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Agosto 18, 2026

Historias de jornaleros en la era del pánico por los inmigrantes

Los jornaleros se agrupan en las esquinas de la Calle High en East Oakland. Otros grupos principalmente de jóvenes esperan a lo largo de la calle San Leandro y el Bulevar Internacional. Ocasionalmente un auto o una camioneta se detienen, todos corren hacia el vehículo y unos pocos logran subir para limpiar un patio, pintar una casa o cargar muebles.

Durante tres días consecutivos conté más de 300 centroamericanos o mexicanos en un área de una milla cuadrada. Cientos más se reúnen en otras intersecciones de calles desde San Francisco hasta San José, al igual que en decenas de otras ciudades por todo Estados Unidos.

Lo típico es que un grupo de mexicanos o centroamericanos compartan una habitación de una casa de huéspedes en un barrio en decadencia —hasta ocho por habitación. Los desesperados ancianos de familias rurales o de pequeños pueblos han enviado “al Norte” a los jóvenes, potenciales ganadores de dinero, para que manden lo suficiente a casa para que las familias no tengan que abandonar el hogar y la aldea.

Más de 120 000 de estos jornaleros —la mayoría sin status legal— andan por las esquinas o frente a solares yermos. También hacen trabajo de construcción, jardinería y cualquier otra tarea que puedan entender y realizar. Miles de residentes de la zona los han contratado para hacer trabajos sucios a cambio de un bajo salario.

Un reciente estudio de 18 meses realizado por investigadores de UCLA, la Universidad de Illinois y New School descubrió que esos trabajos a menudo implican cargar grandes pesos o “trabajo de patio” con materiales peligrosos. De los miles que fueron entrevistados por los investigadores, 20 por ciento aseguró que habían recibido heridas relacionadas con el trabajo, pero la mayoría no se atrevió a buscar ayuda médica porque temían que las autoridades hospitalarias informaran a la “migra” y fueran deportados. Casi la mitad de los trabajadores en el estudio dijeron que sus jefes no les pagaron o le pagaron menos de lo acordado.

La mayoría de los jornaleros no consume drogas. Los que lo hacen pueden asistir a la clínica comunitaria en East Oakland, donde trabajadores de la salud les abren y limpian los abscesos y les dan antibióticos junto con agujas limpias. El personal también hace exámenes de enfermedades por transmisión sexual y envía a los muy enfermos al hospital. Es uno de los pocos lugares que brinda atención a los jornaleros.

En el verano de 2005, un guatemalteco de treinta y tantos años, que había vivido unos 3 años en Estados Unidos y trabajaba como jornalero, entro a un hospital de East Oakland. Dijo en español, ya que apenas hablaba inglés, que se sentía muy enfermo, le dolía todo el cuerpo y tenía una tos terrible y dolor agudo en el pecho. Un miembro del personal lo entrevistó y descubrió que vivía en una pequeña habitación con un “sistema de cama caliente” —compartiendo la cama con otro hombre que trabajaba en otro turno.

Dijo que tenía relaciones sexuales de manera ocasional —solo podía darse el lujo una vez al mes— y siempre con prostitutas. A menudo la mujer iba a su habitación y después visitaba las otras habitaciones de la misma casa de huéspedes, algunas de ellas ocupadas hasta por ocho hombres. A todos les daba servicio. Él la describió como adicta —“crackera”, dijo en su inglés de mal acento.

Al igual que otros jornaleros —pero de ninguna manera todos ellos— nunca había asistido a la escuela. Cuando la entrevistadora le preguntó en buen español si alguna vez le habían hecho la prueba del SIDA, él la miró como si ella fuera de otro planeta. Cuando ella trató de explicarle lo que significaba SIDA y VIH, él sacudió desconcertado la cabeza. “Le estoy hablando de enfermedades transmitidas sexualmente”, dijo ella. Él se le quedó mirando, sin comprender. “¿Una enfermedad que una persona le da a otra al practicar el sexo?”

