Porque la vida nos obliga a esforzarnos al límite para cumplir con nuestro entorno, levantar ese edificio familiar, con pilares fuertes y resistentes, para que los que nos sucedan continúen en forma segura la senda de sus propios sueños…y ojalá, en mejores condiciones que nosotros mismos.
Asumimos responsabilidades y entregamos con toda sus consecuencias el amor que anidamos en nuestros pechos hacia nuestros descendientes, hacia nuestras amistades, hacia nuestra sociedad.
Una cana, una arruga, son medallas que la vida nos pone en nuestro cuerpo al correr los años. Un bastón o una silla de ruedas también debemos interpretarlos como galardones ganados, porque hemos sido capaces de esforzarnos hasta la extenuación, hasta que nuestros propios recursos físicos nos lo han permitido.
Pero…Si, hay peros en todo esto, porque tales méritos muchas veces no son reconocidos. O no son recordados. Y son muchos los adultos mayores relegados, olvidados en un rincón. Algunos se dicen –como autoconformismo- que son “privilegiados” porque son mantenidos en un lugar apartado de la casa, en forma similar a un mueble. O porque tienen un plato de comida y una cama donde dormir. Pero hay muchos, demasiados quizás, que ni siquiera eso tienen. Es el injusto momento del olvido. Y eso no puede ser.
No debe haber olvido para quienes nos dieron la vida, nos entregaron su esfuerzo y sus mejores años. No puede haber abandono de aquellos que aportaron lo que tuvieron y mucho más, para que nosotros pudiéramos avanzar por la senda vital sin quebrantos, sin obstáculos, con la frente alta mirando el futuro. No es justo dejarlos atrás, insensibles ante sus sufrimientos y sin cubrir sus necesidades más elementales.
No es justo que un ser humano que pasa a la edad madura ingrese de inmediato en el ejército de los desocupados, de los inservibles. No es justo que en algunos casos se les desacredite y se les lance a la calle sin tener un mínimo respeto a la labor cumplida, a la vida agotándose. No es justo para la propia sociedad despreciar tanta experiencia acumulada, tanto conocimiento desaprovechado, tanta riqueza espiritual lanzada por la borda al olvido.
Hace sólo horas se ha celebrado en todo el mundo el “Día Internacional sobre la Toma de Conciencia del Abuso y Maltrato en la Vejez”. Es una jornada adoptada por las Naciones Unidas, lo cual significa que es una fecha que debe ser acatada por la gran mayoría de los países libres y cultos del mundo. Y pienso: ¡qué triste que la máxima organización mundial, nacida para cautelar la paz, deba preocuparse en cautelar la vida de un extenso y valioso sector de la sociedad!
Lo curioso y doloroso a la vez, es que en las sociedades actuales haya todavía abandono y dejadez del patrimonio humano. Porque la Tercera Edad es, precisamente eso: un patrimonio, grande, granítico y luminoso. Y por eso mismo debemos cuidarlo, atenderlo y entregarle posibilidades para que siga aportando sus capacidades, de acuerdo con las posibilidades de cada cual, y para que siga disfrutando de la vida, porque tiene derecho a ello, porque se ha ganado el derecho a ello ¡a disfrutar!. Lo otro sería mala memoria, mal agradecimiento, incongruencia social.
“My Generation” llega a mis oídos como una melodía fascinante, porque significa el grito victorioso de una rebeldía juvenil de los hombres de ayer. Y yo, que estoy en los umbrales de esas puertas de la madurez, miro hacia atrás con ojos cargados de esperanza porque compruebo que hemos construido un punto de apoyo fuerte para que nuestra sociedad avance con mayor confianza y estamos sembrando el terreno para que coseche un futuro mejor.
