La filosofía cayó, se derrumbó: es el ente añejo y fétido que se perdió entre las estanterías de Friburgo y Kaliningrado, para pronto convertirse en basura intelectual cuya utilidad nunca ha sido bien reconocida; murió cuando el hombre decidió abandonar el pensamiento y confió el espíritu e intelecto al gusto de la muchedumbre simple y embrutecida. ¡Cuan traidores hemos sido! Nadie en todo el mundo asistió al funeral de la filosofía, cómo no, un ápice de decencia ha de quedar en el corazón humano: suficiente cordura albergamos aún para no haber ido a despedir los restos de quien fuese objeto de nuestras infinitas desviaciones…
Hoy es el turno de los antifilósofos, es decir, de quienes no aman la sabiduría sino que se oponen a ella. Ejemplos sobran: media docena de recios y rollizos tiranos que lograron influir profundamente en la miserable y pueril conciencia de millones de hombres –Alemania, Italia, Chile – recurriendo a subterfugios intelectuales bastante ridículos y nada elegantes: himnos nacionales, prohibiciones y estupidez real, original y constante. Mientras los extintos filósofos –y no los ilusos compiladores del siglo XX que bien ya murieron o que ya están a punto de expirar y se balancean en una pata- están reducidos a huesos en los cementerios europeos y su obra bien cotizada y “consumida” en las librerías del mundo. Desde Heráclito y Platón hasta Hegel y Schopenhauer: muertos en vida y espíritu ¿Y que ocurrió con Marx y Nietzsche, Heidegger y Marcuse? ¿Es que no son filósofos? No, no lo son. El más influyente de todos fue el gran Marx, pero sus adeptos –los discípulos no sirvieron para nada útil- decidieron vomitar su obra encima de Europa y el tercer mundo, sembrando el “terror” a lo largo de todo el siglo XX. Por fortuna hubo antifilósofos a la mano: señores bastante tontos e incultos, feos física y moralmente, que provistos de un pésimo discurso y mal aliento atrajeron a todos los hombrecillos necios y envidiosos que por desgracia, forman la mayoría poderosa en todas las naciones.
El filósofo es milenario, el antifilósofo centenario. El Filósofo derramó tinta sobre el papel y reprodujo su obra hacia el infinito; el antifilósofo emplea la tecnología de punta para convencer: su moral y estilo se escribe en píxeles. Donde hubo un Kant surge un Matutino, si hubo un Kierkegaard nosotros tenemos existencialismo televisivo. Nada peor que el decoro antifilosófico: frente a la verdad revelada emergió el relativismo, cuyo fin último –el respeto a toda creencia y cultura sin que una tenga más valor que la otra- se ha degenerado a niveles increíbles: el nihilismo intelectual y la absoluta estupidez posmodernista de todos los antifilósofos es asombrosa.
Sobre la pregunta que interroga por el sentido del ser.
¿Qué “es” el “ser”? Una de las interrogantes que mantuvo en constante ensayo al filósofo y que queda patente si se hace el recuento de la historia del pensamiento: más de dos siglos de meditación y análisis profundo del hombre y su entorno. Desde la ousia hasta el “ser ahí” heideggeriano, en síntesis: pensar y meditar puros. Empero no hay resolución, acaso más preguntas y nuevos cuestionamientos porque la filosofía es cíclica: es el eterno fluir de ideas, el persistente discurrir, el perpetuo imaginar. Sin embargo, como la filosofía ya está muerta, la “tradición” antifilosófica precisa resultados tangibles, cuantificables, tal como las maravillosas deducciones que devienen con la ciencia –probablemente el territorio antifilosófico por excelencia-. El ser del ente filosófico es absoluta espiritualidad: material insustancial con el cual se alimenta al metafísico: si artista, si escritor, si filósofo. El ser del objeto antifilosófico no es para nada sofisticado, quizá sencillamente fútil y baladí: el dinero. ¿Qué no es la medida de valor para todo, desde una fruslería cualquiera hasta el mismo ser humano?
Y por supuesto que las naciones del mundo, comandadas por cretinos con miopía y muerte cerebral, promueven la mercantilización de sus súbditos a los precios más altos posibles: allí se ve al corro de ilusos que gozan por “cumplir la ley de los hombres” –que en occidente todavía huele a 10 mandamientos- al tiempo que se prostituyen en el universo de la imbecilidad y la ramplonería llamada neoliberalismo –cuyos inicios en el siglo XIX atacara tanto Marx-. ¿Qué validez tiene el filosofar, si su antítesis ya se apoderó del mundo entero? ¿Qué importaría la novísima reflexión europea –como siempre- respecto al hombre si éste se siente feliz en su condición de materia prima?
Pues ha llegado la época de los antifilósofos, reductible a infinitos nombres –Hitler, Tatcher, Democracia, etc.- y materializada en el espíritu de muchísimas naciones. Abro a partir de ahora el campo de investigación que escudriña por el sentido y espíritu de la vulgaridad y torpeza que con ahínco y frenesí conmueven hasta la vehemencia y furia a toda la sociedad –y que se materializa en asesinatos, suicidios y heces con olor a mayonesa por doquier-. Si es que Lukács, Adorno, Marcuse o Horkeimer retomaban la tradición filosófica marxista para criticar las estructuras de la sociedad moderna (que Nietzsche había destrozado unas décadas antes) la tarea nuestra, la de los anti-antifilósofos –porque ya no podemos ser filósofos, ni siquiera periodistas- es transformarnos en la piedra del zapato de nuestros gobernantes: comencemos pues, a destruir la axiología postmoderna para pasar a ser superhombres. De esta forma, dialogaremos de igual a igual con un lenguaje único, rico en palabras y espiritualidad, dejando de una vez por todas la oscura y nauseabunda marea donde quienes nos manejan, anhelan que naveguemos para siempre.
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