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Agosto 18, 2026

De la ética, la estética, la hermenéutica, la semiótica y las cuáticas

Si no me traiciona la frágil y evanescente memoria fue el célebre Michel Audiard quién lanzó el acertado y cáustico aforismo que reza “No es porque no se tiene nada que decir que hay que cerrar el tarro”, afirmación de la cual nuestros parlamentarios – simples diputados o padres conscriptos, para no hablar de nuestros inverosímiles ministros -, suelen ser ejemplos que justifican y prueban más de lo que fuese imprescindible y necesario la indesmentible pertinencia.

Aquello que – si uno se decidiese a llamar las cosas por su nombre -, no pudiese recibir sino el apelativo de coprolalia compulsiva suele darse tanto más frecuentemente, y tanto más crudamente, cuanto que hace siglos que la vox populi perdió la fuerza que fue la suya hasta el concilio de Nicea.
 
A partir de allí, la docta opinión autorizada de quienes recibieron el don de la infalibilidad no ha hecho sino conquistar, lenta pero seguramente, todo el espacio reservado a la expresión pública de apreciaciones, pareceres, juicios y consideraciones.
 
De ahí que cuando un beocio, un aficionado, un debutante, un ciudadano de a pie, un “¿y qué te metes tú?”, un plebeyo, un no experto, osa expresar una inquietud o un parecer, el cacareo de los portadores de la docta opinión autorizada se oiga hasta en la Cochinchina.
 
Si no me crees mira lo que pasa con Monseñor Goïc quién, llevado por consideraciones muy propias de un hombre de fe algo inquieto por la suerte reservada en la tierra a la feligresía que dios espera en el cielo, se pregunta con el corazón en la mano “¿es posible vivir con un sueldo mínimo de $140.000?” y se raja con la proposición de un salario ético.
 
Desde luego no es la primera vez que un hombre de iglesia sale de la esfera espiritual para denunciar lo escandaloso de la distribución de la riqueza en la copia feliz del edén, lo novedoso, si hubiese que buscar y encontrar la novedad, es que año tras año, durante décadas de alegría que viene, de crecimiento con equidad, de chile somos todos así con minúscula como minúsculos son los salarios, el escándalo no cesa.
 
Lo cual no es estorbo, óbice u obstáculo para que Evelyn Matthei, acostumbrada a salirse de madre, levante los ojos al cielo y mande Monseñor Goïc de regreso a la esfera celestial prohibiéndole opinar sobre temas terrenales de los cuales, según Evelyn, Monseñor Goïc no tiene una bendita idea.
 
Ahora bien, al pronunciarse, Monseñor Goïc no se situó en el terreno de la economía, hubiese sido más fácil, estaba chupao, en economía cualquier papanatas puede decir cualquier imbecilidad y pasa por experto. No.
 
El prelado buscó la dificultad – no para él, sino para quienes manejan la manija -, y se situó en la esfera de la ética, esa parte de la filosofía que estudia la moral y las obligaciones del hombre, retomando el hilo conductor de los principios bíblicos que ordenan “Darás a quién precise, no pedirás a quién no tenga”, sabiendo que se puede y se debe pedirle más a quién más tiene precisamente porque muchos no tienen nada o tienen muy poco.
 
Y eso duele. Sobretodo a gente como Matthei, tan ocupada en defender y preservar la herencia de su propio guía espiritual – el malogrado capitán general -, al tiempo que posa de rana de agua bendita.
 
Por su parte el diputado Paya – honrando su patronímico, su función electiva y su adscripción partidaria -, también dijo huevadas entregando otra versión de la teoría que postula que son las políticas sociales las que crean la pobreza y los pobres.
 
Hablando de apostatas, tartufos y fariseos uno no puede sino leer con atención las recientes declaraciones de Carlos Altamirano quién pierde algunos minutos en ajustarle cuentas a los de su propio partido, apostatas, tartufos y fariseos digo.
 
En reciente entrevista el ex líder del PS reivindica como necesaria lo que llama la renovación socialista al tiempo que rechaza a los transeúntes que se pasaron del izquierdismo al neoliberalismo. “No condeno a nadie, dice Altamirano, pero a mí no me parece ni ético ni tampoco estético”.
 
Y ya estamos de nuevo en la ética, con el morbo agregado de la estética.
 
Los físicos y los matemáticos suelen decir que las soluciones aportadas a las numerosas interrogantes científicas que les ocupan son tanto más lúcidas y pertinentes cuanto que son “estéticas”, o en otras palabras que junto con responder en modo justo a la cuestión planteada están dotadas de una cierta belleza.
 
Asumiendo que se interpreta adecuadamente lo que declara uno no puede sino coincidir con Altamirano en que la traición – según el diccionario: acto que rompe o quebranta la lealtad que se debía tener – a los principios más elementales del socialismo por parte de sus actuales sucesores en la testera del PS no es ni ética ni estética.
 
Sabido es que los socialistas renovados ya no creen en mitos como la lucha de clases, el proletariado o la nacionalización de los medios de producción, ni en la concentración de la riqueza, la explotación de la mano de obra asalariada, la represión de los movimientos reivindicativos, la opresión de los débiles por parte de los poderosos, la dominación del mundo por parte del imperio, la regencia cultural e ideológica ejercida por el poder del dinero, el secuestro de los derechos ciudadanos por parte de la elite dominante, la mercantilización de la salud, de la educación, del agua potable, de la energía, de los servicios públicos, la destrucción del medio ambiente en nombre de la rentabilidad, o la institucionalidad puesta al servicio de los intereses de una minoría: todos mitos.
 
Lo que lleva a concluir, repito, en que aparte no ser ni ética ni estética la traición ni siquiera es lúcida y aun menos pertinente. Los socialistas renovados sólo creen en el mercado.
 
