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Agosto 18, 2026

La verdad inmoral de periodistas

El más trivial de los lugares comunes en nuestro tiempo es la “cesantía de los periodistas”. Tantas veces me lo han dicho –incluso me salió la frasesucha aquella mientras tomaba una sopita de letras para calentar los pies- que estuve a punto de creerla. Claro ¡como no han de estar cesantes! Ya casi me siento idiota al repetir el argumentillo con tufo a resentimiento que ora respecto a “el Mercurio y Copesa tienen el monopolio y contratan sólo a culitos sonrosados hijos de papá con master en recreología”. Ulalá

Uno ve al licenciado en Incomunicación Antisocial –periodista- trabajando en cualquier cosa después de la Universidad: ofertando mariscos surtidos en la Vega Monumental y así mantener a la prole, vendiendo semen congelado para que las lesbianas de Noruega o Luxemburgo puedan traer crías al mundo sin necesidad de ser penetradas, o bien calumniando y antifilosofando en platós de TV respecto a la vida y obra del impredecible mundillo farandulero nacional –compuesto nada elegante y soez de gentecita que escinde un dualismo bastante antikantiano: prostitutas y juglares-. Sin embargo no hay trabajo porque hay pocos medios y demasiados periodistas recién salidos del horno y tontos por añadidura. Ulalá…

Lo de los monopolios lo sabe hasta la señora Juanita. Lo que no concibo es para qué se mete tanto vulgo a estudiar “Periodismo” ¿Para qué? ¿Por qué? Nadie lo entiende. He visto a universitarios que pretenden convertirse en “soldados del cuarto poder” (o más bien “mesnada del cuarto de baño”) y en realidad su síntesis es tan bufa, grotesca, ridícula y unidimensional, que deberían considerar la idea de interrumpir los estudios y cambiarse a Borracheralogía, Estupidología o Hueveología, carreras que incluso ofrecen la oportunidad de continuar el doctorado en la maravillosa cátedra impartida por el pensador Quique Morandé y Cía. Y lo único que deben pagar es la cuenta de electricidad y la cerveza de rigor. ¿Para qué más?

El gran problema que detecto en los periodistas –cesantes y con cuenta corriente- es la estupidez, la imbecilidad y la torpeza. Como filosofar les interesa poco, lo que menos les preocupa es buscar la verdad y todavía tienen el tupé de decir que esa es su labor ¡Qué inmodestia! Sin duda el periodista confunde los términos y basa su escudriñar por lo verdadero en recoger hasta el último dato posible y ensartarlo sin más dentro de esa orla de porquería que llaman “noticia”. Entienden que han hecho bien su labor, al describir hasta el olor de la caca de fulano y zutano, cómo y “por qué” -¿teleología?- el ministro tal o cual firmó con la mano izquierda o derecha, o describir hasta el cansancio, basados en la “pirámide invertida”, cuánta sal y azúcar están dispuestos los chilenos a consumir durante semana santa.  ¡Merde!

La verdad se construye y se interpreta. Hegel decía “el  pensamiento es concreto, y lo concreto es verdad, y ésta es producida solamente por el pensar”. Y allí detectamos el primer gran dilema ¿Los periodistas piensan? ¡Por ningún motivo! Pensar es razonar, discurrir, indagar, meditar. Los periodistas en cambio, se pelean cual bestias en la arena de la vileza y la mediocridad, el grado más alto de mala conciencia; el fruto de su trabajo es mera descripción ligera, amalgama de moral de peleles, pueril conjunción de moralejas ridículas cuyo uso es lectura inmunda, con olor a heces (el único lugar donde el periodismo se disfruta “a concho” es en el baño).

Y sin embargo se “quejan” de la cesantía.

Los relativismos para mí son la moral del diablo. Acá el único periodismo que sirve es el incendiario, ese trozo de papel que no deja indiferente ni al más circunspecto, esa noticia que hiere y hace trizas, que critica desde el corazón y el instinto para construir verdadera verdad. Sólo la izquierda culta ofrece esta oportunidad, sin embargo vemos que día a día Medios respetables cuyo eje central alguna vez fuera el pensamiento del gran Marx, hoy son el sostén para que cualquier migaja del neoliberalismo se apodere de planas enteras con publicidad y propaganda. ¡Merde!

Lo más vomitivo de todo, es la pleitesía que se rinde a los macilentos periodistas de última moda, que por leer Wikipedia y preguntar tonterías a cuanto insignificante agarre tribuna en televisión –políticos, saltimbanquis, federicos e isidoras- se convierten en los “niños terribles del periodismo” -lo de terrible me lo trago, porque sin lugar a dudas me asustan muchísimo más que una estampa de Eduardo Frei Ruiz-Tagle-. He visto a mucho periodista joven, un poco mayores que yo, hablar desde una óptica “posmoderna”, como voceros de una nueva “escuela crítica televisiva”, que gustan de vestir bien, escuchar música “alternativa” capitalista of course internacional y nacional –se creen melómanos por escuchar a Björk y a P.J. Harvey; Kodaly y Hindemith les suena a jerigonza-, y se vanaglorian de “no saber hablar” porque sencillamente espetan sus ridículos discursos “académicos” a los cuatro vientos, sin tener una pequeña cuota de misericordia con nosotros, los que odiamos el berreo insistente de esos castrati de paseo Ahumada.

El periodismo hoy en día se reduce a la estulticia intelectual y nada más. Ese describir y averiguar es un proceso insignificante que cualquiera puede llevar a cabo, incluso los mediocres que estudian en esas universidades privadas donde les permiten revisar el Fotolog y el Messenger en pleno examen. Y el periodismo no es eso: es la búsqueda de la verdad, por supuesto, pero aquel escudriñar es un proceso largo y místico, donde nuestras pasiones, ideas y meditaciones se transforman en la base de todo acontecer, en la síntesis divina y originalmente inteligente que permite construir una realidad verdadera, en oposición al espectáculo mercantilista que los dueños del poder ofrecen a las camadas de periodistas recién salidas del horno.

Nadie tiene por qué cambiar el disco duro de la cabecita de los imbéciles. Quien se come sus heces, aleluya. Sin embargo nosotros abogamos por una nueva moral para periodistas que no se transforme en síntesis sino en antítesis. Quien vive pegado a la estructura, obedeciendo, siempre observando desde el balcón, por supuesto que fallecerá. Quien ha venido a este mundo a pensar y meditar, a razonar y por sobre todo, a filosofar, precisa revelar su instinto y de una vez por todas transformarse en martillo para aplastar los ya oxidados clavos. Es una lucha ardua, es cierto, y que no vendrá acompañada de plusvalía ni rubicundas prostitutas con las cuales acostarse y engendrar rubiecitos niños que mejorarán la raza. Todo esto es verdad, tangible. Sin embargo nuestro egoísmo intrínseco se transformará pronto en la bala que atravesará el pecho de los que ahora son ídolos, y en unos años más de este tiempo aún moderno y cosificado, tendremos la satisfacción y la dicha de ser los únicos seres pensantes que habitarán la tierra, porque nuestras posesiones –como siempre digo- serán únicamente el arcabuz de la razón y el escudo del pensamiento.

anibal.venegas@gmail.com