Las vacas sagradas existen en Chile, como los cardos a la orilla del camino: multiplicados por mil. Aparecen en todos los ámbitos y en cualquier acontecer: la política, la educación, la administración pública, las feas artes, la prensa y también en la televisión. Esta última quizá, cobra un cariz más notorio porque sin duda, se trata de la mejor amiga de cientos de chilenos cuyo deleite lo perciben a partir de las inmundas y aburridas parrillas programáticas.
Esos rostros que ya ocupan un lugar preponderante en las atrofiadas estructuras cognitivas, se trasforman de pronto en entes familiares como las sillas y las mesas, e incluso el gusto populachero reserva ciertas cuotas de cariño hacia aquella muchedumbre acartonada –y generalmente estúpida- que “anima” los prostíbulos televisivos, también conocidos como noticieros, reality shows y programas de entretenimiento en general.
Hace algún tiempo, miraba –porque no se puede observar lo que sólo es superficial- uno de esos misceláneos de chabacanería que llevan el nombre “matinales”. Se trataba de “Malos días a todos”, cuyo aburridor era Jorge Hevia. Recuerdo las palabras de mi hermano mayor: “Jorge Hevia es como esas viejas odiosas que atienden en la Municipalidad: por mal que hagan su trabajo siempre están ahí”. Y en efecto, así era. Solo la fortuna quiso que ese gentilhombre abandonara las mañanas y fuera reemplazado por otro peón del tablero, el espigado Camiroaga. Así que el decadente personaje de las incomunicaciones, se quedó sin espacio para modelar sus delgadísimos y nada profusos labios escarlata, y tuvo que ceder el puesto al otro matusalén de TVN, quien se acompaña hasta hoy de la carismática Tonta Tomicic.
Ese asuntillo farandulero ya ocurrió hace algún tiempo atrás. Ahora TVN quiso otorgar algún bálsamo al corazón roto y melancólico de los habitantes de la porqueriza nacional, y cedió al ruego tácito del corazón ardiente de las audiencias, regalando a Jorge Hevia nueva alfalfa y yuyos tiernos para que alimente sus anhelos más profundos. En esta ocasión, a los directivos e incubus de la emisora estatal, se les ocurrió “crear” un nuevo espacio televisivo de “concursos” llamado “Superdupla”, donde parejas de diversas índoles intelectuales, responden en el menor tiempo posible, las preguntas lanzadas por los animadores para ganar la mayor cantidad de dinero posible.
Para tales efectos, el maravilloso Jorge Hevia se hace acompañar del insoportable de su hijo, “Jorgito Junior”. Este intento de veinteañero carismático, cuyo tono de voz afeminado me parece una ofensa a los oídos y agrado estético nacional, participó hace algunos años en dos o tres teleseries que por fortuna me perdí –sólo la indiferencia me impide indagar en la IMDB- y ahora agarró nuevamente tribuna en la TV para exhibir su hilarante espontaneidad y dorada cabellera. Padre he hijo se lanzan a interrogar a los nerviosos participantes, salpicando sus lamentable oratoria con chistes naïf y una complicidad tan falsa y aburrida, que sólo la peor televisión puede admitir y soportar.
Pero a las vacas sagradas todo se les disculpa. Por mucho que la ramplonería intelectual tiña hasta la ropa de este dualismo fealdad-torpeza, se les otorga la licencia de hacer de la noche de los sábados una real tortura y desgracia para todos los que no tengan algún panorama. Y es que esta dupla me parece jocosa, delirante, en cualquier caso insulsa y definitivamente innecesaria. Pero el capitalismo es el capitalismo, y en la medida que esta monserga antifilosofal otorgue generosos aportes monetarios para las arcas de TVN, no importa que la gran población nacional continúe soportando el vomito esparcido por doquier, ¡lo que importa acá es la ganancia!
Por supuesto estos programillas de concursos no son nada novedoso. En cualquier caso, generalmente triunfaron en los años setenta y ochenta en las cadenas gringas y europeas, y ahora en ese afán de revivir todo lo podrido, las insoportables modas del absurdo más grotesco aparecen en este “new revival” de la estupidez y la imbecilidad discursiva, elevando a en las alturas al vulgo miope que se encuentra a la cabeza de toda esta maraña de insolencia y anhelo comercial inmisericorde.
Y las audiencias, como siempre, son burladas y ensartadas al interior de la maquinaria industrial. Como buenos amantes de lo caricaturesco, seguidores de todo lo que huela a heces y sea acariciado por la insoportable brisa aún bucólica del gran Santiago –epicentro de Chile, donde se crean las “ideas” que afectarán desde Arica a Punta Arenas- se mantienen inconmovibles ante el paso desvergonzado de estas figurillas que ocupan una y otra vez los espacios televisivos. No sólo contemplan con arrobo la conducta de esos monstruos generadores de idiotez, sino que tienen el tupé de “defender su gusto”, y están prontos a adquirir al día siguiente, cualquiera de los dos diarios que se encargan de mancillar el logos con la vida y obra de la gentuza televisiva: Las Últimas Noticias y La Cuarta o como les llamo yo, los solares del diablo.
Y es que el vacuno farandulero muchas veces no es el culpable: ante todo anhela la plusvalía de su trabajo –que si fuese remunerado por lo que realmente “es”, le queda debiendo al canal- y sencillamente se rinde a los pies de los dioses de la televisión. “La sociedad de la irresponsabilidad” como le llama un profesor que tuve en la Universidad, tiene gran cuota de culpa: nostálgicos de modas roñosas, severamente incultos, feos física y moralmente, ceden el espacio mental para que ese copioso mundo de fetiches continúe glorificando sus ansias y voluntad de poder. Pero quien realmente ha socavado el intelecto de nuestra nación es este remedo de gobierno democrático, que en su afán por mantener a una población temerosa, ingenua y baladí, ha transformado la educación en una herramienta pro-estupidez, que permite que la población entera otorgue espacio a los ídolos, éstos últimos el cáncer imperecedero, la ruina de cualquier nación, la densa bruma que cubre cual manto la imaginación y fantasía de 15 millones de personas.
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