Presumimos ante el mundo de nuestro alto índice de escolaridad, mientras que la realidad interna nos indica que más del 50 por ciento de la población no entiende lo que lee, ante millones de latinoamericanos que son bilingües y una gran cantidad de países vecinos que invierten ingentes recursos en favor de la educación pública y todavía no se les ocurre ponerle un impuesto del 19 por ciento a la compra de libros y periódicos. La humanidad entera y muchas naciones más pobres que la nuestra dan saltos espectaculares en materia de salud y protección del medio ambiente, al tiempo que en Chile los pacientes se mueren en las salas de espera de los hospitales y a diario las grandes empresas cometen despropósitos gravísimos en contra de toda esta larga y frágil geografía. Se sabe, asimismo, que toda nuestra actual bonanza económica se explica casi únicamente en el espectacular precio del cobre, porque de verdad industrialmente ya no valemos nada y dependemos preocupantemente de la energía, la maquinaria, los medios de transporte, los electrodomésticos y hasta la ropa y zapatos del exterior. Lo mismo que ocurre con las armas, los fármacos y, obviamente, los textos de estudio.
Tuvimos, ciertamente, dos premios Nobel y una extraordinaria creadora como Violeta Parra. Nos enorgullecieron Claudio Arrau y otros intérpretes geniales, pero ya hace mucho rato que no descollan en el mundo artistas chilenos como ellos, salvo algunas figuras que se saben “vender” muy bien y son reconocidos más por sus compromisos políticos que por su talento. Mejor no extendernos en los magros resultados del deporte y los recursos que se les roban a aquellos atletas que pudieran darnos grandes satisfacciones si tuvieran estímulos, estadios y una política de estado que procurara, al menos, distraer la progresiva tendencia de nuestros jóvenes a la drogadicción y delincuencia.
Nos creemos una nación democrática, mientras la mitad de la población ni siquiera está inscrita en los registros electorales y la inmensa mayoría de los que cumplen 18 años no tienen el mínimo interés en ser ciudadanos. Nuestro Parlamento envejece con los mismos rostros y el espurio sistema binominal, mientras que los partidos renuncian a las ideologías y militantes. Vociferamos que en Chile “funcionan las instituciones”, pero la verdad es que las directrices gubernamentales son digitadas por el Ministro de Hacienda y los asesores presidenciales que hace tiempo suplantaron a los ministros de estado y subsecretarios. Es toda la autodenominada “clase política” la que vive en estado parasitario de los grupos fácticos que financian sus reelecciones, inspiran y le dan urgencia a las leyes.
Hablamos de nuestra pujanza empresarial, cuando las empresas más importantes del país pertenecen a consorcios extranjeros, mientras que los medios y pequeños emprendedores que sobreviven están hipotecados y reventados por la banca usurera y también foránea. En un país que se ufana de soberano, disputa con Perú por una línea imaginaria en el agua, se ilusiona con su proyección en la Antártica , pero en la práctica vende sus manantiales a las grandes pesqueras y eléctricas foráneas; así como sus yacimientos, bosques y hasta los hielos eternos de nuestra majestuosa Cordillera.
