Cuenta el musicólogo Gastón Soublette que cuando ejerció como agregado cultural de Chile en París tuvo la oportunidad de montar una gran exhibición de obras del artista José Venturelli. Su amigo pintor había vivido en China más de una década y su pintura se había visto fuertemente influenciada por el arte del “Imperio del sol”. Quiso Venturelli hacerle un regalo a su amigo músico por la diligencia y aprecio que puso en los arreglos de la exposición.
“Una flauta, tráeme una flauta”, le dijo Soublette. Unos meses más tarde, Soublette se enfrentó a una enorme caja forrada en seda y brocatos que contenía dos delicadísimas flautas chinas, llenas de pequeñas imágenes e ideogramas del alfabeto chino pintados con finos trazos y colores. La sorpresa fue aún mayor cuando Venturelli le dijo a Soublette que quien le enviaba esas dos flautas que por tradición sólo pueden ser tocadas en primavera y verano y otoño e invierno, alternadamente, era el mismísimo Mao Tse Tung. Era la manera en que el Padre de la Revolución Cultural y Política China agradecía las gestiones del diplomático chileno en favor del común amigo. No fue este hecho sin embargo, el que produjera la enorme devoción de Soublette por la cultura y filosofía china, puesto que ya venía estudiando desde hacía tiempo a Lao Tsé y a Confucio.
A fines de los sesenta, la influencia de Oriente se empezó a sentir con más fuerza que nunca en Occidente y muchos quienes habían sido formados bajo una educación religiosa católica apostólica romana, cambiaban de religión como quien lo hace de ropa. Un éxodo que preocupó a Soublette entonces, quien con decisión acudió al decano de la Facultad de Teología de la Casa de estudios donde hasta hoy hace clases, nada menos que de la Universidad Católica de Chile. El gran argumento de Soublette fue plantearle al entonces decano y sacerdote Jorge Medina, que era necesario conocer el pensamiento de quienes estaban captando el interés y adhesión de los jóvenes de entonces, y que estas materias debían ser explicadas por ellos mismos, dentro de la Iglesia y no dejar esta tarea en manos de quienes podrían confundirlos y finalmente, captarlos para sus filas. Desde entonces, Soublette es profesor titular de la cátedra de Filosofía Oriental en la Pontificia Universidad.
A fines de los sesenta, la influencia de Oriente se empezó a sentir con más fuerza que nunca en Occidente y muchos quienes habían sido formados bajo una educación religiosa católica apostólica romana, cambiaban de religión como quien lo hace de ropa. Un éxodo que preocupó a Soublette entonces, quien con decisión acudió al decano de la Facultad de Teología de la Casa de estudios donde hasta hoy hace clases, nada menos que de la Universidad Católica de Chile. El gran argumento de Soublette fue plantearle al entonces decano y sacerdote Jorge Medina, que era necesario conocer el pensamiento de quienes estaban captando el interés y adhesión de los jóvenes de entonces, y que estas materias debían ser explicadas por ellos mismos, dentro de la Iglesia y no dejar esta tarea en manos de quienes podrían confundirlos y finalmente, captarlos para sus filas. Desde entonces, Soublette es profesor titular de la cátedra de Filosofía Oriental en la Pontificia Universidad.
La flauta que le regalara Mao Tse Tung a Gastón Soublette fue un premio por adelantado, por el enorme aporte que realizaría luego este gran amante de la filosofía oriental y de la antigua tradición popular chilena. Hay quienes, sin embargo, reciben premios de manera tardía, lo que es mejor que no recibirlos nunca. Es el caso nuevo premio Cervantes 2007 que se le concede al poeta argentino Juan Gelman. El reconocimiento más alto de las letras hispanas a una voz que si bien no ha venido a revolucionar la poesía, ha puesto, en cambio, el valor de la verdad y la defensa de los derechos humanos como eje central de su quehacer. Gelman utilizó a la palabra en su sentido original y bíblico, como es la de nombrar y hacer luz donde se había enseñoreado la oscuridad. Y aunque ya hace mucho que terminaron las dictaduras que asolaron a esta parte del Continente, sus estragos son aún palpables y la voz de Gelman es la manera de no olvidarlo.
