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Agosto 18, 2026

Fidel no se ha ido

La primera vez que oí la palabra “imbunche” fue de la boca de Fidel Sepúlveda. Quizás producto de la inspiración y solemnidad con la que dictaba sus clases, creí al comienzo que se trataba de un personaje de su prolífico imaginario. A poco andar, me di cuenta que el “imbunche” pertenece a una de las más singulares creaciones de la mitología indígena patagónica.

Nunca olvidaré la descripción de ese horrible monstruo que cuidaba la cueva, todo tullido, con su pierna derecha quebrada y pegada a la espalda para imposibilitar su huida, con todos sus orificios tapados, contrahecho, desnutrido…De esta visión horripilante nos sacó luego el mismo Fidel Sepúlveda con la descripción de Jauja, ese lugar mítico enclavado en la Cordillera , donde no se pasa frío ni calor, donde la alegría reina en el disfrute de la chicha o el vino que corre por las calles y el hambre no es problema cuando los mismos cerdos se pasean tranquilos con un cuchillo sobre el lomo para ir sacando pequeños y deliciosos trozos de su carne sin que esto les cause daño.

Doctor en Filología Hispánica de la Universidad Complutense de Madrid, director del Instituto de Estética de la Universidad Católica durante 17 años y de la revista Aisthesis por más de dos décadas, miembro de número de la Academia Chilena de la Lengua , Fidel Sepúlveda fue un encantador, ya que el ardor con que narraba sus investigaciones lo desbordaba de tal manera que  lograba apasionar a sus auditores. Se ama lo que se conoce y por eso es que Fidel Sepúlveda amaba su chilenidad, anclada no en estereotipos ni chauvinismos, sino que en el estudio de nuestras creencias, ritos y costumbres. Su enorme aporte quedó patente en más de una veintena de libros donde hizo gala de su fina reflexión y análisis estético-antropológico. Un legado que aún nos depara más sorpresas con la próxima publicación de dos obras que dejó terminadas, una de poesía y otra de cuento tradicional. Además de todo el material que su entusiasta familia sigue recopilando y que están dando forma en tres trabajos más.

Dicen que su Cobquecura natal es más linda desde hace un año cuando, rodeado de guitarrones, flores, décimas, autosacramentales y todo un pueblo que reconocía en él a un hijo dilecto, lo recibió para que descansara para siempre.

“La muerte no es un foso, en el que tú te caes a la nada. El muerto está vivo y  está sabiendo lo que está pasando”, decía. Por eso es que Fidel Sepúlveda sabe que cuando se cumple un año de su muerte, no hay pena ni lloronas, sino que fiesta y alegría, como si fuera un “ritual del angelito”, ese que él mismo explicaba de la siguiente manera: “Hay una prohibición de llorar. Sólo la madre tiene permiso. Se dice que si tú lloras al angelito, con tu llanto le mojas las alas, y por lo tanto no puede volar y subir al cielo. Llorar aquí es contradictorio porque es una muerte con signo positivo, ya que el niño no ha pecado, no tiene culpa, por lo tanto no puede ir al infierno ni al purgatorio, se va derecho al cielo, a la felicidad eterna. La muerte lo libera para siempre del calvario de la vida. Por lo tanto, hay motivo para celebrar, porque este muerto, que es miembro de la familia y de la comunidad ha logrado lo que nadie tiene seguro, y además es un intercesor, que estando en el cielo va a velar por su familia y su comunidad. Por eso se le canta, se le baila, se le festeja. Se le viste con todo el atuendo de un ángel, de blanco, se le ponen alitas, se le pintan los labios y las mejillas con carmín para que parezca vivo, los ojos se le abren con palitos de fósforos y se lo sienta en un tronito, desde el cual, él preside la fiesta”.

Fidel Sepúlveda es una figura tutelar de nuestro patrimonio y el reconocimiento que le hace la Dibam con la creación de un premio que lleva su nombre es una manera elocuente de recordarnos que Fidel no se ha ido y que sabe lo que está pasando.