“Ver claro en los acontecimientos pasados y en los que en el futuro,
porque también pondrán en acción al hombre, presentarán semejanzas o analogías”.
Tucídides (471-400 AC) Se suele adjudicar a Tucídides, más que a Heródoto, la paternidad de la ciencia histórica. Esencialmente porque Tucídides adoptó desde sus primeros trabajos el partido de relatar los hechos con rigor y objetividad, utilizando documentos, testimonios, pruebas, experiencias y notas que privilegiaron la descripción de lo real por sobre lo “maravilloso”, recurso este último muy propio de su predecesor.
porque también pondrán en acción al hombre, presentarán semejanzas o analogías”.
Tucídides (471-400 AC) Se suele adjudicar a Tucídides, más que a Heródoto, la paternidad de la ciencia histórica. Esencialmente porque Tucídides adoptó desde sus primeros trabajos el partido de relatar los hechos con rigor y objetividad, utilizando documentos, testimonios, pruebas, experiencias y notas que privilegiaron la descripción de lo real por sobre lo “maravilloso”, recurso este último muy propio de su predecesor.
Dos mil trescientos años más tarde Jean-Jacques Rousseau, autor del “Contrato social”, texto fundador de la democracia moderna, escribía: “Tucídides es a mi parecer el verdadero modelo de los historiadores. El describe los hechos sin juzgarlos, pero no omite ninguna de las circunstancias que nos permitirá emitir nuestro propio juicio. Pone todo lo que cuenta bajo los ojos del lector; Lejos de interponerse entre los acontecimientos y los lectores, se esfuma; uno ya no cree leer, uno cree ver”.
Esta es la calidad que exige la necesaria escritura de la historia reciente de Chile, el relato de los acontecimientos que marcaron con su impronta de violencia el crimen antidemocrático. Rigor y objetividad, la simple y clara exposición de los hechos, que no debe ser confundida con una imposible neutralidad ante lo inaceptable.
La Justicia, allí donde hay o se hace justicia, exige rigor y objetividad en la presentación de los hechos. Al mismo tiempo la Justicia no puede ser neutral ante el crimen. Rigor y objetividad son pues las cualidades que permiten emitir un juicio, que exime de culpa o que condena, y que no puede confundido ni con una inexplicable indulgencia, ni con una inaceptable venganza.
Juan Azócar esgrimió las cualidades mencionadas al abordar la investigación que se traduce hoy en la publicación de su libro “Prometamos jamás desertar: apuntes para un memorial de la militancia socialista en la resistencia”. Porque el horrible destino reservado a la dirigencia socialista por parte de la represión de la dictadura es insoportable e injustificable, porque los métodos utilizados por los organismos represivos de la dictadura son sólo comparables a la barbarie nazi, porque la inconmensurable desproporción de fuerzas era gigantesca, porque la tortura, el asesinato y la profanación de los cadáveres de las víctimas no es propia de seres humanos, porque el silencio cómplice del Poder Judicial y de los civiles incrustados en el régimen dictatorial da la medida de la cobardía cívica de quienes tenían la obligación de oponerse a la ignominia y se limitaron a mirar en otra dirección, porque todas esas razones y muchas otras no facilitan ni el rigor ni la objetividad en la reconstrucción de la verdad histórica, era aun más importante abstraerse del horror y apegarse a los hechos, a la verdad y al rigor, dejando de lado la emoción, los afectos, las simpatías, la subjetividad que hubiese transformado la investigación histórica en un alegato acusador.
La fuerza de este trabajo proviene precisamente de la facultad que tiene Juan Azócar de describir los hechos sin juzgarlos, de no omitir ninguna de las circunstancias que nos permitirá emitir nuestro propio juicio, de poner lo que cuenta bajo nuestros ojos, de no interponerse entre los acontecimientos y los lectores, de esfumarse de tal modo ante la cruda realidad que ya no creemos leer: creemos ver.
De ese modo nuestro horror es aun más grande, más frío, más terrible, más insoportable por la simple razón que no se trata de un horror inducido desde afuera sino de una sensación angustiosa que producimos nosotros mismos. Los anónimos héroes, en esta caso socialistas (y sabemos que hay tantos de todo el espectro político democrático) no necesitaban ni un panegírico ni del llanto de plañideras.
Porque como hubiese escrito el gran poeta Louis Aragon, Exequiel Ponce, Carlos Lorca, Víctor Zerega, Ricardo Lagos Salinas, Ariel Mancilla y sus numerosos compañeros “No reclamaron ni la gloria ni las lágrimas”. Conscientes del riesgo que traía consigo la lealtad a la democracia, al derecho, a las leyes, a la civilización, tuvieron claro desde el mismo día del crimen golpista que el precio a pagar por su lealtad a la nación era la muerte.
