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Agosto 18, 2026

Cuando un amigo se va

La canción es rotunda: cuando un amigo se va, deja un espacio vacío…!

Eso me acaba de ocurrir cuando me llega por internet la noticia cruel y dura del fallecimiento de un veterano luchador social y político, Alejandro Jiliberto Zepeda, mi amigo.

Con él viví innumerables momentos de alegría, de nerviosismo, de lucha. Y también los duros momentos del dolor, del exilio, de la lejanía y la ausencia.

 Cuando iniciaba mi carrera periodística y llegué a ocupar el cargo de Jefe de Prensa de Radio Corporación, una de las más importantes del país, él era miembro de la Comisión Política del PS –dueño de la radio- y estuvo siempre a mi lado para explicarme cuestiones que no había alcanzado a comprender por juventud. Me estimuló en mis delicadas funciones y me apoyó con su palabra y su actitud.

Vivimos las horas dramáticas del bombardeo del 11 de septiembre. Después, tras haber sido muy torturado en diversas cárceles de la dictadura, se fue a Berlín y ocupó su puesto en la dirección exterior del PS de Chile, donde yo también aportaba lo mío en comunicaciones. Nos apoyamos con nuestras respectivas familias, él con cuatro hijos, yo con tres, ante el dolor del destierro injusto. Cuando nos trasladamos a España –tras la división del PS a finales de los ’70- todos los que proveníamos de Berlin gestionamos la  autorización para el regreso a la Patria.

  Pero, sólo diez años después recibimos tal autorización. Por lo tanto, compartimos la adaptación a una nueva realidad, aportamos lo que pudimos a las nuevas condiciones políticas de ese país, porque nuestros amigos eran muy jóvenes cuando España retomó la democracia .
Para resumir, con Alejandro nos mantuvimos hombro con hombro, como los amigos de verdad.
Seguimos los caminos propios de nuestras profesiones, él abogado, yo periodista. Y la actividad política latiendo apenas, por el paso al costado que dimos ante la nueva realidad y para que “otros hombres cruzaran las grandes alamedas”. 

El rehizo su vida privada con una joven colombiana. Yo, con una joven española.

El se fue a Colombia, yo me quedé en España.  

Tras 33 años en la lejanía, acabo de regresar a mi tierra, a mi Patria Chica, Chillán. Los hice con mis recuerdos y mis nostalgias.

El no pudo regresar. Se quedó bajo la voluptuosa naturaleza de Colombia, mirando nuestro cielo con los ojos del alma y suspirando por su Norte Chico grabado en el corazón.

Se fue Alejandro en una noche de junio. Pero no me quedé solo en mi Chillán de siempre. Me quedo con los recuerdos de su palabra, de su ejemplo permanente, de su mirada límpida y su accionar consecuente. Me quedo con la generosidad de su mano tendida. Con el cariño de su familia, que pasó a ser también mía.  Me quedo con su figura grabada en el sentimiento y en la memoria. Y eso me hace sentir acompañado, porque la memoria hace revivir a quienes se van físicamente. Hace que se queden aquí, para siempre, porque los amigos son para siempre. Porque la amistad es como el árbol: siempre de frente, estés donde estés, siempre de frente…Con soles y con vientos huracanados, siempre firmes, de pie y de frente… Aunque sea en el recuerdo.