que siguen cuanta moda se exhibe en la televisión y que por escasez de dinero, o bien roban o recorren los diversos persas hasta encontrar la ropa falsificada más parecida al original. Todo muy ridículo, muy vergonzoso de continuar comentando.
Pues y la moda se transforma en la única filosofía, en la mundana y predecible vida de la mayoría de los jóvenes de nuestra nación. Cuando abandonan esa técnica no hacen sino retomar lo instintivo y volverse bestias, mientras nosotros contemplamos con recelo desde arriba, antojados de golpear nuestros martillos para enterrar a todos esos clavos y que resistan sólo los más fuertes.
