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Agosto 20, 2026

El misterioso enigma de los encapuchados

 

A través de las épocas y con distintos objetivos, cientos de hombres y algunos personajes reales y de ficción, han optado por cubrir sus rostros para establecer un código secreto a sus identidades, y de esa manera aparecer proponiendo una visión política, religiosa o de justicia. También para apropiarse de lo ajeno o para convocar al demonio, en el peor de los casos para agredir a los demás o provocar alguna  diversión que entretenga a los demás.
Es el caso del Comandante Marcos, el Zorro, El Hombre Araña, Batman y Robin, los verdugos, El Chacal de la Trompeta, El Jinete Escarlata, algunos Anarquistas, el Fantasma Gasparin, los escuadrones de la muerte, Síndrome, rockero de la década de los ochenta, asaltantes de bancos, el encapuchado del Estadio Nacional, Sectas Satánicas, Monjes de la Edad Media, etc.; cada uno con sus propias razones y sus propias intenciones.
En determinadas circunstancias puede parecer legitimo ocultar la identidad, principalmente cuando el que está al frente es una amenaza para la integridad de quien decide encapucharse. Recuerdo la oscura época de los servicios de seguridad de Pinochet, internándose en la noche bajo toque de queda para allanar un domicilio de un manifestante de la resistencia que había sido identificado en alguna protesta pública. Sin embargo, la mayoría de los que integramos la resistencia lo hicimos a rostro descubierto.
Pensando en algunas revoluciones del siglo veinte recuerdo a viejos héroes como Lenín, Trotsky, Fidel, el Che, Mao Tse Tung, Ho Chi Min, a quienes admiramos los jóvenes de la generación de los setenta, e incluso nos apropiamos de sus ideas para emprender una ofensiva revolucionaria en América Latina. La razón principal es que se trataba de liderazgos con la cara descubierta, y por tanto se presentía una transparencia integra en su propuesta y en sus acciones. Una sólida coherencia entre imagen y pensamiento.
La literatura y el cine crearon algunos personajes en que el ocultamiento de su identidad respondía a un hecho preponderante, el compromiso de un hacendado con la justicia; así nació el Zorro que luchaba contra la dominación española en un país emblemático por su revolución como es México, su consigna principal, obtener la independencia de su país.   El Jinete Escarlata, por su parte, encapuchaba su rostro contra la última monarquía absoluta, y en un contexto donde se anunciaban aires revolucionarios, los de la revolución francesa.
En el caso de la ficción, el tema central de los encapuchados es la búsqueda de la justicia o la lucha contra el crimen, su enemigo central es algún personaje perverso o desequilibrado que intenta destruir una ciudad o asesinar con sus acciones a un número indeterminado de habitantes que pueden ser los de Ciudad Gótica en el caso de Batman y Robin. Similar razonamiento lleva a los guionistas a crear al Hombre Araña. Sin duda hay detrás de estas producciones un cierto valor positivo, un tipo de comunicación destinado a socializar la necesidad de proteger a los más débiles del acecho de sujetos ansiosos de poder, que intentan alcanzarlo a través de acciones de muerte y destrucción. 
Luego están los casos de los más sucios que esconden su rostro para torturar, o para asesinar por encargo a quienes piensan diferente a un jerarca maldito que para mantener un Estado de terror, utiliza estas practicas que violentan los derechos más esenciales de las personas.
Otra categoría con claros síntomas patológicos es el caso de quienes practican el satanismo, o alguna otra secta de carácter seudo religioso. Los escuadrones de la muerte que asesinaban a cientos de niños abandonados en las calles de las principales ciudades de Brasil. Los delatores que renunciando a sus principios venden a aquellos con quienes compartieron utopías o proyectos en común.
Finalmente este perfil se cultiva en algunos grupos políticos de alcance minoritario. Es el caso de nuestros anarquistas chilensis, que han aparecido en las movilizaciones callejeras hace algunos años. Según dicen “grupo antisistémico”, y su forma de expresión: enfrentamientos con la policía, muchas piedras, semáforos destruidos, señaleticas de transito, saqueos a locales comerciales, destrucción de automóviles particulares. Dos o tres horas de “combate” contra el “enemigo ideológico” con una esmirriada capacidad de combate.
Claro está que los objetivos estratégicos no están al alcance de quienes intentan procesar cual es el ideario que los justifica. Se acaba la protesta y no hay un crecimiento cualitativo de estas “formas de lucha”, nacen y mueren con la circunstancia. Al final, los detenidos niegan su participación en los hechos ante los tribunales, y todo el funcionamiento social vuelve a la normalidad sumando las perdidas que representan varios millones de pesos.

 

Comparando estas acciones con la estrategia empleada por grupos revolucionarios en la década del setenta y con posterioridad, estos hechos se aparecen como impresentables. Solo por mencionar algunas es digno recordar la lucha del Movimiento 26 de Julio en Cuba que encabezaron Fidel y el Che en contra del dictador Fulgencio Batista y que terminaron con una revolución triunfante. La gesta del Sandinsmo que encabezó el actual Presidente de Nicaragua Daniel Ortega, Las movilizaciones de masas en Buenos Aires que terminaron con el derribamiento del presidente De la Rúa. Detrás de cada una de esta iniciativas había proyecto, lenguajes, conciencia, capacidad de combate, articulación entre movimiento y organizaciones sociales; y las acciones eran respaldadas por un numeroso y a veces mayoritario activo que buscaba la transformación social de su país.
Es difícil afirmar lo mismo de nuestros ingenuos encapuchados, no está claro que respondan a la vieja escuela de Bakunin o de Kropotkin, cuya obra La conquista del pan es un clásico de la literatura anarquista. Tampoco que se reflejen sus acciones en el pensamiento de Noam Chomsky, un intelectual contemporáneo que se enmarca dentro de esta escuela.  En realidad, son muy sombrías las acciones que emprenden en fechas conmemorativas de hechos históricos que a millones de chilenos nos conmueven por el impacto de la tragedia provocada, como es el caso de nuestro 11 de septiembre, o el día Internacional del Trabajo.
Mucho más interesante sería la construcción de un movimiento anarquista que penetre el tejido social, alcanzando representación donde están los verdaderos síntomas del conflicto latente entre Estado y Sociedad Civil, empresarios y trabajadores, transformación de la educación legada por la dictadura en Chile, entre tantas otras contradicciones, y diseñar una política de alianzas amplia para transformar el sistema con una correlación de fuerzas ventajosa y mayoritaria.
Y este objetivo es parte de un proceso que no se resuelve destruyendo los espacios públicos, cuyos servicios son indispensables para el desarrollo de la vida cotidiana.

* El autor es escritor y periodista. Actual Encargado de Relaciones Internacionales de la Sociedad de Escritores de Chile.