Los de “arriba”, cual amantes de la moderación y de la “alta espiritualidad”, en su afán burgués y sin embargo plebeyo, gustan de experimentar con las “pasiones del oriente”; ya no educan a sus hijos en la lógica prusiana de obediencia y castigo que dicta el ministerio de “idiotización” chileno, por el contrario, meten a la prole en cursos de yoga, incienso y leche condensada, para que “liberen la energía”. Toda esa majadería, por supuesto, deviene de las modas arraigadas en la sociedad americana –EEUU-, donde se siguen las tendencias capitalistas de prostitución de la cultura a toda costa, aún cuando ésta ordene reposar sobre una cama llena de clavos, cual faquires en el “Studio 54”.
El recurrir a las filosofías muertas e inservibles -que el relativismo posmoderno sin embargo insiste en que hay que “respetar”- es la moda común de la alta burguesía chilena. Se recurre a la hechicería “de los antiguos” para todo: frigidez y disfunción eréctil devienen Tao o Kamasutra; un rostro espinilludo significa acupuntura; un culo cocido precisa de cataplasmas de Ceilán; la ventosa fue cambiada por yoga. En su lógica de ignorantes, por supuesto, todas esas soluciones de verdad son útiles: se compran con la tarjeta del fiado, se ofertan en cualquier pulpería de Vitacura o Las Condes y más encima ¡Me muero!: “Es el mismo método que utilizan en Estados Unidos”. Ecce Hommo Chilensis.
Esa costumbre neoliberal, populachera, socarrona y escatológica, sin duda cala hondo en la concepción de mundo de las clases dirigentes. Ya no hay comidas ni bebidas naturales, desde que el Arrollado Primavera se transformó en la nueva empanada y el Wantán en los modernos chicharrones. ¡Y qué decir de la vestimenta! No causa sorpresa hoy en día ver a las anoréxicas y leonadas señoras ABC1 (a veces dos, a veces tres) enfundadas en cuero de vacuno, cartera LV (Lucho Valenzuela), pulseras de junco trenzado y la trapelacucha a juego.
Todo el revival de las costumbres y filosofías de los antiguos, emerge en Chile de la manera más cruel y despiadada, al punto que se transforma en anhelo de superación y ya vemos al vulgo mujeril de los arrabales practicando “la vela” mientras las guatitas se cocinan a fuego lento sobre la salamandra ¡Si hasta en las sedes sociales y juntas de vecinos el mesmerismo es tema a debatir!
La pregunta a formular es ¿Cuál es el tipo correcto de asceta?
Y es que el ascetismo que se opone al de los antifilósofos, nuestro ascetismo, es diferente. Nosotros no adelgazamos rumiando arroz integral ni sopa para perros, ni nos envenenamos el alma con la música de oriente, ni nos enfundamos en aquel lino exótico perfumado por el aire bucólico de Alejandría. Nosotros, por el contrario, somos los ascetas de la vitalidad; huimos del mundo pero de forma espiritual, no para olvidarnos de la tierra, sino para vomitar sobre ella y transformarla en fango. Seremos los soberbios taladros que destrozarán los clavos que yacen en las recias tapias de la vida, y que sabrán algún día transformarse en martillos. Sin embargo ¿Cómo lo hacemos?
Moral para ascetas
Ante todo superioridad. Esa idiotez típica del capitalismo más infame y desquiciado, que ora: “la democracia atesora toda concepción de mundo al interior de un universo de fraternidad sin límites” yo contesto: “la democracia atesora la concepción de mundo de los poderosos al interior de una porqueriza cuyo egoísmo es inmisericorde”.
Un asceta no sólo come carne, sino que además devora a su contrincante. Nuestro asceta, si huye del abismo –que para nosotros es la vida misma- precisa retornar al origen, a los cimientos de su tragedia, al tiempo del espacio en el que aún los sueños no despertaban al mundo. Así me dijo una vez Marx: “un hombre no puede volver a ser un niño, o se vuelve infantil. Pero ¿No disfruta de la ingenuidad del niño, y no debe empeñarse en reproducir la verdad del niño a un nivel más elevado? ¿No vive, en la naturaleza infantil, al auténtico carácter de cada época, en su verdad natural? ¿Por qué no debería ejercer un eterno encanto la infancia histórica de la humanidad, allí donde aparece desarrollada del modo más bello, como un estadio que nunca ha de volver?”
El ascetismo de nosotros, los amantes de la ideología y la belleza, debe pronunciarse a toda costa: debe transformarse en la piedra en el zapato de los amos y ha de transformar de forma radical la única política de una suprahumanidad. Se nos exigen todavía cuotas de “objetividad” ¿Qué podemos pensar de esos patetas?
Nada en concreto, salvo la horrible ingenuidad en la que se encuentran sumergidos.
Este será el comienzo de un largo encuentro epistolario entre ustedes y yo…
