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Agosto 19, 2026

Gobernabilidad y régimen político

Nuestro sistema político ultra presidencialista consagrado en la Constitución de 1980, constituye una camisa de fuerza que no contempla salida alguna para el fracaso de un gobierno, como sí ocurre en las más perfectas democracias occidentales, donde existen  los mecanismos del voto de censura y el voto de confianza, por cuya aplicación, se confirma la mayoría de la fuerza gobernante o bien ésta pasa a ser reemplazada por otra, sin que ello signifique ningún trauma, sino sólo la dinámica propia de un sistema de gobierno que refleja fielmente la voluntad ciudadana.

    Si queremos una  política de acuerdos legítima y efectiva, démonos nosotros, los ciudadanos -el poder constituyente originario- una nueva Constitución  y optemos por el parlamentarismo, sistema en el cual, lo que prima son los acuerdos para la formación de mayorías gobernantes, pero consumados por los legítimos representantes de la ciudadanía y no por élites políticas eternizadas en el poder gracias a una institucionalidad política ad hoc ideada bajo un régimen de facto y cuya llave maestra es el antidemocrático sistema binominal, sin que la ciudadanía con su voto pueda influir mayormente.   

    Cuando defiendo y postulo la adopción del régimen parlamentario para nuestro país, me estoy refiriendo a lo que se entiende por tal en el Derecho y la ciencia política, que ciertamente no se corresponde con nuestra experiencia histórica posterior a la Revolución de 1891, sino con aquellos actualmente experimentados con éxito en todos los continentes, si bien nacidos en Europa, sea como monarquías constitucionales (Reino Unido, España, Holanda, Suecia, Bélgica, etc.) o como repúblicas parlamentarias (Portugal, Alemania, Italia, Irlanda, etc.). En el Derecho, existe un aforismo que dice, “Las cosas son lo que son y no lo que se dice que son”, y la así llamada por nuestra historiografía, Republica Parlamentaria, no era un régimen parlamentario con los mecanismos del voto de censura y el voto de confianza, así como la antigua República Democrática Alemana, no era una democracia. 

    Me temo que mientras no arribemos -a través de una Asamblea Constituyente, cuyos integrantes no puedan postularse en las primeras elecciones subsiguientes o, en su defecto, mediante un plebiscito con alternativas serias y no una parodia de acto cívico como aquel fraude de 1980- a una Constitución que nos represente a todos, nuestra Transición seguirá en suspenso. 

    Finalmente, digamos que el régimen parlamentario de gobierno, cuando se ha planteado, ha recibido un apoyo de carácter transversal entre nuestras fuerzas políticas, por lo que su proposición como la forma de poner feliz término a una Transición eterna, lejos de representar una idea peregrina, resulta mucho más realista que seguir disfrazando de democrática, con parches y más parches, una institucionalidad espuria e ilegítima que a nadie representa y que sólo puede avergonzarnos.

rcardenas@adsl.tie.cl