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Agosto 18, 2026

Nuestra vida, una tragedia.

La mercantilización de la cultura, fenómeno que Adorno y Marcuse denunciaron en su tiempo, sin duda –y por fortuna- ya no existe. Lo que antaño era la critica para “la utilización de Bach como música de fondo en la cocina”, hoy ha devenido en “la vida de famosillos sin cultura que acaparan la atención de las bestias”, perdón, “audiencias” ¡Gran transmutación!

Los neorelativistas, manada populachera obtusa de la peor índole, constantemente defienden el goce estético de las masas, argumentando que se trata sin duda de un “gusto particular”, y dado que todos quienes decidimos firmar el contrato social debemos lidiar con la porquería –eso es democracia Aristóteles- hay que ocultar la cabeza bajo la tierra y soportar el pisoteo inmisericorde de nuestra noble estirpe. Nada más ni nada menos.

Frente a la pregunta que interroga por el origen hoy respondemos: dios, la evolución o la televisión. Cualquiera de los componentes de esa triada funciona en igual grado, todo sea por satisfacer el espíritu particular. Sin embargo los amos de la estructura social piensan en la plusvalía y es ese en realidad el origen; es el umbral de la vida.

Y dado que a nuestro génesis subyace a priori una realidad monetaria, todo lo creado por los humanos de este siglo mío gira en torno al “supremo ente” que comprendemos gracias a la maravillosa palabra dinero. El dinero es el fin, y nosotros el medio. Lo nuclear se vuelve hostil al instinto, por eso olvidamos que somos humanos y nos volvemos presa fácil de la ametralladora del capital. Nuestro arte aniquiló el espíritu de su mismo origen, borrando los frutos de esfuerzos pasados, cuyos nombres se oyen lejanos: Mozart, Göthe, Marx y Renoir.

Por supuesto que en Chile nunca existió un Mozart, un Göthe o un Marx. Apenas hubo dos o tres aprendices y media docena de vacas ociosas que se nos metieron por la nariz hasta ensuciar la conciencia perruna. Dios ni siquiera se presentó alguna vez por estos lados: si acaso vivieron veinte hechiceros y ninfas obesas con olor a cirio, ese fue el azar, el acaso, de cualquier manera “la fortuna”. Pues –y así lo veo- con tanta carencia de buenos ejemplos y pasado glorioso ¡Cómo no íbamos nosotros a crear nuestros propios ídolos de papel de diario humedecido! (Aún somos un país miserable, por mucho que ahora exista mortadela lisa en las mesas de todos los arrabales: sólo Estados Unidos construye ídolos de cartón piedra)

Allí en la televisión, en la prensa oligárquica, en las emperifolladas galerías de feas artes santiaguinas, reposa nuestra cultura, el espíritu de nuestra nación. Si la Tonta Tomeasí o el Filipino Caminaycaga se relacionan en el plano sexual, fecal o frutal, eso significa noticia al instante. Las viejas  ociosas de la casa, desde las que utilizan marroquinería Lucho Valenzuela hasta las miserables que de pobres que son ya no tienen ni hambre, se pelean esa filosofía de la escuela W.C., esa biografía interesantísima que refresca el Logos, para darle sin duda algo de sentido a su pueril concepción de la vida.

Nuestra cultura televisiva sin duda recurre a la morbosidad para exhibirse, de eso ni siquiera debemos dudar. Próximos a celebrar la colecta anual de la Teletón –institución que exhibe cual orla de bufones a cientos de desafortunados e inocentes niños- nuestras estrellas locales tendrán el escenario ideal para mostrarse frente a su audiencia. El pobre diablo que redacta estas líneas, ha debido soportar durante años y en todas partes, a cientos de mediocres espectadores declarando un amor incondicional por las luciérnagas televisivas, manifestando lo mucho que admiran a “don Francisco, la Vivi, el Rafa y la Prostituta” (este último término encierra a todos los que restan del montón luego de nombrar a los principales sofistas)

Los antifilósofos del gobierno, como siempre, cierran los ojos frente a la catástrofe. Como no les interesa la supina condición intelectual de sus vasallos, sencillamente se van de viaje a algún país puesto en “la agenda”, o bien tienen el descaro de jugar a la pelota v/s luciérnagas de la TV. Yo apostaría a que ni siquiera ven la programación –supongo que con tanto sobresueldo les alcanzará para el TV cable- sin embargo, como deben contentar a su pueblo, prefieren reducirse a monigotes bestiales que a quedar como pijes arrogantes frente a la señora juanita y a don rorrito.

Los que miramos desde el balcón nada podemos hacer sino criticar esa barbarie. Por supuesto, se nos exigen argumentos sólidos o bien “tolerancia”, porque sin duda algo importante debe haber hecho la Bolocco ya que de otro modo ¿Cómo ha podido ser famosa hasta el día de hoy? Y claro, si de mantenerse en pantalla de trata, el exhibicionismo y la estulticia mental son los aliados predilectos, y que se vuelven la comidilla favorita de una gentuza que apenas sabe cumplir a la perfección las labores básicas de toda ciencia escatológica, pero que conocen de memoria cuántas encatradas “llevó a cabo” tal y cual luciérnaga de la televisión.

Nuestra cultura al fin y al cabo es esa. Traicionando al instinto, a la brutalidad, a la mismísima pasión, nos convertimos en esclavos indirectos de los genios que imaginaron la poderosa arma moral TV. Nuestro comportamiento a menudo se vuelve mimético al de esa orla de payasos, al punto de revivir todas las bajas pasiones, las filosofías del pasado que envueltas en falsa espiritualidad y armonía intelectual, se imparten en cualquier gimnasio nacional -¿Hace falta mencionar el Yoga?-. Y todavía se nos exige a nosotros los críticos algún aporte; “A ver –se nos reta- ¿qué diantre proponen?”.

Propongo que juntemos todo el dinero posible y nos vayamos del país. Rompamos las alcancías, realicemos estrictas dietas alimenticias, alquilemos el departamentucho más sórdido para comprar un ticket aéreo al lugar más lejano, al sitio desconocido donde ningún ruido rompa el silencio y donde podamos construir belleza y solaz al margen de toda la tragedia.