Para agregar una pizca de sal, Melchor Miralles, director de programas especiales de El Mundo, subraya que aún no se desvela la trama de los atentados destinada a desestabilizar al gobierno de Aznar, cuestión que facilitó el ascenso de PSOE al gobierno. De tal explicación, deduce la apertura del diálogo entre ETA y Zapatero, al tiempo que extrae el vínculo entre ETA-Al Qaeda: formar parte de un engranaje terrorista internacional consistente en el intercambio de armas, direcciones y acciones de muerte entre ellas ¿por qué no el 11 de marzo? ¿quien puede negarlo con certeza absoluta?. Relato verosímil para los militantes del Partido Popular que aún creen en las palabras de Aznar: “Hay que buscar dentro a los autores del atentado”. Esta versión sigue siendo implementada tras la sentencia. Y lo más preocupante, emitida por las ondas propiedad de la iglesia católica, la Cadena COPE. Tampoco se rezagan el periódico La Razón y El Mundo. Mientras, Telemadrid emite un especial ahondando en la teoría de la conspiración para derrocar al gobierno de Aznar en la cual confluyen ETA, antisistémicos y el islamismo sea radical o no.
Pareciera ser un guión para contrarrestar los efectos que pondría en claro la falta de pruebas sobre las cuales se asentó durante cuatro años la tesis del Partido Popular avalando la participación de ETA en los atentados del 11 de marzo. Su castillo de naipes se caería. También su manera de hacer oposición. Por consiguiente, una vez hecha pública la sentencia no habría posibilidad de justificar su pusilanimidad política. Pero en vez de enmendar, su plana mayor, comete el error de mantenerse en sus trece. Semejante actitud era de esperar. La canallada forma parte de una personalidad colectiva a la actual se suelen apuntar los dirigentes del partido popular. En esta dimensión cobran fuerza las palabras de Pilar Manjón, Presidenta de la principal asociación de Victimas del 11 de marzo en su comparecencia parlamentaria al increpar a los miembros del partido popular por mofarse de los familiares y sobrevivientes cuando discrepaban de sus tesis. Implícitamente les llamó cobardes, al tiempo que evidenció la poco honra de Acebes, Aznar, Rajoy, Zaplana o Jaime Ignacio del Burgo, personajes dispuestos a urdir una trama de infamia para salvar a su partido y dejar sin esclarecer los motivos del 11 de marzo. En esos momentos y hoy, para meretrices de la política todo es válido con tal de encubrir la actuación de un gobierno cuyos principios llevaron a España a una guerra ilegítima de la cual se derivan en una gran medida las razones de los atentados. Ante tal circunstancia, su vergüenza es sinónimo de irresponsabilidad. Una carrera de despropósitos donde su falta de ética toma formas de chulería y desprecio hacia las víctimas cuya máxima ha sido no reconocer su mentira.
La sentencia es clara, el día de los atentados no estaría presente ETA, ni para bien ni para mal. Aunque Aznar lo sabía y el gobierno también. Incluso busco negociar con algunos de sus presos, prometiéndoles un traslado si retrasaban hasta el 14 de marzo el comunicado en el cual negaban su participación en los mismos. Tampoco aparece, en los más de quinientos folios, una trama orquestada por antisistémicos para sacar del gobierno al Partido Popular a tres días de las elecciones.
Planificado con anterioridad su lógica se enquista en la invasión a Irak y en esta dinámica hay una responsabilidad que cabe al gobierno de Aznar, a sus diputados y sus valedores. Millones de españoles se manifestaron en contra de la guerra. Aznar hizo oídos sordos, prefirió la foto de Las Azores inmortalizada con un reguero de muertes y sufrimientos en Irak. Por eso, el Partido Popular no puede aceptar la sentencia. Sigue en la mentira política y justificando lo injustificable. Armas de destrucción masiva, guerra humanitaria. Los populares deben salvar a su líder. Aznar en su euforia actual de consejero mundial y profesor no asume las consecuencias de sus actos y con ello arrastra a quienes apoyaron con el sí espurio en las cortes la decisión de bombardear Irak y por ello deben seguir bombardeando todos los días y asesinando todos los días. El 11 de marzo sigue presente. No se escapa de la memoria colectiva, la sociedad española es parte torturada y presa de una política bastarda de un presidente irresponsable, irascible y prepotente miembro del bunker, cuya aura de caudillo predestinado, supuso en Madrid 192 muertos a su espalda y más de tres mil heridos. Su decisión de participar en una guerra acabó por entregar los restos de soberanía a los Estados Unidos, acto que acompañó designando en Naciones Unidas a hombres y mujeres corruptos. Ese fue el caso de Inocencio Arias, quien manipuló los informes para engañar al Consejo de Seguridad de Naciones Unidad tras los atentados del 11 de marzo. Pero la sentencia pone en su lugar a unos y otros.
