Cada mes de septiembre -desde hace ya 34 años-, quienes vivimos lejos del territorio que aun es nacional nos reunimos para conmemorar la muerte de Salvador Allende y la de una cierta forma de democracia que estaba echando raíces en el campo de flores bordado antes de que la arrancasen como mala hierba. Servidor se avecindó en Francia a fines de 1975, en esa suerte de lotería involuntaria que desparramó los exiliados en el mundo según el único ordenamiento que podíamos reconocer como propio: el del tuntún.
Entregué mi solicitud de residencia en la Prefectura de Créteil a cambio de lo cual me dieron un “récépissé”, lo que castellano llamamos un resguardo, un recibo de depósito que prueba que iniciaste un trámite.
Mientras no te acuerden -o rehúsen- la residencia, el “récépissé” te sirve de documento de identidad. Era, y aun es, un modesto trozo de papel con tu foto encima, sin huellas dactilares: en los países democráticos no asumen que cada ciudadano es un delicuente potencial que hay que fichar apenas pisa el registro civil.
La sorpresa la recibí al dar vuelta el papelito y leer lo que allí estaba impreso. “Ud está bajo la protección de Francia en virtud de la Convención de Ginebra, decía, y en su calidad de refugiado político Ud. tiene todos los derechos de los ciudadanos franceses, salvo el derecho a voto. Mientras no perturbe la seguridad del Estado tiene el derecho de manifestar, y de participar libremente en reuniones políticas, sindicales o religiosas”.
¡Y vaya si ejercimos el derecho a manifestar y participar en reuniones políticas! Si no me crees no tienes más que preguntarle a los funcionarios de la embajada chilena que todavía se maman las manifestaciones de cientos y miles de compatriotas que llenan la plaza que está justo al frente y que hoy lleva el nombre de Salvador Allende.
Los derechos siempre van acompañados de deberes: uno de ellos me llevó a cumplir con mis deberes militares para con “la République” y de un paso ligero fui a apuntarme al Regimiento de Reuilly, en Vincennes, en donde el día 22 de noviembre de 1977 quedó registrada mi inscripción en las tropas de reserva.
Entre los derechos que pude ejercer estuvo el de estudiar en la enseñanza superior pública y gratuita gracias a la cual obtuve un diploma de ingeniero. Entre los deberes, el de pagar religiosamente los impuestos que contribuyen al financiamiento del estado de bienestar que atenúa las diferencias entre ricos y pobres.
Cada mes de septiembre -desde hace ya 34 años-, veo complacido las fotos que muestran que desde Sydney a Washington, pasando por París, Bruselas, Madrid, Caracas, Sao Paulo, Montréal, Estocolmo, y cientos de ciudades grandes y pequeñas del mundo entero, banderas tricolores desfilan en las manos de chilenos que tienen el inalienable derecho de manifestar porque viven en países democráticos.
Y me pregunto qué es lo que lleva a las autoridades de la copia feliz del edén a perpetuar las restricciones al derecho a manifestar de nuestros compatriotas que viven en el territorio que aun es nacional, con argumentos y chamullos propios de la dictadura.
Que una manifestación sindical termine con el asesinato de un trabajador no es propio de una democracia, cualquiera se pregunta lo que diría la opinion pública mundial si eso ocurriera en New York, en Berlín o en Madrid.
Que una manifestación sindical sea pretexto para agredir a un senador de la república, un elegido del pueblo, no es propio de una democracia, cualquiera se pregunta lo que diría la opinion pública mundial si eso ocurriese en Roma, en Copenhagen o en Brasilia.
Que se niegue o se restrinja el derecho a manifestar a los familiares de los detenidos desaparecidos no es propio de una democracia, cualquiera se pregunta lo que diría la opinion pública mundial si eso ocurriese en Buenos Aires, en Varsovia o en Budapest.
Pero esto no ocurre en los EEUU, ni en Alemania, ni en España, ni en Italia, ni en Dinamarca, ni en Brasil, ni en Argentina, ni en Polonia, ni en Hungría, países en los cuales los chilenos manifestamos libremente.
Esto ocurre en Chile, país que aun huele, que digo, ¡apesta!, a sórdida institucionalidad dictatorial.
Mientras no te acuerden -o rehúsen- la residencia, el “récépissé” te sirve de documento de identidad. Era, y aun es, un modesto trozo de papel con tu foto encima, sin huellas dactilares: en los países democráticos no asumen que cada ciudadano es un delicuente potencial que hay que fichar apenas pisa el registro civil.
La sorpresa la recibí al dar vuelta el papelito y leer lo que allí estaba impreso. “Ud está bajo la protección de Francia en virtud de la Convención de Ginebra, decía, y en su calidad de refugiado político Ud. tiene todos los derechos de los ciudadanos franceses, salvo el derecho a voto. Mientras no perturbe la seguridad del Estado tiene el derecho de manifestar, y de participar libremente en reuniones políticas, sindicales o religiosas”.
¡Y vaya si ejercimos el derecho a manifestar y participar en reuniones políticas! Si no me crees no tienes más que preguntarle a los funcionarios de la embajada chilena que todavía se maman las manifestaciones de cientos y miles de compatriotas que llenan la plaza que está justo al frente y que hoy lleva el nombre de Salvador Allende.
Los derechos siempre van acompañados de deberes: uno de ellos me llevó a cumplir con mis deberes militares para con “la République” y de un paso ligero fui a apuntarme al Regimiento de Reuilly, en Vincennes, en donde el día 22 de noviembre de 1977 quedó registrada mi inscripción en las tropas de reserva.
Entre los derechos que pude ejercer estuvo el de estudiar en la enseñanza superior pública y gratuita gracias a la cual obtuve un diploma de ingeniero. Entre los deberes, el de pagar religiosamente los impuestos que contribuyen al financiamiento del estado de bienestar que atenúa las diferencias entre ricos y pobres.
Cada mes de septiembre -desde hace ya 34 años-, veo complacido las fotos que muestran que desde Sydney a Washington, pasando por París, Bruselas, Madrid, Caracas, Sao Paulo, Montréal, Estocolmo, y cientos de ciudades grandes y pequeñas del mundo entero, banderas tricolores desfilan en las manos de chilenos que tienen el inalienable derecho de manifestar porque viven en países democráticos.
Y me pregunto qué es lo que lleva a las autoridades de la copia feliz del edén a perpetuar las restricciones al derecho a manifestar de nuestros compatriotas que viven en el territorio que aun es nacional, con argumentos y chamullos propios de la dictadura.
Que una manifestación sindical termine con el asesinato de un trabajador no es propio de una democracia, cualquiera se pregunta lo que diría la opinion pública mundial si eso ocurriera en New York, en Berlín o en Madrid.
Que una manifestación sindical sea pretexto para agredir a un senador de la república, un elegido del pueblo, no es propio de una democracia, cualquiera se pregunta lo que diría la opinion pública mundial si eso ocurriese en Roma, en Copenhagen o en Brasilia.
Que se niegue o se restrinja el derecho a manifestar a los familiares de los detenidos desaparecidos no es propio de una democracia, cualquiera se pregunta lo que diría la opinion pública mundial si eso ocurriese en Buenos Aires, en Varsovia o en Budapest.
Pero esto no ocurre en los EEUU, ni en Alemania, ni en España, ni en Italia, ni en Dinamarca, ni en Brasil, ni en Argentina, ni en Polonia, ni en Hungría, países en los cuales los chilenos manifestamos libremente.
Esto ocurre en Chile, país que aun huele, que digo, ¡apesta!, a sórdida institucionalidad dictatorial.