Lo que nos lleva directamente a la hermenéutica, definida como el arte de interpretar textos y que encajaría sin chistar otra definición más pedestre, la de magistral herramienta que permite afirmar todo y su contrario interpretando muy a su gusto la palabra de dios, la de Marx , o la de Cheo el cojo, pasando por encima del hecho que si Marx y Cheo el cojo pueden ser tenidos responsables de lo que escribieron de su propia mano, dios no habla ni escribe sino por bocas o plumas interpuestas.
 
Vivimos la época de la hermenéutica sin saberlo. Ya no hay convicciones ni principios, sino objetivos, de preferencia objetivos de lucro. Si las palabras de Maquiavelo – quién quiere el fin quiere los medios – justifican lo que haya que justificar en el terreno de lo pragmático, la hermenéutica se ocupa de suministrar lo que haga falta de explicancias teóricas torciéndole el cuello a las ideas y a sus desdichados autores.
 
Y he aquí porqué conviene echarle un poquito de semiótica al caldo, sabiendo como sabes que en medicina se trata de la ciencia que estudia los síntomas de las enfermedades desde el punto de vista del diagnóstico y del pronóstico, o en otras palabras el para donde vamos y cuando estaríamos llegando si es que de aquí allí todavía estamos vivos, eso ya depende de tu plan de salud, del Auge y, sobretodo, del billete del que dispongas.
 
En ciencias sociales la semiótica se ocupa de más o menos lo mismo, no te la voy a jugar erudita, con la diferencia que en este caso estudia los signos de la vida social. ¿Queda claro?
 
Sin duda no escapa a tu sagacidad que aquí también es aplicable la frase que precede, esa de “el para donde vamos y cuando estaríamos llegando si es que de aquí allí todavía estamos vivos, eso ya depende de tu plan de salud, del Auge y, sobretodo, del billete del que dispongas” lo que demuestra, en oposición a la economía, que la tierra es redonda y las ciencias aplicables en todo el universo en todo tiempo y circunstancias.
 
Ahora bien, cuales son los signos más visibles en la vida social, ¿Ah?
 
Aquí los tratadistas divergen. Escalona, Solari, Lagos Weber y otros patriotas afirman que nos acercamos peligrosamente al paraíso en la tierra, y que las políticas sociales son tan pero tan eficaces que los pobres son una especie en vías de extinción, en su día Martner destacó que más del 75% de los chilenos son propietarios de su vivienda y si relees los discursos de Lagos Escobar te preguntas para qué hay gobierno si él ya lo había hecho todo.
 
Por el contrario, si miras para abajo te das cuenta que los pingüinos, los trabajadores del cobre, los trabajadores de las forestales, en fin, los trabajadores, las víctimas de la locomoción colectiva, las familias sobre endeudadas, aquellos que ya no son pobres con un ingreso de 47 mil pesos mensuales, los pensionados y los jubilados, y tantos otros entre los cuales se encuentra el ya mencionado Monseñor Goïc, piensan de muy distinta manera.
 
A este lote, ¡Oh, sorpresa!, se ha incorporado incluso Sebastián Piñera, que la verdad no innova y propone aumentar los sueldos pero no con plata de las empresas que se forran sino con dinero del Estado. Como dice el Maquiavelo ya citado “Con aquello que no es tuyo se puede ser considerablemente más generoso”.
 
Así ¿quién no? Pero este no es sino un chiste malo de Sebastián quién ha demostrado no tener palabra y ser además un pillín de mucho cuidado, como un tal Longueira que acusa al obispo Goïc de haberle robado la idea del sueldo ético, ya ves que los caminos del señor son impenetrables, Longueira y Piñera de ingresos éticos saben un puñao.
 
Ante esta patente divergencia – cuya evidencia interpela y golpea las conciencias -, algún incauto, un ingenuo, un cándido nativo de Cándida, un beocio, un aficionado, un debutante, un ciudadano de a pie, un “¿y qué te metes tú?”, un plebeyo, un no experto, lo opuesto del “enteraíllo” para que me entiendas, ha sugerido que se le devuelva la palabra y la soberanía al pueblo.
 
Si, así como lo lees. Al pueblo.
 
Tal parece que el individuo en cuestión habría leído al gran escritor portugués José Saramago, más precisamente su “Ensayo sobre la lucidez”, reteniendo como acertado, pertinente y aplicable a nuestra propia realidad el párrafo que dice:
 
“… Por cuanto, no teniendo los ciudadanos de este país la saludable costumbre de exigir el regular cumplimiento de los derechos que la constitución les otorgaba, fue lógico, fue incluso natural que no hubiesen llegado a darse cuenta que los habían suspendido[1].
 
Y con el loable propósito de terminar con las cuáticas que han reemplazado en la república la normal y deseable vida política, guiado por la bella utopía de eliminar, o al menos limitar en cuanto fuere posible los públicos y frecuentes atentados contra la ética y la estética – de los que somos mudos testigos cada día – por parte de quienes manejan la manija, la economía, el Estado, la prensa, la televisión, la educación, la salud y cuanta actividad forma parte del extendido espectro de la actividad mercantil o está a punto de ser integrada en ella propuso, para devolverle la palabra y la soberanía al pueblo (sí, al pueblo), que se convoque una Asamblea Constituyente que construya los cimientos de una auténtica convivencia democrática.
 
Como diría Monseñor Goïc: amén
 
 
 
 
1. José Saramago. “Ensaio sobre a lucidez”. Companhia das Letras. São Paulo – 2004. Pág. 59.
 
 


[1] José Saramago. “Ensaio sobre a lucidez”. Companhia das Letras. São Paulo – 2004. Pág. 59.