Esta semana partió muy bien para la cultura. El anuncio de un aumento superior al 30 por ciento en el presupuesto del próximo año es más que una buena noticia, cuando la proyección del sector público es de sólo un 11 por ciento, en tanto la cultura lo triplica. La voluntad política que está detrás de esta decisión se aplaude ya que es hora que el dinero que todos, pero más que nadie los más pobres de este país que pagan el 19 por ciento de todo su consumo reciban algo a cambio.
También es momento de que las enormes ganancias que ha recibido el Estado por parte de la “viga maestra de la economía” se conviertan en una realidad patente, en ese “sueldo de Chile” que puede corregir las enormes inequidades que produce el modelo neoliberal imperante. No estamos acostumbrados a pensar, como sí lo hacen habitualmente los estadounidenses, que las inversiones que realiza el gobierno en diferentes áreas es en gran parte el esfuerzo de nosotros mismos. Pero insisto, más que nadie, de toda esa población que silenciosamente paga sus impuestos y no de aquellos que con ostentación y pillería burlan las políticas impositivas a través de múltiples sociedades anónimas y otros artilugios.
Nos sabemos un país pobre aunque los edificios espejados quieran proyectar una capital con carreteras subterráneas. Nos hacemos parte de un silencio cómplice que nos obliga a otorgar todos esos comentarios que salen de boca del extranjero quien ve que a este lado de Los Andes, que las instituciones funcionan” no a un ritmo tropical como se esmeran en destacar, sino que con una melodía de clara inspiración estadounidense. No saben, que acá en Chile, en ese Chile más allá de los asfaltados existen aún esas mujeres que como bien lo decía la poeta Delia Domínguez, son “mujeres sin música de fondo”, que están al pie de la alteza lavando la ropa de los niños que deben caminar o remar enormes distancias para llegar a sus escuelas.
La esperanza es que parte de esos 42 mil millones de pesos que el gobierno le ha asignado al Consejo Nacional de la Cultura y de las Artes o de esos 26 mil millones concedidos a la Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos lleguen a esos chilenos que no saben de saltimbanquis ni de lluvias de papel picado al ritmo de la batucada de turno. Esa biblioteca viajera en que se convertirá el “maletín literario” es parte de ese sueño por ser una nación que acoge a sus hijos y los invita a ser parte de una convivencia nacional que no se reduce al chisme televisivo.
Desde la oposición ya hay voces de alerta en cuanto a la escasa definición de algunas partidas del presupuesto para cultura, en el temor de que terminen en los bolsillos de algunos funcionarios gubernamentales. La tarea de ellos es justamente esa, observar, fiscalizar, hacer ojalá un gobierno “a la sombra” que provea además de ideas y soluciones novedosas.
La gran tarea, sin embargo, la tienen en sus manos la ministra de cultura, Paulina Urrutia y la directora de la Dibam , Nivia Palma. El desafío de ambas es transparentar, diremos las inversiones y no los gastos en cultura, como también ser lo suficientemente creativas para no convertir todo en una fiesta. El ánimo festivo debe estar presente pero de ahí a que toda manifestación cultural sea desfile y bullanguería, hay mucha distancia.
El Bicentenario se ha convertido en la gran oportunidad para hacer grandes obras que perduren en el tiempo de modo que puedan ser legadas a las futuras generaciones. La oportunidad está, el dinero también.
Nos sabemos un país pobre aunque los edificios espejados quieran proyectar una capital con carreteras subterráneas. Nos hacemos parte de un silencio cómplice que nos obliga a otorgar todos esos comentarios que salen de boca del extranjero quien ve que a este lado de Los Andes, que las instituciones funcionan” no a un ritmo tropical como se esmeran en destacar, sino que con una melodía de clara inspiración estadounidense. No saben, que acá en Chile, en ese Chile más allá de los asfaltados existen aún esas mujeres que como bien lo decía la poeta Delia Domínguez, son “mujeres sin música de fondo”, que están al pie de la alteza lavando la ropa de los niños que deben caminar o remar enormes distancias para llegar a sus escuelas.
La esperanza es que parte de esos 42 mil millones de pesos que el gobierno le ha asignado al Consejo Nacional de la Cultura y de las Artes o de esos 26 mil millones concedidos a la Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos lleguen a esos chilenos que no saben de saltimbanquis ni de lluvias de papel picado al ritmo de la batucada de turno. Esa biblioteca viajera en que se convertirá el “maletín literario” es parte de ese sueño por ser una nación que acoge a sus hijos y los invita a ser parte de una convivencia nacional que no se reduce al chisme televisivo.
Desde la oposición ya hay voces de alerta en cuanto a la escasa definición de algunas partidas del presupuesto para cultura, en el temor de que terminen en los bolsillos de algunos funcionarios gubernamentales. La tarea de ellos es justamente esa, observar, fiscalizar, hacer ojalá un gobierno “a la sombra” que provea además de ideas y soluciones novedosas.
La gran tarea, sin embargo, la tienen en sus manos la ministra de cultura, Paulina Urrutia y la directora de la Dibam , Nivia Palma. El desafío de ambas es transparentar, diremos las inversiones y no los gastos en cultura, como también ser lo suficientemente creativas para no convertir todo en una fiesta. El ánimo festivo debe estar presente pero de ahí a que toda manifestación cultural sea desfile y bullanguería, hay mucha distancia.
El Bicentenario se ha convertido en la gran oportunidad para hacer grandes obras que perduren en el tiempo de modo que puedan ser legadas a las futuras generaciones. La oportunidad está, el dinero también.
