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Agosto 18, 2026

El bienamado Juan Carlos Primero

Su majestad el rey de España, de la casa de Borbón, ha creído pertinente, de acuerdo a la alta investidura que ostenta en su país de origen y de la incipiente fama de mediador de conflictos supranacionales, el hacer callar a un presidente elegido por el pueblo de la república americana de Venezuela, ex dependencia administrativa del virreinato de la nueva España, presente en una cumbre de países americanos  que se realizaba en la república de Chile, ex capitanía general, con dependencia administrativa del virreinato del Perú.

El canciller de la república de Chile, Alejandro Foxley, ha solidarizado con el bienamado rey venido de la antigua metrópolis. Hablamos de España, país con grandes inversiones e intereses en Chile y sólidas relaciones personales entre funcionarios y ex funcionarios de sus respectivas administraciones políticas por ya casi 20 años, al punto tal, que muchos de los ex altos funcionarios públicos chilenos, ostentan hoy, altos cargos ejecutivos en las empresas españolas con presencia en Chile.
 
 Foxley ha mirado con desdén al presidente mestizo que ha causado la ira que detonó el exabrupto de Juan Carlos de Borbón, dejando en entredicho la supra-autoridad moral que el rol de su majestad ameritaba en el nuevo orden americano por un lado, y ha tomado mucha distancia de los proyectos latinoamericanistas en boga. Y todo fue porque Hugo Chávez trató de fascista al ex presidente Aznar, puesto que apoyó el golpe frustrado en contra de él. Por suerte nadie habló de Pinochet ni de su apoyo a los ingleses en la guerra de las Malvinas, ya que habría puesto en duros aprietos a la mandataria chilena y a su canciller.
 
El desentendimiento de Chile de todo proyecto o sentimiento latinoamericano, como vemos, viene de muy antiguo. El gobierno chileno desestimó también la oferta venezolana de enviarnos petróleo subsidiado para ayudar a salir de la dura crisis de la locomoción colectiva que el pueblo de Santiago padece, y sin embargo, los ingleses de Europa, han aceptado de buena gana una oferta similar.
 
El desprecio del canciller chileno por lo que han conseguido algunas naciones latinoamericanas para sus pueblos, ha tomado la forma en una frase descalificativa. Ha dicho que son “atajos seudo-revolucionarios” y esos seudo logros para él, según se infiere de sus palabras,  los ha comparado con los resultados sociales que ha alcanzado nuestro país, en el cual él ha tenido personalmente participación y responsabilidad, puesto que ha sido ministro de Hacienda, Senador de la república de la alianza gobernante, además del cargo que tiene en la actualidad.
 
 Demás está recordar que Chile ostenta uno de los lugares más tristes en desigualdad de los ingresos, el puesto 12 en el planeta y considérese además, que ello no quiere decir que los pobres ganen una miseria solamente en términos relativos. Los pobres de Chile, que son la mayoría, ganan una miseria también en términos absolutos, puesto que no alcanzan a cubrir sus necesidades básicas y el estado de Chile no subsidia por lo demás esas carencias.
 
Como será de grave el problema que tenemos, que la Iglesia Católica, a través de sus obispos, ha llenado la agenda política de los últimos tiempos cuando reclama públicamente por los vergonzantes salarios de los trabajadores y ha sugerido un sueldo ético, a un monto de casi el doble de lo que recibe un trabajador chileno en la actualidad.
 
El también incomprensible y contradictorio desprecio hacia la democracia venezolana, que tiene una expresión francamente ridícula, es repetido majaderamente no solamente por los personeros de la derecha, sino que especialmente por los de gobierno. Ellos en 18 años, no han logrado conseguir lo más elemental de una democracia, que es la realización de un plebiscito, especialmente uno que modifique la antidemocrática forma de elegir a los representantes del poder legislativo.
 
Al país que menos pueden acusar de no respetar la opinión de la ciudadanía, es precisamente a la república de Venezuela, que contempla en su Constitución Política el ejercicio permanente de la consulta plebiscitaria, y no solamente para modificar las leyes que estén siendo cuestionadas, sino que un plebiscito revocatorio del mandato presidencial. Es decir, el presidente se la juega al todo o nada en medio de su mandato.
 
Mañana nadie recordará el país en el cual se realizó la cumbre donde el Rey de España cometió la torpeza de hacer callar al presidente Chávez, nadie recordará ni siquiera el tema ni menos el título de la “declaración de Santiago”. Nadie o muy pocos, lamentablemente, en nuestro país, sacará lecciones de nuestra posición internacional, “que está más cerca de los españoles, que de los venezolanos”, “más cerca del primer mundo, que de Latinoamérica”, más cerca del FMI, que del Banco del Sur, más cerca de un petróleo virtual, que de un gaseoducto que esté conectado a una red de la Región.
 

Es de esperar que nos acordemos de los nombres de los gobernantes y cancilleres mitómanos de este tiempo de locura, de desdén irresponsable hacia la región.