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Agosto 18, 2026

Es hora de que la CUT golpee la mesa

Central Única de Chile / maciza como el acero / que velas por las conquistas / del trabajador chileno; dice la cueca del desaparecido folklorista nacional, Héctor Pavez. Eran tiempos de crisis pero de entusiasmo, gran voluntad de lucha y capacidad de organización. Hoy día la CUT es un remedo inconsistente desde el punto de vista de su acción y su representación, de aquella histórica que contribuyó con su presencia a la democratización del Chile de los años setenta.

Fundación de la CUT


El desencanto generado en el país durante la administración de Carlos Ibáñez del Campo (1952-1958) contribuye en cierta medida a la unión de los sectores sindicales que habían visto disminuida su actividad en el marco de la ley permanente de defensa de la democracia. La Central Única de Trabajadores (CUT) es fundada el 12 de febrero de 1953, en el contexto del congreso de la unidad llevado a cabo en Santiago y convocado para unir a los diferentes sectores laborales en torno a sus demandas laborales.

Los primeros intentos unitarios datan sin embargo de principios de la década del cincuenta. Se suman así a la Junta Nacional de Empleados de Chile (JUNECH) creada en 1948, el Movimiento Unitario Nacional de Trabajadores (MUNT) y el Comité Relacionador de Unidad Sindical (CRUS).

En 1952 se forma la Comisión Nacional de Unidad Sindical (CNUS), con el apoyo de diferentes entidades gremiales, la que trabaja intensamente en la formación de la CUT. Esta se concreta con la participación de 2.355 delegados que representan a 952 organizaciones locales y nacionales. Su primera directiva es presidida por Clotario Blest, de tendencia “social cristiana revolucionaria”.

La CUT en su declaración de principios, cuestiona el régimen capitalista que divide a la sociedad en clases antagónicas, al fundarse en la propiedad privada de la tierra y de los instrumentos y medios de producción. Por lo mismo, debe ser reemplazado por otro, de tipo económico-social que termine con el derecho a la propiedad privada y establezca una sociedad sin clases, que asegure a cada uno de los chilenos y a la humanidad toda, su pleno desarrollo.

La organización declara que su acción se ejercerá conservando su plena independencia de los partidos políticos, para garantizar la cohesión orgánica pero que su lucha la efectuará dentro de los principios y métodos de la “lucha de clases”.

El objetivo de la agrupación es la organización de los trabajadores urbanos y rurales sin distinción de credo, nacionalidades, color, sexo o edad.
A pesar de que el gobierno de Ibáñez aprueba en un principio la creación de la CUT, ese mismo año reprime la primera huelga de campesinos ocurrida en las localidades de Molina y Lontué. Dos huelgas generales son convocadas en mayo de 1954 y julio de 1955 respectivamente. La primera, a propósito de la represión sufrida por el líder Clotario Blest.

La segunda, muy exitosa en participación, genera un proceso de sucesivos paros que involucran a trabajadores de la salud, portuarios, marítimos, ferroviarios, textiles, municipales y mineros. En 1956 se produce una declinación del movimiento sindical, al fracasar el llamado a huelga general del 9 de enero convocado en protesta por la legislación antinflacionaria de Ibáñez, cuyas consecuencias son la dispersión y desorganización de los grupos sindicales.

Un tiempo después Clotario Blest decide renunciar y explica en el seno del movimiento sindical sus motivaciones: “Quiero que la CUT se purifique en su propio seno por la reacción honrada y vigorosa de los trabajadores, y se limpie. No podría pretender yo destruir lo que tanto me ha costado y tanta falta hace a los obreros, campesinos y empleados”.

“Mi renuncia ha sido la culminación de graves divergencias con algunos compañe­ros del Consejo Directivo Nacional, principalmente aquella que se refiere a la posición que debe adoptar nuestra organización frente a la política econó­mica del actual gobierno, repudiada unánimemente por todos los trabajado­res del país”. Con estas palabras Clotario Blest denuncia y enfrenta uno de los tantos capítulos oscuros del sindicalismo chileno.

Mucho después se sabrá de la existencia de un pacto tácito que suscribieron el radica­lismo y la democracia cristiana con el binomio, comunista y socialista, para apartar a Clotario de la Central de Trabajadores. (Citado por el historiador Oscar Ortiz).

La CUT en la actualidad

Transcurridos los años, la CUT desempeñó un rol significativo como soporte social del gobierno del presidente Allende hasta el año 1973; luego fue desmantelada por la dictadura y sus dirigentes perseguidos y encarcelados.

Con el advenimiento de la democracia, el país dio cuenta de un movimiento sindical disminuido y desarticulado. De larga data ha sido su reconstrucción, sin embargo, después de diecisiete años de gobiernos democráticos, no se advierte una presencia significativa del mundo sindical en defensa de sus intereses.

La CUT ha sido testigo de como se fue instalando un modelo económico que niega el valor del trabajo humano, desvalorándolo en beneficio del capital como un absoluto, determinante del proceso productivo. Sin embargo, se ha mostrado incapaz de dinamizar una reacción consistente en la reposición de su voz como interlocutora valida, en el debate y en la acción, frente a los gremios empresariales y al gobierno.

Hay un conjunto de elementos que pueden caracterizar su debilidad como institución frente a sus antitesis, la falta de liderazgo y legitimación de sus dirigentes ante sus pares, los trabajadores. La débil y conciliadora legislación laboral vigente para facilitar el derecho de sindicalización. La perdida de conciencia de los trabajadores en sus espacios laborales para defender sus reivindicaciones. La escasa capacidad de convocatoria de la organización sindical para generar un movimiento destinado a revertir las injusticias sociales que se viven a diario en los centros neurálgicos de trabajo.

Sea cuales sean las razones, no podremos entrar en un nuevo escenario social, si la CUT no es capaz de mejorar sus condiciones como estructura, y las inequidades y explotación salarial, permanecerán incólumes como uno de los delitos permisivos, en un país donde el abuso y los atropellos laborales son frecuentes y carecen de sanciones, por la complicidad entre el poder económico y el poder político.

No es posible que sea la Iglesia Católica, quien adelantándose a todo juicio de los propios explotados, levante su voz para pedir un salario ético, argumento que activa después de muchos años a políticos y sindicalistas a compartir la propuesta; en una clara demostración de falta de criterio y sensibilidad frente a un tema de la mayor importancia, para avanzar un mínimo en la búsqueda de ciertos niveles de equidad.