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Agosto 18, 2026

El femicidio: lo que quieren ellas…

En el hocico de todo mundo circula hoy la palabra femicidio, cuyo significado alude al maltrato de mujeres. Aparece de improviso entre las mangas gubernamentales, la tradicional buena voluntad de todos quienes anhelan “cambios sustanciosos” en el sistema penal, reclamando por castigos ejemplares para todos quienes de una u otra forma ejercen violencia sobre la mujer.

Se trata de simples medidas que funcionan a modo de “parche” para cubrir problemas cuyo trasfondo va más allá de una ley, y que tienen que ver con un sistema completo que altera no sólo la superficie de la estructura social, sino el espíritu y la pasión de la humanidad occidental entera.

El neoliberalismo y su matriz de sentido mercantil son la panacea del vulgo chileno actual. Se trata del máximo legado del cenizón Pinochet aparte de la sucesión de crímenes contra la humanidad. Este neoliberalismo hace posible que el 1% de la población nacional llene sus buches con dinero a destajo, mientras el resto del rebaño se pelea el sobrante. Como si esto no fuera suficiente, la amalgama de palurdos que vienen ocupando el trono de la nación desde el cese dictatorial, fomentan sin recato la “multiplicación de los panes” de la oligarquía dirigente, dejando a un lado los aspectos fundamentales de cualquier democracia: educación y salud de calidad.

Con educación de ínfima naturaleza no deviene gente sino gentecita. Éstos, cuya síntesis física y espiritual se asemeja cada vez más a la de las bestias, son criados en la estulticia y ramplonería mental y enarbolan con asombrosa valentía la bandera de la imbecilidad, especialmente los días 18 y 19 de un mes que ya ni recuerdo. Con la pésima formación recibida en la escuela tradicional y la empresa vital, las antiguas usanzas se mantienen indemnes al paso del tiempo, asegurándose un lugar en las conciencias de todas las generaciones hasta el día de hoy. Y es que el señorío masculino en Chile ni siquiera surge sino que sencillamente “es”: aquella horrible costumbre chilena de pisotear sin misericordia la condición física y espiritual del sexo femenino, fomenta la idea medieval que sitúa a la mujer como un ente inferior dentro de la construcción de la realidad, siendo infinitas veces considerada como un útil al que sólo hay que incluir pero jamás reconocer.

La mujer chilena, en su síntesis populachera, vive la primera juventud con el anhelo de aparearse. Como su conciencia ha sido bien trabajada, ora a través de la religión, ora a través del conservadurismo cultural, ora a través de la mediocre enseñanza pública recibida, precisa contraer matrimonio con un macho para que la cópula no sea vista por el resto del mundo como algo impúdico, profano. Estas mujeres son en la mayoría de los casos, simples remedos de la imagen histérica y sumisa de las hembras que tuvieron por madres, sumado a la identidad creada por la cultura nacional (un compendio de toda la bazofia que sobra en la porqueriza: televisión, consumismo y axiología católica).

Provistas de toda la ingenuidad e idealismos ridículos que un ser corriente pueda concebir, buscan arduamente hasta que encuentran al varón lo suficientemente masculino, para que las proteja –nadie sabe de qué- y así ellas puedan comenzar a criar los hijos. Los hombres escogidos se dividen en dos: los respetuosos y protectores que cuidan a la hembra, y los que guían la voluntad de poder hacia los niveles más básicos: castigo y violencia.

El ejercicio de la violencia es uno de los instintos fundamentales del hombre, cuya súbita aparición la sociedad debe dominar para hacer funcionar de forma más óptima la estructura de la realidad. Sin embargo, en aglomeraciones humanas atrasadas como la chilena, el autoritarismo y salvajismo ejercido desde el interior del hogar –sin duda otro aspecto que heredamos de la dictadura- permite que el varón castigue sin conmiseración a la mujer, transformándola en una mascota con la cual desquitar toda la ira e ímpetu acumulados. Y bien el sistema apoya y sirve de escenario para que el castigador ejerza su dominio, el populacho masculino aprovecha su posición privilegiada y arremete con toda su artillera contra la mujer.

Lo mujeril es lo inconsciente, lo chocarrero, lo plebeyo y lo débil. Así al menos lo comprende la flacuchenta nación chilena, que a la vez posee el tupé suficiente para elegir a una de ellas como máximo representante. Dormida y abandonada a su suerte, la hembra castigada recibe el golpe de la “pareja” –dispareja- como algo común y casi obvio al interior de la relación, inyectando el espíritu violento y bestial del universo conyugal en la estructura mental de los hijos, que crecerán y desarrollarán dos comportamientos nada positivos: violencia-castigo en los varones, misantropía inconsciente y temor en las féminas.    

Para que el escenario de crueldad y maltrato al interior de la relación natural hombre-mujer desaparezca, una ley no es suficiente. En este sentido, la educación se transforma en una herramienta cardinal para que los géneros tomen conciencia de su rol, y se respeten unos a otros. Con una mentalidad exenta de tal mala conciencia, se comenzará a crecer espiritual e intelectualmente, de manera que las relaciones humanas cargadas de hostilidad, temor, destrucción cesarán cada vez más y podremos hablar de una sociedad justa y realmente democrática.

Sin embargo nuestros gobernantes no lo entienden y jamás lo verán así. Ante todo defienden el interés del hombre bruto, de la bestia cuyo miembro se prepara al menor contacto sexual. La mujer por otro lado, fomenta la tontería y la estupidez, suministrando ella misma al hijo varón, la concepción de una voluntad de poder ensombrecida, miope, en cualquier caso indigna, que generará un mundo caótico y baladí, una sociedad provista de gentuza inmunda y antifilósofos que poco a poco se transformará en la bruma diáfana que ennegrecerá el alma de los grandes ídolos y elegidos.

anibal.venegas@gmail.com