La sociedad siempre ha estado conformada por martillos y clavos, es decir, por reyes y servidumbre. Desde el espíritu e imaginación –quizá en mayor grado ésta última- surge la moral, cuyo sentido y verdad ha regido, rige, y regirá por los siglos de los siglos a todo el rebaño. La costumbre es que el Autoritario –Monarca, Gobernante, Dictador o Tirano- alza la voz y ordena, y el peón medroso y pusilánime obedece. Sin embargo, más allá del espíritu y la razón encuentra todo hombre algo fuerte y poderoso que las diversas generaciones han mantenido al margen para su provecho: la violencia. La violencia sólo puede ser ejercida con libertad y holgura por quien autoriza su ejecución, es decir, el autoritario. Este último generalmente oficia de Pilatos y castiga a través de súbditos cuyo cerebro ha sido bien trabajado, ora a través de la instrucción o la mera ignorancia, ora a través de la estimulación del instinto, ora a través de la elevación del espíritu nacionalista y hostil. El Autoritario, cuyo anhelo más íntimo es alcanzar él mismo la mayor cuota de poder sin infligir directamente la violencia, siente placer y gozo cuando sus objetivos se cumplen, o bien angustia y desconsuelo –que en infinitas ocasiones se materializa en suicidio- cuando sus planes no alcanzaron fin alguno. Casos de esta índole han ocurrido una y otra vez a lo largo de toda la historia humana: Manada que ordena, bestias que obedecen.
El gran Marx sin embargo, regaló a la humanidad ciertas luces de cambio. No obstante el hombre común –mal que tiñe de torpeza al 90% del globo terráqueo- no digirió del todo las enseñanzas del maestro germano, y ante la ausencia de un lugar adecuado donde evacuar su falta de tino e inteligencia, salpicó de vomito a diversas localidades humanas que se vieron enfrentadas a un frenesí de imbecilidad y estupidez sin parangón en la historia. Los primeros discípulos de Marx comprendieron una mínima parte de lo que aún es filosofía útil para doce siglos más: pero devinieron de éstos, vulgo de mirada prieta y sombría, generalmente obesos –la única forma de justificar aquella enorme cantidad de grasa acumulada en el cerebro- que prostituyeron sin misericordia las cinco páginas leídas de “El Capital” y el “Manifiesto Comunista”. Entonces pudo contemplar la sociedad entera a lo largo de todo el siglo XX, dos bandos cuya medio era diverso pero cuyo fin era idéntico. ¿O es que el proyecto “socialista” soviético y el ramplón y unidemsional norteamericano no buscaban con idéntico delirio la dominación universal?
Por supuesto que la sociedad gusta de ser sometida y quizá es esta una condición esencial para que aún persista la aglomeración humana, homogénea en sí y hoy en día –producto del neoliberalismo- “apenas” diferente entre sí. La flojera y la desidia del hombre común, son características propias y reales que se transforman en herramientas útiles para acrecentar el poder del antifilósofo. Aún cuando el filósofo critique hasta la lasitud al hombre y sus costumbres irracionales, subyace a priori en todo discurso elaborado por los patricios de la historia del pensamiento, anhelos de mundo superior, expectativas y confianza en el proceder de la humanidad futura respecto a la presente, en síntesis, idealismo. Y es que persiste la fe en la moral, la razón y la grandeza del espíritu; tríada perfecta que sin embargo, o bien es utilizada como arma de control por los poderosos, o por otro lado hace desternillar de risa a los amos del universo que gozan hasta el paroxismo con el grito cada vez más licencioso de quienes filosofan.
Y es que el filósofo comete un error fundamental: describe el mundo para sí mismo u otros de su especie y nunca para la masa. Su artillería pesa mucho, es cierto, pero ¿Qué acaso la sociedad gusta del suave perfume de las rosas cuando el placer y el deleite lo puede obtener de la flor del cardo? ¿Y quienes ofrecen hoy en día garantías? Todos a quienes he llamado antifilósofos. ¡Cuán fácil y cómodo es para los hombres no tener la necesidad de pensar, mientras su propietario les indica cómo ha de subsistir en la ardua empresa que es la vida! Las poblaciones requieren antifilósofos para encontrar significado a la existencia –material: ejercida por los amos de la mercancía; espiritual: inducida por los figurones inventores del cristianismo- a la vez que el antifilósofo precisa de bestias a las cuales domar, para alimentar el espíritu en base a sus latigazos.
Ha quedado medianamente claro hasta este punto entonces, la inexorable necesidad de antifilósofos para el común funcionamiento de la estructura social. Por supuesto, de seguir esta constante –salpicada apenas por pequeños instantes de real influencia de individuos superiores- el hombre nacerá con la única certeza –aparte de su irremediable finitud- de que se abrirá paso en el mundo para aparentar vivir, para única y exclusivamente parecer ser. Obligados están los filósofos a mantener la vigilia: como guardianes del pensamiento y poseedores de algunas certezas de la realidad, deben continuar multiplicándose para describir la experiencia vital. Aunque tal como se aprecia el panorama actual, ésta será una faena nada fácil y que seguro se conducirá por un camino irregular y lleno de guijarros. Es esta una mirada idealista y casi imposible de concretar, es cierto. Sin embargo, no nos queda otro recurso que tener fe, único consuelo en este mundo castigado por la estupidez, el hastío y la angustia.
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