Aunque el número de pobres en el mundo sigue manifestando cifras escandalosas, el desarrollo científico y tecnológico ha aportado mucho en la superación del hambre y las enfermedades más letales. Todavía existen más de mil 300 millones de seres que deben vivir con menos de un dólar diario y son miles de millones los que sufren carencias fundamentales que no alcanzarán a satisfacerse en ésta y las próximas generaciones. Sin embargo, la Humanidad aprecia con optimismo los logros obtenidos naciones tan populosas como China, aunque allí se mantengan situaciones todavía deplorables para la dignidad humana.
La situación mundial es de dulce y agraz: mientras en el Asia la situación mejora y América Latina empieza a disminuir la indigencia, en África la población se diezma con las sequías, la guerra y el sida.
Un mundo sin tantos excluidos es hoy un sueño realizable. Sin embargo, no vivimos en un planeta que resista niveles de vida y consumo energético como los alcanzados por las naciones del Primer Mundo. Si de pronto todos los seres humanos vivieran como los estadounidenses o japoneses, simplemente colapsarían todos nuestros ecosistemas y la existencia sería imposible para todos. De allí que a favor de los esfuerzos por redimir a los pobres debe hoy ponerse freno a los excesos de los ricos y poderosos, cuya acumulación de riqueza y derroche de vida constituye un atentado a los derechos humanos de todos, como a la misma preservación del Planeta.
Las cifras de la concentración de la riqueza son también espeluznantes. Según el PNUD, en 1960 había un rico por cada 30 pobres; en 1960, uno por cada 60, mientras que hoy existe uno por cada 80. Lo peor de todo esto es que las ideologías dominantes cifran el desarrollo, el empleo y el bienestar general en la posibilidad de que los ricos puedan satisfacerse a plenitud. A menudo, nos encontramos con publicaciones que dan cuenta de la carrera de los multimillonarios por acumular onerosas utilidades, asumido el hecho que para lograr su cometido y mantenerse en competencia es necesario restringir el salario de sus obreros y empleados, especular con el crédito, conseguir prebendas fiscales, fomentar el consumismo irracional y producir con los mínimos resguardos medioambientales. Nuestro país también se ufana con el logro de algunos empresarios de inscribir sus nombres en el listado de los más ricos de América o el mundo. Su éxito, por supuesto, no se mide en capacidad de emprendimiento, oportunidades y condiciones de trabajo; ahora sólo importan las ganancias, la astucia para evadir o eludir impuestos, la velocidad para echar a su saco bancos, supermercados y empresas lucrativas. Por ahí anda un extravagante personaje comprando diarios en los más distintos idiomas e idiosincrasias, así como otros se tientan por entrarle al negocio de la democracia. De todo hay en la obsesión global de estos grandes señores que no quieren que las fronteras y las identidades nacionales pongan límite a su apetito universal.
El gran imperativo ético es derrotar la pobreza y la marginación. Con ello, la necesidad de que los seres humanos aspiren a un consumo solidario con los derechos de todos, así como con la subsistencia de un planeta que nos advierte de los riesgos del cambio climático y el agotamiento de los recursos dilapidados por quienes tienen ya demasiado. Por esto hoy es indispensable agregar a los propósitos del Humanismo frenar la riqueza y ponerle límites drásticos al sobre consumo. Perseguir como un delito de lesa humanidad la usura, así como la apología de la riqueza individual. Legislar contra todo tipo de concentración económica. Construir la civilización del trabajo y desmoronar la del capital, como nos señalan los más lúcidos pensadores. Asumir que los ricos sólo se explican en la inmoral existencia de la pobreza.
Impedir, por los mismo, que los millonarios corrompan nuestra política, compren conciencia ciudadana, asalten los bienes del estado, echen a su bolso los partidos políticos y los medios de comunicación. Y que, desde el poder, sigan sirviendo a lo único que les interesa: acumular más dinero.
Un mundo sin tantos excluidos es hoy un sueño realizable. Sin embargo, no vivimos en un planeta que resista niveles de vida y consumo energético como los alcanzados por las naciones del Primer Mundo. Si de pronto todos los seres humanos vivieran como los estadounidenses o japoneses, simplemente colapsarían todos nuestros ecosistemas y la existencia sería imposible para todos. De allí que a favor de los esfuerzos por redimir a los pobres debe hoy ponerse freno a los excesos de los ricos y poderosos, cuya acumulación de riqueza y derroche de vida constituye un atentado a los derechos humanos de todos, como a la misma preservación del Planeta.
Las cifras de la concentración de la riqueza son también espeluznantes. Según el PNUD, en 1960 había un rico por cada 30 pobres; en 1960, uno por cada 60, mientras que hoy existe uno por cada 80. Lo peor de todo esto es que las ideologías dominantes cifran el desarrollo, el empleo y el bienestar general en la posibilidad de que los ricos puedan satisfacerse a plenitud. A menudo, nos encontramos con publicaciones que dan cuenta de la carrera de los multimillonarios por acumular onerosas utilidades, asumido el hecho que para lograr su cometido y mantenerse en competencia es necesario restringir el salario de sus obreros y empleados, especular con el crédito, conseguir prebendas fiscales, fomentar el consumismo irracional y producir con los mínimos resguardos medioambientales. Nuestro país también se ufana con el logro de algunos empresarios de inscribir sus nombres en el listado de los más ricos de América o el mundo. Su éxito, por supuesto, no se mide en capacidad de emprendimiento, oportunidades y condiciones de trabajo; ahora sólo importan las ganancias, la astucia para evadir o eludir impuestos, la velocidad para echar a su saco bancos, supermercados y empresas lucrativas. Por ahí anda un extravagante personaje comprando diarios en los más distintos idiomas e idiosincrasias, así como otros se tientan por entrarle al negocio de la democracia. De todo hay en la obsesión global de estos grandes señores que no quieren que las fronteras y las identidades nacionales pongan límite a su apetito universal.
El gran imperativo ético es derrotar la pobreza y la marginación. Con ello, la necesidad de que los seres humanos aspiren a un consumo solidario con los derechos de todos, así como con la subsistencia de un planeta que nos advierte de los riesgos del cambio climático y el agotamiento de los recursos dilapidados por quienes tienen ya demasiado. Por esto hoy es indispensable agregar a los propósitos del Humanismo frenar la riqueza y ponerle límites drásticos al sobre consumo. Perseguir como un delito de lesa humanidad la usura, así como la apología de la riqueza individual. Legislar contra todo tipo de concentración económica. Construir la civilización del trabajo y desmoronar la del capital, como nos señalan los más lúcidos pensadores. Asumir que los ricos sólo se explican en la inmoral existencia de la pobreza.
Impedir, por los mismo, que los millonarios corrompan nuestra política, compren conciencia ciudadana, asalten los bienes del estado, echen a su bolso los partidos políticos y los medios de comunicación. Y que, desde el poder, sigan sirviendo a lo único que les interesa: acumular más dinero.
