La izquierda, por lo general –y esto acusa una deplorable interpretación de la teoría adorniana y marcuseana- tacha de “elitista” y “excluyente” a la música docta europea, tratándola casi como si ésta fuese un epítome de la estructura social burguesa. Empero, rinden justo tributo y pleitesía a todos esos palurdos sin otro talento más que llenar las alcancías de las transnacionales discográficas, cuyo sentido y espíritu musical se basa en la misma teoría: “componer” canciones de 2 o 3 minutos con letras simples que sean fáciles de tararear, con un guitarreo sostenido y mediocre, y para reafirmar aún más el proyecto masivo y capitalista, utilizar generalmente el estadio o cualquier otro espacio abierto para estrenar en vivo una música que nunca es igual a la aparecida en el disco original.
Ese capitalismo musical, cuyo eje central proviene de Europa y por supuesto -¡Cómo no!- de Estados Unidos, es la comidilla populachera por excelencia. Los medios de comunicación elevan a categoría de “artistas” a agrupaciones masivas como “The Beatles”, “Metallica” o “Nirvana”, por el sólo hecho de espetar narraciones melancólicas respecto a amores idos, fraternidad, “paz” y “libertad” (Patti Smith). Sin embargo, quizá el único concepto que subyace a priori en esas bandas de “artistas”, es la plusvalía económica, fin último de todo ser capitalista: firman contratos millonarios, adquieren mansiones enormes en el Kensington de Londres, el Soho o East Village de NYC o sencillamente, nada más que por capricho además, se van de ermitaños al Tibet o Mato Grosso.
Para Mozart, lo más importante en una composición era la música. Aún cuando Lorenzo de Ponte creó textos famosísimos como el de Cosi fan Tutte K.V. 588, la música era lo cardinal, el universo donde reposaba el verbo y por lo tanto el Logos. Empero –y hay quienes dicen que Aristóteles is old fashioned– la estructura formal de la nueva música posmoderna, funciona de acuerdo al texto construido, donde se yuxtapone sin circunspección la idiotez con el instinto violento y sexual (basta recordar el contenido de canciones de The Beatles como “she’s got a ticket to ride”; P.J. Harvey “Speak to me, of heroin and speed, of genocide and suicide, of syphilis and greed”; ó a Britney Spears “all you people look at me like I’m a little girl, well did you ever think it’ll be okay for me to step into the club”). Los exegetas de esta hecatombe intelectual, por supuesto, alegan que se trata de “cultura popular”, a saber, lo emanado a partir del espíritu de la plebe que “al fin” ha logrado deshacerse de las ataduras elitistas de las clases dominantes.
Siempre hay buenas intenciones: la música ha sido un elemento cardinal de la protesta en la izquierda moderna, donde diversas agrupaciones armados de guitarra y “arias”, ensalzan el discurso político “marxista” con melodías llenas de buenas intenciones. Quizá la única gran artista musical que ha dado Chile sea Violeta Parra: su espíritu, su arte que “emana de la tierra para elevarse a las alturas”, sin duda fue de los grandes. Si Parra hubiese nacido en Francia y no en Chile, tal vez hoy sería recordada como un Kodaly o un Bartók.
El resto es nada más que bazofiecilla vulgar. Empero, diversas ramas del periodismo “serio” e “instruido”, dedican una gran cantidad de atención al análisis de estas obras, cuyo sentido es “llegar al público”, ¿Cómo se lleva a cabo esto? A través de la venta, es decir, a través de la fetichización de la obra de arte “convertida en mercancía”, como pensaba Adorno.
Se trata sin lugar a dudas, de una de las mayores contradicciones de la izquierda actual. Todavía recuerdo a esas penosas agrupaciones musicales que acompañaron a Michelle Bachelet en su recorrido a lo largo de Chile, a propósito de su candidatura presidencial: Cantaban, berreaban, bufaban, sudaban. La chocarrería era tan exuberante, que el vulgo se identificaba ipso facto con el contenido “artístico” de tan alegre perraje, al punto de ceder el voto en las urnas a fines de 2005 (Ni la condescendencia lavinesca con los travestis santiaguinos caló tan hondo en la mala conciencia chilena)
Lo peor de esta música “alternativa” –es decir, con vocalistas que desnudan su oscura espiritualidad a la usanza de un Rimbaud o un Bellini- es su inmanente vacío estético-intelectual; por mucho que los grupetes hiphoperos, punks, o cualquier muestra de esa idiotez, traten al interior de su “arte” las problemáticas sociales importantes, siempre está lo absurdo, lo capitalista y lo masivo tras ellos, alienando el goce estético de las audiencias tontas y poco instruidas a través de códigos y medios de comunicación –Vía X o Rollingstone- que por nada del mundo se interesan por la música, por el contrario; huyen de ella.
Por supuesto que el teatro en Chile es un recinto caro reservado para audiencias aristocráticas y de apellidos vascos impronunciables. Además, hoy en día se vende a Brahms, Mozart y Beethoven hasta en los supermercados, al precio de un cepillo de dientes o un desodorante ambiental. Sin embargo, el mundo capitalista es más atractivo, fosforescente, luminoso, cautivador y posmoderno, y toda su inventiva comercial –musical y televisiva, es decir, antifilosófica- envuelve de forma tal el espíritu humano, que ya no queda mundo posible para esto hombre unidimensional.
Y la izquierda, con sus numerosos errores, comete otro fundamental: cede espacio a la degeneración del arte, que en la música por ningún motivo es vanguardia, sino por el contrario, reafirmación de un proyecto económico neoliberal. Y por supuesto, como decía Lukács, la música se corresponde con un periodo social determinado. Nuestro tiempo es el de la pérdida de la conciencia –por mucho que Habermas piense que “el paradigma de la filosofía de la conciencia esté agotado”- donde la cosificación es la reafirmación de la idiotez. Los mismos que arrojan piedras a las micros, es decir, populacho que desquita su ira con entes inanimados, son los que se embelesan escuchando esa porquería comercial. Izquierda, izquierda, vuelve a tus orígenes: que se abra el portal de la razón con la llave del pensamiento, y que nuestros oídos se deleiten con Die Entfuehrung aus dem Serail K.V. 384.
