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Agosto 18, 2026

Chile Imaginario

A lo largo de nuestra historia lo mejor que Chile le ha vendido al mundo es la imagen de lo que no somos. Por muchos años, nuestro país fue concebido como una de las naciones de mayor espíritu republicano y estabilidad institucional, aunque las conspiraciones militares nunca han cesado y los dictadores siempre entran y salen de La Moneda; ungidos, incluso, por el voto y el reconocimiento postrero o rastrero. Vendimos al mundo la Revolución en Libertad y el Socialismo con Empanadas y Vino Tinto, dos experiencias interesantes pero rotundamente fracasadas en sus objetivos y destino.

Hasta Pinochet ha quedado en la memoria universal de los grandes tiranos del siglo XX, no así los dictadores de Guatemala, Argentina, Paraguay y tantos otros que cometieron todavía más crímenes.

Presumimos ante el mundo de nuestro alto índice de escolaridad, mientras que la realidad interna nos indica que más del 50 por ciento de la población no entiende lo que lee, ante millones de latinoamericanos que son bilingües y una gran cantidad de países vecinos que invierten ingentes recursos en favor de la educación pública y todavía no se les ocurre ponerle un impuesto del 19 por ciento a la compra de libros y periódicos. La humanidad entera y muchas naciones más pobres que la nuestra dan saltos espectaculares en materia de salud y protección del medio ambiente, al tiempo que en Chile los pacientes se mueren en las salas de espera de los hospitales y a diario las grandes empresas cometen despropósitos gravísimos en contra de toda esta larga y frágil geografía. Se sabe, asimismo, que toda nuestra actual bonanza económica se explica casi únicamente en el espectacular precio del cobre, porque de verdad industrialmente ya no valemos nada y dependemos preocupantemente de la energía, la maquinaria, los medios de transporte, los electrodomésticos y hasta la ropa y zapatos del exterior. Lo mismo que ocurre con las armas, los fármacos y, obviamente, los textos de estudio.

Tuvimos, ciertamente, dos premios Nobel y una extraordinaria creadora como Violeta Parra. Nos enorgullecieron Claudio Arrau y otros intérpretes geniales, pero ya hace mucho rato que no descollan en el mundo artistas chilenos como ellos, salvo algunas figuras que se saben “vender” muy bien y son reconocidos más por sus compromisos políticos que por su talento. Mejor no extendernos en los magros resultados del deporte y los recursos que se les roban a aquellos atletas que pudieran darnos grandes satisfacciones si tuvieran estímulos, estadios y una política de estado que procurara, al menos, distraer la progresiva tendencia de nuestros jóvenes a la drogadicción y delincuencia.

Nos creemos una nación democrática, mientras la mitad de la población ni siquiera está inscrita en los registros electorales y la inmensa mayoría de los que cumplen 18 años no tienen el mínimo interés en ser ciudadanos. Nuestro Parlamento envejece con los mismos rostros y el espurio sistema binominal, mientras que los partidos renuncian a las ideologías y militantes. Vociferamos que en Chile “funcionan las instituciones”, pero la verdad es que las directrices gubernamentales son digitadas por el Ministro de Hacienda y los asesores presidenciales que hace tiempo suplantaron a los ministros de estado y subsecretarios. Es toda la autodenominada “clase política” la que vive en estado parasitario de los grupos fácticos que financian sus reelecciones, inspiran y le dan urgencia a las leyes.

Hablamos de nuestra pujanza empresarial, cuando las empresas más importantes del país pertenecen a consorcios extranjeros, mientras que los medios y pequeños emprendedores que sobreviven están hipotecados y reventados por la banca usurera y también foránea. En un país que se ufana de soberano, disputa con Perú por una línea imaginaria en el agua, se ilusiona con su proyección en la Antártica , pero en la práctica vende sus manantiales a las grandes pesqueras y eléctricas foráneas; así como sus yacimientos, bosques y hasta los hielos eternos de nuestra majestuosa Cordillera.

Constatamos ahora un nuevo lobby que políticos, empresarios y plumarios internacionales han iniciado en el extranjero para vender lo que han llamado el “modelo chileno”, oponiéndolo evidentemente a otras estrategias políticas del continente que crecen en adhesión popular, lo que inquietan al Gran Imperio y a sus operadores criollos. Un modelo, por cierto, basado en la desigualdad horrible entre la realidad del 20 y el otro 80 de los chilenos, bajo los dictados de una Carta Fundamental heredada de Pinochet y refrendada por el penúltimo Gobierno de una Concertación que hace rato anda a los arañazos. Sin diversidad informativa, sin organización social, pero siempre gallardos y soberbios en creernos el cuento de lo que no somos.