A pesar de la lúcida consciencia del riesgo no dudaron ni sólo instante en cumplir con la promesa del himno socialista, esa que dice, a los acordes de la Marsellesa: “Militantes puros y sinceros, prometamos jamás desertar”.
Entre las numerosas deudas que Chile tiene para con las víctimas de la dictadura una de las más dramáticas tiene que ver con el restablecimiento de la verdad. Esta vez la historia no la escribirán los vencedores – ¿vencedores de qué? ¿vencedores de quién? -, sino los portadores de futuro.
Aquellos que como Bernanos saben que “El futuro no les pertenece a los muertos sino a aquellos que hacen hablar a los muertos, a aquellos que explican por qué los muertos están muertos…”
Esta es la calidad que exige la necesaria escritura de la historia reciente de Chile, el relato de los acontecimientos que marcaron con su impronta de violencia el crimen antidemocrático. Rigor y objetividad, la simple y clara exposición de los hechos, que no debe ser confundida con una imposible neutralidad ante lo inaceptable.
La Justicia, allí donde hay o se hace justicia, exige rigor y objetividad en la presentación de los hechos. Al mismo tiempo la Justicia no puede ser neutral ante el crimen. Rigor y objetividad son pues las cualidades que permiten emitir un juicio, que exime de culpa o que condena, y que no puede confundido ni con una inexplicable indulgencia, ni con una inaceptable venganza.
Juan Azócar esgrimió las cualidades mencionadas al abordar la investigación que se traduce hoy en la publicación de su libro “Prometamos jamás desertar: apuntes para un memorial de la militancia socialista en la resistencia”. Porque el horrible destino reservado a la dirigencia socialista por parte de la represión de la dictadura es insoportable e injustificable, porque los métodos utilizados por los organismos represivos de la dictadura son sólo comparables a la barbarie nazi, porque la inconmensurable desproporción de fuerzas era gigantesca, porque la tortura, el asesinato y la profanación de los cadáveres de las víctimas no es propia de seres humanos, porque el silencio cómplice del Poder Judicial y de los civiles incrustados en el régimen dictatorial da la medida de la cobardía cívica de quienes tenían la obligación de oponerse a la ignominia y se limitaron a mirar en otra dirección, porque todas esas razones y muchas otras no facilitan ni el rigor ni la objetividad en la reconstrucción de la verdad histórica, era aun más importante abstraerse del horror y apegarse a los hechos, a la verdad y al rigor, dejando de lado la emoción, los afectos, las simpatías, la subjetividad que hubiese transformado la investigación histórica en un alegato acusador.
La fuerza de este trabajo proviene precisamente de la facultad que tiene Juan Azócar de describir los hechos sin juzgarlos, de no omitir ninguna de las circunstancias que nos permitirá emitir nuestro propio juicio, de poner lo que cuenta bajo nuestros ojos, de no interponerse entre los acontecimientos y los lectores, de esfumarse de tal modo ante la cruda realidad que ya no creemos leer: creemos ver.
De ese modo nuestro horror es aun más grande, más frío, más terrible, más insoportable por la simple razón que no se trata de un horror inducido desde afuera sino de una sensación angustiosa que producimos nosotros mismos. Los anónimos héroes, en esta caso socialistas (y sabemos que hay tantos de todo el espectro político democrático) no necesitaban ni un panegírico ni del llanto de plañideras.
Porque como hubiese escrito el gran poeta Louis Aragon, Exequiel Ponce, Carlos Lorca, Víctor Zerega, Ricardo Lagos Salinas, Ariel Mancilla y sus numerosos compañeros “No reclamaron ni la gloria ni las lágrimas”. Conscientes del riesgo que traía consigo la lealtad a la democracia, al derecho, a las leyes, a la civilización, tuvieron claro desde el mismo día del crimen golpista que el precio a pagar por su lealtad a la nación era la muerte.
A pesar de la lúcida consciencia del riesgo no dudaron ni sólo instante en cumplir con la promesa del himno socialista, esa que dice, a los acordes de la Marsellesa: “Militantes puros y sinceros, prometamos jamás desertar”.
Entre las numerosas deudas que Chile tiene para con las víctimas de la dictadura una de las más dramáticas tiene que ver con el restablecimiento de la verdad. Esta vez la historia no la escribirán los vencedores – ¿vencedores de qué? ¿vencedores de quién? -, sino los portadores de futuro.
Aquellos que como Bernanos saben que “El futuro no les pertenece a los muertos sino a aquellos que hacen hablar a los muertos, a aquellos que explican por qué los muertos están muertos…”
