Este año, también nosotros lo supimos; y por primera vez, caminamos sobre Simón Bolívar sabiendo que llegaríamos al lugar del horror.
Simón Bolívar 8.800. Solo una reja negra, un gran pasaje y cómodas casas en condominio que nada delatan de su pasado: una parcela precordillerana, en la que se perfeccionaron las más tormentosas técnicas de aniquilamiento. El pacto de silencio fue casi perfecto: nadie sobrevivió para contarlo, y el lugar fue desmantelado sin dejar vestigios ni señales que pudieran delatarlo.
Pero este martes 11 de septiembre, cerca de las 7 de la tarde, los vecinos de La Reina nos reunimos por primera vez en el lugar exacto, donde tantos habían muerto y encendimos una de las mismas velas que quizás, año a año llevábamos a Villa Grimaldi o al Estadio Nacional.
No fue necesario “interrumpir” el agradable atardecer de los habitantes de La Reina Alta. La reja del condominio se abrió y sobrecogidos, un grupo de vecinos encendieron las primeras velas, como dando la señal y reconociendo quizás con dolor, que vivían sobre una tierra manchada de sangre. Así nos fuimos acercando y en un silencioso ritual, cada uno fue prendiendo su vela.
No hubo libretos. Espontáneas frases invitaban a la acción: “hagamos un círculo”. Y entonces todos, en silencio, rodeamos algunas velas y comenzamos a escuchar el relato de quienes viven ahí hace ya algunos años de inocente ignorancia.
Sonia fue una de las primeras que poblaron las preciosas casas del condominio. La ilusión de aquellos años por establecer su nuevo hogar, casi dos décadas más tarde estaba siendo empañada por una verdad que calaba profundo en su historia política de militancia comunista.
Supimos después que en las 12 casas que hoy se distribuyen en la ex parcela, conviven hijos de presos políticos y ex militares. Todos, quizás sorprendidos -por una u otra razón– con el oscuro pasado del lugar que hoy habitan con sus familias.
El testimonio de los vecinos dio paso a las improvisadas palabras de dirigentes vecinales y políticos que también reconocían en ese lugar un pedazo de su propia historia. Alguien, entonces invitó a tomarse de las manos y otra voz dejó escuchar el comienzo de La Cigarra: Tantas veces me mataron, tantas veces me morí, sin embargo estoy aquí, resucitando…
