Hoy constato que lo que ayer fue gratuito, hoy no lo es. Lo que eran derechos adquiridos, ahora hay que reconquistarlos cada día, en forma individual; rascándose con uñas propias, gastadas, doloridas. Entonces se trata de hacer crecer el concepto de la solidaridad como si fuera una utopía antigua, también gastada…pero sabiendo que se recibirá coces desde ángulos insospechados. Porque, por desgracia, vivimos entre personalismos, individualismos, competitividad, consumismo…Todo, transformado en cuestiones cotidianas que forman parte del paisaje social. Tenemos que tomar conciencia de que eso potencia vicios que estaban dormidos o abolidos por el hábito, por la costumbre, por la cultura de nuestro pueblo, como son la envidia, la trampa, la corrupción.
El dinero fácil, la pillería o el engaño permanente, no son elementos de nuestra cultura. La insolidaridad, tampoco. El concepto de que “pase lo que pase, pese a quien pese y pise a quien pise”, no puede seguir aplicándose como algo válido. Ni la palabra “lobby” debe seguir encubriendo lo que es en realidad el tráfico de influencias o la información privilegiada.
El “pituto” degrada la construcción de una estructura social decente. El amiguismo es un peldaño débil que termina por romper el edificio del Estado. La política, como actividad fundamental para los avances del sistema democrático, ha de ser limpia, sana, transparente. Con partidos políticos cupulares, manejados por “familias” y que crecen sólo cuando hay elecciones, nos estamos echando tierra en los propios ojos y mezclando arena sin cemento, para levantar las paredes de nuestro edificio republicano. En definitiva, estamos poniendo de pie a un gigante con pies de barro. Nos estamos autoengañando.
Es momento entonces de que matriculemos la honestidad en las aulas de nuestra vida cotidiana. Quien sabe si ha llegado la hora de que dejemos paso a las ideas jóvenes para que avancen en la transformación social con ética que necesitamos. O sea, que superen otros hombres lo que nosotros mismos ayudamos a estropear.
Tenemos que llevar la originalidad a las instituciones. Hacerlas fuertes, graníticas, decididamente transparentes. Dejarnos de malcopiar, basados en los “soplos interesados” que nos llegan desde otras latitudes y con las cuáles nos bombardean desde las pantallas de la comunicación.
Debemos (y podemos) conseguir derribar las diferencias entre hermanos; aplicar de verdad el concepto de equidad, conjugando el verbo con justicia. Transitar por las alamedas de la vida en el sentido que otros diseñaron hace ya muchos años, pero que nosotros desvirtuamos con mirada chata. Y modernizar aquellas ideas, adaptándolas al mundo nuevo.
En fin, creo que hemos llegado a un punto con un único retorno. En consecuencia, debemos (y podemos) alzar la mirada con futuro amplio, con esperanza generosa, con ilusión mayúscula para iniciar una andadura éticamente correcta, que nos conduzca al respeto humano, al crecimiento con equidad, al compartir con limpieza, al avanzar hombro con hombro para ser grandes en todo, en especial en espíritu.
¡Somos capaces de hacerlo!.
Iniciemos la tarea aplicándonos con humildad la autocrítica necesaria que sacuda todo lo malo que perdura, la influencia nefasta que nos invade. Tenemos historia suficiente para hacerlo; tenemos idiosincrasia original y creativa; tenemos la gente buena que está dispuesta para iniciar el nuevo camino. Mucha más gente que la que se piensa, aguarda la aparición de los mensajes nuevos, incólumes.
Construyamos entonces la voluntad política que sea capaz de darle una oportunidad a la ética.
