En la Alianza por Chile y la Democracia Cristiana lo hacen porque aspiran a una alternancia en el poder, ya entre coaliciones ya dentro de una de ellas. A los grupos organizados de la disidencia política los mueve un profundo descontento por los gobiernos de la Concertación en su conjunto. Estos, a su vez, trasuntan el malestar de capas sociales que no logran encauzarse a través de protestas ciudadanas.
Concretamente, en la “funa” a Lagos en el acto de la Universidad de Chile de la semana pasada los ecologistas encabezados por Luis Mariano Rendón profirieron su bronca no sólo por los descuidos ambientales del gobierno de aquel, hoy investido de un traje planetario por el secretario general de Naciones Unidas. También por las prácticas corruptas de algunos de sus subordinados y por prohijar un sistema de transporte capitalino que tanto sufrimiento causa a sus millones de usuarios.
Con lo ocurrido, el ex Presidente debe haber sellado su inclinación inicial a no presentarse ante la Comisión de los diputados que investiga el Transantiago: su concurrencia a la Cámara daría a grupos parlamentarios y extraparlamentarios la ocasión de crucificarlo en la plaza pública, y con el dedo índice levantado hacia él. Lo hará, entonces, por oficio, a través de un documento en el que desplegará sus dotes discursivas para argumentar –sin herir a la actual administración- que no fueron concepción y diseño los que fallaron, sino los insumos públicos y privados indispensables para el funcionamiento del plan.
La tesis de que Lagos debe hablar de futuro y no de su pasado si quiere volver a la Moneda aparece como retórica ante la porfía de los hechos. El trazó demasiados proyectos de largo aliento, algunos con vistas al Bicentenario, otros con inauguraciones prematuras; algunos revelando cierta visión de estadista, otros teñidos acaso de un manto de megalomanía. De todos ellos debe responder por sus responsabilidades como padre de la criatura, aunque no siempre –por razones legales- de la crianza. Sus aspiraciones no declaradas de volver a la Presidencia se cruzan con este entramado y mientras subsistan situaciones como las del Transantiago y Ferrocarriles del Estado y se destapen ollas de corrupción, su suerte en el favor ciudadano estará supeditada a lo que ocurra durante el gobierno de Bachelet.
La gestión administrativa actual le afectará más que a los otros aspirantes presidenciales, en parte porque ya estuvo al mando, pero fundamentalmente por sus características específicas como hombre político. Se trata del Mandatario de la Concertación con más fuerte carácter y presencia, el más mediático y polémico. Eso, más su cultivo de una especie de “cesarismo democrático” lo convierten en el blanco mayor de las frustraciones por el déficit de la democracia reconquistada que prometió crecimiento con igualdad.
Lagos fue también, si no el más izquierdista, el más duro de los grandes opositores a Pinochet y el más inconformista de los ministros de la Concertación y eso puede volverse de alguna manera en su contra al hacerse el balance del gobierno que dirigió. Llegó a La Moneda como una figura progresista y se convirtió en un mimado de las instancias del poder mundial y nacional y, por reflejo, de las encuestas de opinión, en las que los ciudadanos moderados y de centro, aún los más conservadores, hicieron finalmente aumentar el caudal de menciones favorables a su desempeño.
Lo que lo hace más vulnerable en una crítica histórica por la evolución de su imagen es que haya dejado atrás lo que planteara en su tesis para recibirse de abogado, la que a comienzos de los ’60 documentó la concentración del poder económico. El temprano prestigio que alcanzó entonces, remachado con su dedo televisivo de finales de los ’80, abrió expectativas que lo perseguirán hasta el umbral de 2010.
El punto crucial de lo que para entonces serán veinte años de Concertación es si se redistribuyó el ingreso nacional. El déficit en la materia es percibido con distintas intensidades por quienes están en la línea de flotación de la pobreza, por aquellos que detentan empleos, pero precarios y mal remunerados, por subcontratados y temporeros, por los que acceden a mala enseñanza e insuficiente atención médica. Donde estos sujetos socioeconómicos se unifican a nivel masivo en la capital es al tener que usar el Transantiago, por eso que la disfunción del sistema de locomoción colectiva tiene características de cataclismo social cuyas réplicas son imprevisibles.
¿Qué puede ofrecer Ricardo Lagos, el estadista por antonomasia, para el futuro? La pregunta encierra la confrontación entre pasado y presente a que estará sometido mientras él sea una figura presidencial en la penumbra.
