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Agosto 18, 2026

Oración por Jorge Díaz

La última vez que conversé con el dramaturgo Jorge Díaz fue en la Radio Universidad de Chile, en una fecha próxima a la Navidad. Recuerdo que el calor de ese día era insoportable, todavía no contábamos con aire acondicionado en los estudios y a puerta cerrada sostuvimos un diálogo que se caracterizó literalmente, por su calidez. Jorge Díaz era un tipo de temperamento tranquilo, de voz pausada y de modos tradicionales, algo lejano, incluso, característica de los tímidos que puede ser interpretada por un acomplejado como envanecimiento.

Pero la conversación de ese día fue especialmente afable y cercana en la que además se refirió de manera premonitoria a su propia muerte.

Publicaba por esos días un libro junto a Claudio Di Girólamo llamado Villanchicos con (des)cuentos de Navidad, una obra que desde el título nos obligaba a dar esa vuelta de tuerca, a buscar la ironía y el humor que le eran tan característicos. En medio de la conversación, le pregunté por una suerte de oración que allí aparecía y que resultaba muy íntima y conmovedora que decía: Señor, entre mi pena y mi risa hay un espacio pequeño, vacío, que nadie habita y es allí donde te espero”. De inmediato le pregunté, ¿Cuándo reza Jorge Díaz? y, me respondió como buen contador de historias y quizás, azuzado por la temperatura del estudio, con una anécdota.

Contaba Jorge Díaz que hacía sólo unos meses atrás, se había encontrado por casualidad en la calle Providencia, donde era común verlo pasar, con un compañero de colegio de los tiempos de tercero o cuarto básico, que entonces llamaban preparatoria. En esa época, los dos eran niños piadosos, ejemplares, tanto que gran parte de la etapa escolar del autor de “El Cepillo de Dientes” había estado en el cuadro de honor y de monaguillo. Contaba Jorge Díaz, que él jamás habría reconocido a este amigo de infancia, puesto que no se veían desde entonces, y que este amigo sin más preámbulos le había preguntado

“¿Y cómo te estas preparando?”. Cuenta Jorge Díaz, que se desconcertó totalmente. Que ese día en Providencia “caía el sol a plomo” y que de inmediato pensó en los ensayos de alguna obra, y que antes de responder, su amigo le aclara: “¡Para el transito!”. Y que de nuevo, en su “infinita torpeza y estupidez”, se acusaba, pensó en algo que tuviera que ver con la circulación de Providencia o los semáforos.  Finalmente, su amigo le aclara, “¡No! Para la muerte que está tan próxima”, a lo que Jorge habría respondido contundentemente con un¡Si, me estoy preparando!… Escribiendo como un enajenado”. La reacción del amigo fue un gesto despectivo, como si le hubiera tomado el pelo, y, “le estaba diciendo la más absoluta verdad- me dijo-. Yo me preparo para lo que sea, para lo que haya detrás de ese momento, escribiendo”.

Jorge Díaz no sólo fue el más prolífico dramaturgo chileno, con más de 100 obras escritas, también se caracterizó por una enorme generosidad con sus textos, entregándolos a quien quisiera representarlos, sin mediar celos ni desconfianzas con jóvenes directores o compañías desconocidas, que pudieran destrozar su trabajo en el escenario como se lo advertían los amigos. Pero quizás el más grande aporte de Díaz en materia de creación teatral fue su total desprendimiento cuando aceptó la metodología de la creación colectiva que hasta el día de hoy caracteriza a la compañía ICTUS, donde nació.

Y es que Jorge Díaz sólo quería escribir, aunque en la práctica se le deslizaran blasfemias, porque el sentido de su escritura era la oración.
 

Gracias Jorge Díaz, por favor concedido.