Se encogió de hombros. No. ¿Enfermedades que pasan de una persona a otra? No tenia idea. “Nunca se le había ocurrido la idea de que una enfermedad de esa naturaleza existía y que pudiera ser trasmitida de una persona a otra por medio del acto sexual”, dijo ella. Un gran porcentaje de los que llegan al hospital y se les hace la prueba tienen algún tipo de ETS —más del 15 por ciento son seropositivos al VIH. “No es de extrañar”; dijo la entrevistadora. “Se acuestan con las mismas prostitutas que van de una habitación a otra. Descubrimos que algunas de ellas, y quizás la mayoría, son adictas y comparten las agujas. Hacen que María Tifoidea parezca una santa. (i)

Abel Valenzuela, profesor de UCLA, descubrió que 86 por ciento de los jornaleros tienen entre 18 y 47 años de edad. La mayoría de los jornaleros buscan trabajo al Oeste de las Montañas Rocallosas, casi todos en California. Pasé en auto como a las 6 a.m. y los vi en las esquinas, tiritando en el frío y la niebla de la mañana. Valenzuela descubrió que “la mayoría regresan a casa sin trabajo”. (Valenzuela et al. “Trabajo por las Esquinas en Estados Unidos”, Encuesta de Trabajo Por Día, 1999.)

A fines de julio jugué algo de baloncesto amistoso con tres mexicanos, dos de los cuales eran amigos de su Guanajuato rural, el tercero de Chiapas. Todos nos divertimos. Todos tuvimos cuidado de no ser tan competitivos como para hacernos daño. Ellos trabajaban en un exitoso restaurante de sushi propiedad de coreanos que abusaban de ellos, les robaban su parte de las propinas y los amenazaban con la deportación si se quejaban de las condiciones de trabajo. Los tres jóvenes se enteraron de oportunidades específicas de trabajo por medio de amigos de la aldea que habían emigrado anteriormente. Ninguno habla inglés después de pasar casi un año en el Área de la Bahía de San Francisco.

“Uno de nuestros amigos nos traduce cuando el jefe coreano dice algo”. Les pagan $10 dólares la hora, trabajan turnos de 10 horas (media hora para almorzar), seis días a la semana, viven cuatro en una habitación y envían aproximadamente 70 por ciento de sus ingresos a la familia en México.
 
“Estamos mejor que los jornaleros”, dijo José. “Sabemos que trabajamos seis días a la semana. Aunque los chefs de sushi ganan como $25 la hora y reciben una parte de las propinas, nos va bastante bien y también recibimos comida todos los días. Y hemos aprendido un oficio, cómo ser un chef de sushi y cocinar hamachi kama (lomo asado de rabirrubia) y otros exóticos rollos de sushi que desconocíamos hasta llegar aquí”.

José habló de un jornalero de Guatemala que vivía con él y sus amigos en la casa de huéspedes. Llegó en 1995 y ahora tiene trabajo fijo dos semanas al mes hacienda la jardinería de un complejo de apartamentos. “Es un hombre muy educado”, dijo, “que sabe acerca de la arquitectura de Oakland”. José también conoce a jornaleros adictos a la bebida y a las drogas, “pero me mantengo lejos de ellos. Quiero regresar a casa después de que ahorre dinero para casarme con mi novia de la aldea”. Los otros rieron. “Si es que te sigue esperando”, se burlaron.

“¿No quieren hacerse ciudadanos?”

Se encogieron de hombros. “Demasiados problemas”, dijo Alfonso.

“Alístense en el ejército”, sugerí.

“De ninguna manera”, replica Jesús. “Lo más probable es que me maten o pierda una pierna por una bomba en Irak antes de que me hagan ciudadano”. Todos rieron. “O pierdas los cojones”, bromeó otro. Ellos saben que no pueden buscarse la vida en el México rural, un lugar que el ALCAN (Acuerdo de Libre Comercio de América del Norte) ha hecho poco competitivo. Los pequeños agricultores que cosechan maíz no pueden competir con Cargill y otros consorcios agroindustriales fuertemente subsidiados por el gobierno norteamericano.

Mi padre llegó a Estados Unidos en 1920, un refugiado de una guerra civil en la recién nacida Unión Soviética. Otros miembros de la familia habían llegado antes en busca de trabajo. Los norteamericanos que actualmente temen que los inmigrantes les roben su trabajo, usen sus instituciones médicas y educativas y contribuyan al crimen y a la degradación medioambiental debieran tratar de conocer a uno o dos de ellos. Puede que descubran algo —acerca de su propio pánico— y de los prejuicios que provienen de él. Puede que también reviva su interés en la historia de sus propias familias, las que probablemente hayan recibido tratamiento similar al que los actuales “ilegales” tienen que enfrentarse.

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